Scanners
| La mente es el campo de batalla

A medio camino entre el thriller farmacéutico y la ciencia ficción de terror, Scanners nos transporta a un mundo donde telépatas sobrehumanos, corporaciones malignas y conspiraciones cibernéticas se enfrentan por el control del poder desatado de la mente.

Si hay una película que cuenta con el incierto honor de ser apenas conocida en comparación con un GIF de una de sus escenas, esta sería sin duda Scanners (David Cronenberg, 1981). La realidad es que el destino vivido por la famosa escena de la que hablamos, donde a un individuo le explota la cabeza por los aires, puede entenderse como una curiosa analogía sobre la recepción actual de las primeras películas de Cronenberg: recordadas por sus momentos de espectáculo «gore» y atroces efectos de «body horror», pero raramente discutidas en su conjunto. Scanners puede ser una de a las que peor les ha ido en este aspecto, nada más lejos de lo que merece.

Todo ello no deja de ser relativamente sorprendente, en la medida que Scanners cuenta con una trama más enrevesada, trepidante y conspirativa que sus producciones anteriores, retomando elementos del particular sentido del terror del director canadiense al interior de un thriller de ciencia ficción, con lo justo de serie B y lo justo de drama psicológico, y una atención por la acción y el guion a la que Cronenberg no nos tenía acostumbrados.

Michael Ironside como Darryl Rovak es sin duda uno de los puntos más fuertes del film.

En el film, una nueva especie de humanos con poderes telepáticos, denominados scanners («exploradores», en doblaje al castellano), llaman la atención de ConSec, una empresa de seguridad privada que busca reconvertir a estos superhumanos en armas. Para ello el Doctor Ruth (Patrick McGoohan) encarga a un recién descubierto scanner, Cameron Vale (Stephen Lack) que se infiltre en una supuesta comunidad clandestina de scanners dirigida por un temible villano de poderes mentales casi inigualables, el imponente Darryl Revok (Michael Ironside).

Pero los scanners demuestran ser más impredecibles y volubles de lo que ninguna corporación puede controlar, y la intrincada trama de espionaje y contra-espionaje sobrehumano pronto desciende en caos y masacre. Es esa inestabilidad de los poderes de los scanners, cuyo verdadero potencial siempre parece superarse, lo que le permite a la película oscilar con maestría entre la ciencia ficción y el terror. En una era de inflación del cine de superhumanos como vivimos, parecemos condenados a tragar interminables horas de exposición pseudocientífica en la trama. Pero Scanners se ocupa con cuidado de ocultar la verdadera naturaleza y las más extremas capacidades de sus individuos mutantes, que se esconde tanto a los corporativistas de gabardina como a ellos mismos, dejando que el peligro, y los gloriosos efectos de «body horror», acechen siempre en las esquinas de la mente del espectador.

El ambiente invernal y la crudeza industrial del escenario de Scanners no solo resulta efectiva para el sentido del terror de Cronenberg, sino que encierra a la película en un aura de pesimismo poco habitual en el ambiente de fantasía y jolgorio de la ciencia ficción de principios de los años 80.

Esta inestabilidad transita en ocasiones de las habilidades de los scanners a la propia trama, en la medida en que Cronenberg juega con sus transferencias habituales entre lo subjetivo y lo objetivo, lo mental y lo carnal, situando las habilidades telepáticas de los scanners en un plano de horizontalidad con el universo material que les rodea y con sus imbricaciones cibernéticas, que se demuestran vulnerables al asalto. Nadie está seguro, ni siquiera tras la pantalla de un ordenador, y los tipos siniestros armados con escopetas que aparecen por todos lados del frío tejido urbano de Canadá a la caza de scanners acaban siendo casi más un peligro para sí mismos.

El ambiente invernal y la crudeza industrial del escenario de Scanners no solo resulta efectiva para el sentido del terror de Cronenberg, sino que encierra a la película en un aura de pesimismo poco habitual en el ambiente de fantasía y jolgorio de la ciencia ficción de principios de los años 80. Las células terroristas de Scanners aparecen como el desolador destino de la contracultura de las décadas anteriores, contaminada y transformada sin remedio por el auge del corporativismo y la superficialidad materialista de finales del siglo XX, donde la resistencia contra la Norteamérica capitalista parece solo posible a través de la violencia psicopática y una agresividad que roza la demencia. Sin lugar a dudas, el punto álgido de estos cruces entre revolución y terrorismo, resistencia y locura, están encarnados magistralmente en el formidable antagonista del filme, Darryl Revok, interpretado por un grandioso Michael Ironside.

Tras varios intentos fallidos, el supervisor de efectos especiales Gary Zeller se escondió detrás del maniquí y disparó directamente con una escopeta a la cabeza, repleta de sobras de hamburguesa y sirope rojo, para dar lugar al icónico efecto.

Esta etapa concreta del cine de Cronenberg puede ser, en el fondo, calificada como un sismógrafo peculiar de este giro trágico de la contracultura norteamericana, como los terrores de la absoluta liberación sexual en Shivers (Vinieron de dentro de…) (1975), o su elección para interpretar a la depredadora vampírica de Rabia (1977) a Marilyn Chambers, protagonista del cuento de hadas pornográfico Tras la puerta verde (Artie & Jim Mitchell, 1972), obra hippie de culto en la psicodelia americana. Como también cabe mencionar la reconocida influencia en su obra de William S. Burroughs, figura siniestra de la contracultura donde las haya, al cual el director homenajeó años después en El almuerzo desnudo (1991).

Es entre los restos de la descomposición de los sueños utópicos de los años 60 y el advenimiento triunfal del neoliberalismo de los 80 donde Cronenberg sitúa este particular thriller enfermizo. Quizás carente del sentido de la repugnancia y los memorables efectos prácticos de Shivers o Cromosoma 3, y todavía lejos de la desatada genialidad de Videodrome (1983), Scanners logra sin embargo combinar con éxito un guion de ciencia ficción de terror con toques de serie B con un tono frío y cerebral que navega sobre las corrientes profundas de su tiempo, en un resultado final tosco y con aristas, pero de esas con las que nos gusta dejarnos herir.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO DAVID CRONENBERG   



  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 27 noviembre, 2020
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 27 noviembre, 2020

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?