Silence & Darkness
| Los tres monos sabios

Barak Barkan convierte un hogar alegre en una perturbadora jaula con habilidad. Potencia al extremo la relación de dependencia entre dos hermanas con discapacidades complementarias a quienes se les cae del pedestal el padre que calla secretos abominables.

En un paraje boscoso, verde y luminoso, hay una joven que no puede ver, junto a su hermana que no puede oír ni hablar. Se comunican en su propio código táctil y desprenden alegría y devoción por el que se nos antoja un atento padre. Esta familia tan unida, tan aparentemente tierna y humana, no deja de estar formada por tres primates —lo que somos todas las personas— con una pulsión irrefrenable por la música (sí, incluso la joven que no puede oír, pues aprecia las vibraciones y la disfruta mediante bailes con su hermana). Pero en todo este ambiente festivo, el primer canto de la obra, interpretado por el patriarca —I’ve Got You Under My Skin, de Frank Sinatra—, con semejante letra, ya nos debiera oler a chamusquina. Ser muy mal presagio. Sobre todo si partimos de la premisa de saber que esta obra es un thriller oscuro, pese a la luz natural que inunda cada fotograma. Y esa sensación nos vendrá confirmada por la aparición de una vecina con una emergencia, acompañada por un perro que ladra insistentemente. Aquí ha pasado algo muy gordo, algo para quedarse de piedra. Como esa estatuilla famosa en que hay un monito que calla (el padre), y sus hijas son el que no ve y el que no oye, respectivamente.

Los tres protagonistas en una captura del filme.

Puede que el cánido que alerta del peligro sea un cliché de este cine con giros macabros, pero a partir de aquí, tan solo podremos deducir, paulatinamente, qué se está cociendo en esa casa. En cambio, las reacciones de padre e hijas están trazadas por un guion que juega a llevarnos a pensar aquella estratagema que ya hemos visto antes a la hora de ir parcheando los agujeros que filtran la verdad. Como el disponer de la entrometida vecina que, sin querer, ha tirado de la manta. Pero rompe los tópicos: muestra que hay otras maneras de gestionar esas cosas, y ahí los sucesos se nos saldrán por la tangente, que es de agradecer. Contribuye al desasosiego ininterrumpido: se trata de una de aquellas películas que son, sobre todo, atmosféricas. Todo el candor del comienzo, se torna, de golpe, tensión constante de tipo opresivo, asfixiante. Toma la temática de la fase del despertar adolescente en que se nos revelan las imperfecciones de los padres y las lleva a lo monstruoso. Trastoca ese otro síndrome del llamado padre helicóptero —lo que viene siendo el padre sobreprotector— cuando de ello tan solo tiene, en realidad, las temibles hélices. Nos puede hacer elucubrar efímeramente sobre un posible trastorno facticio (lo que antes se conocía como Münchhausen), y volveremos a sorprendernos con algo más monstruoso.

Genera un constante suspense que va apretando las tuercas del desasosiego mientras se apoya en un hábil guion con múltiples mensajes protesta.

En cuanto a la elección de sendas discapacidades cabe señalar un par de aciertos más. No tan solo completan esa tríada de los famosos simios en el campo simbólico y de fábula, aportan algo más allá de enriquecer la puesta en escena. En primer lugar, la falta de información visual y auditiva que deja a las chicas en situación de vulnerabilidad, está narrada por la cámara de manera que hacemos ese temor nuestro. Sentimos su desorientación en la oscuridad —momento nada agradecido fotográficamente, pero recurso claramente necesario en ese preciso momento— yendo a tientas en el peor momento con la una; nos ponemos alerta cuando el sonido, que es lo único que nos podría orientar y tranquilizar para ubicar al depredador, desaparece. Las sólidas interpretaciones de las jóvenes —Joan Glackin, Mina Walker— y de un espeluznante Jordan Lage, intensifican esa sensación. En segundo lugar, Barak Barkan hizo explícito en su día que quería contar una historia de fuertes lazos fraternales y llevarla a la total dependencia mutua. De modo que la manera en que se complementan sendas carencias, solidifica y magnifica ese todo que constituyen juntas y que el padre continuamente pone a prueba. Y he aquí el tercer factor de importancia: ese hombre que intenta separar a esas mujeres, puede ser entendido como el patriarcado que nos intenta poner en competición a las unas contra las otras, aunque existen más posibles lecturas. Pero también, si retomamos el sentido de la fábula, de los animales en el entorno animal, podemos ver un paralelismo entre cómo sería tratar a las propias hijas como una propiedad, como lo que en muchos hogares se considera que es la mascota: un miembro de la familia, un ser querido, pero sobre el que se toman decisiones drásticas en lo médico y científico que una persona en sus cabales no tomaría jamás sobre una igual. La favorita bien podría ser el perro inquieto con quien más fácil resulta identificarse. Y la silenciosa podría ser un conejillo. Incluso uno de Indias. El destino final de las hermanas refuerza esta teoría.

El cineasta responsable de la cinta, es originario de Tel Aviv. Por lo tanto, quizá cabe preguntarse si su intención es equiparar ese cruel padre con el Estado israelí, que lleva años dividiendo a dos facciones, dañándolas a ambas, pero masacrando claramente a una de las partes (Palestina bien podría ser el nombre de la hermana que sale siempre peor parada: hay una clara favorita). Habrá otra más que probable lectura, que mucha gente hará, y que se ve propiciada por el advenimiento de la pandemia. Puede entenderse que el padre es, de nuevo, ese gobierno paternalista, y tal vez leamos que la posición del autor es que aquel se ha excedido al confinar a sus criaturas —la población— y aislarlas, distanciándolas a unas de otras física y emocionalmente. Enfrentándolas. Si bien es una interpretación que puede encajar muy fácilmente, quedará totalmente invalidada si recordamos que, pese a estarse hablando de ella ahora, su premiere fue el 3 de marzo de 2019 en el Washington D.C. Independent Film Festival mucho antes que el primer confinamiento tuviera lugar en Wuhan. En cualquier caso, Silence & Darkness genera un constante suspense que va apretando las tuercas del desasosiego, con presupuesto mínimo y elementos aparentemente sencillos, apoyados en un hábil guion con múltiples mensajes protesta dirigidos al poder paternal, patriarcal y científico varón blanco y heterosexual.




Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 26 noviembre, 2021



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 26 noviembre, 2021

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