Saint-Narcisse
| Culebrón porno-naturista y anticlerical

El mito griego de Narciso, como cuanto toca Bruce La Bruce, deriva en cómico pastiche entre cabaret porno-queer y culebrón noventero. Lucha de sables incestuosa, bucólica y jipi, se relame en blasfemo e irónico fetichismo por la iconografía eclesiástica.

Hacer un análisis serio de la obra de Bruce La Bruce sería faltarle al respeto a un comediante, a un fauno del bosque cuya filmografía es una permanente bacanal de sátiros en que todo excusa cualquier tipo de resultado erótico, por extraño, incestuoso o absurdo que pueda parecer. Es la fantasía al servicio de la risa atónita, la que nace de la sorpresa y la chocante incredulidad. Y oiga, probablemente, también le amenice el día a quienes combinen su pasión por los bajos instintos y alocadas dosis de humor extremadamente irreverente. Desde luego, el suyo no es un cine para paladares beatos, sobre todo por toda la carga anti-eclesiástica con que arremete. Aún no teniendo la más mínima intención didáctica ni de rebozarse en pretensiones de artista iluminado, pertenecer a la comunidad LGTBIQ+ lleva prácticamente implícito señalar a sectores opresores y represores muy claros: la iglesia siempre ha sido antagonista de la homosexualidad, a la par que la ha guardado muy presente —aunque oculta—, bajo el hábito clerical. A la vez, y tornándose ahí la pieza un pelín más dramática, La Bruce denuncia, con todo el descaro del que solo él es capaz, cómo durante siglos muchísimos miembros de las diferentes órdenes han estado —y siguen— agrediendo y abusando sexualmente de los más vulnerables y desprotegidos: de criaturas huérfanas. Denuncia el ejercicio de lavado de cerebro, sometimiento y captación mediante la manipulación y el apego (totalmente sectarios) de determinados mentores hacia el menor a su cargo en un entorno que se disfraza de aire celestial y bondadoso. Y lo hace desde una narrativa entre adultos —sin utilizar en momento alguno actores infantiles— para dejar claro qué tipo de dinámicas de relación han podido marcar la trayectoria de un joven que accede a los deseos de un viejo porque su adiestramiento y obediencia ha estado siendo adoctrinada desde la infancia y desde un abuso que bien se cuida de no ilustrar. La institución de la familia (y su disfuncionalidad) tampoco queda impune.

Sorprende la capacidad de alguien tan gamberro y hedonista para colar esos dardos críticos contra las instituciones que desprecia, aún con la paradoja de su claro fetichismo erótico por toda la parafernalia de togas, iconos de vírgenes y demás religiosidad. Porque, no nos olvidemos: esta fábrica de orgías ha venido a pervertirnos los ojos, el cerebro y lo que se preste. Y esa va a ser la tónica casi permanente de la película. Para La Bruce el monasterio plantea un escenario perfecto para el desafío a la moral cristiana, se palpa que le resulta de lo más excitante. Utiliza la iconografía de cristos y mártires de cuerpos esculturales, así como sus contorsiones, fruto de la expresión del dolor de esas obras (como ejemplo concreto, recrea en cierto arrebato de poesía visual al San Sebastián asaeteado, pero también aparecerán sendos «Davides» de Miguel Ángel y de Donatello). Su deseo se recrea de igual manera en el canon estético de la Grecia clásica y su mito del Narciso embobado de sí mismo, en el que encaja a la perfección el apolíneo protagonista, Félix-Antoine Duval, quien interpreta a ambos «narcisos» separados al nacer de esta incestuosa trama. Se aprecia, pues, un cierto alejamiento de su esencia más trash, un progreso estético y una intencionalidad preciosista en lo bucólico de los paisajes y un recrear escenas bañistas de lo más pictóricas, pero todo como mero decorado y fetiche para ir al lío. Una frase de diálogo muy acertada para captar la esencia de esta cinta sería el «Dios vive en la belleza» que pronuncia el villano de esta historia, alguien a priori poderoso, que resulta ser un esclavo de esa fijación.

Amenizará el día a quienes combinen su pasión por los bajos instintos y alocadas dosis de humor extremadamente irreverente.

No pierde una para sus buenas dosis de aquí-te-pillo-aquí-te-meneo irreverente. La Bruce es un anarquista del guarreo, sin límites ni barreras. Para él todo es penetrable (todo lo adulto, entiéndase: remitámonos a las ya mencionadas denuncias a la iglesia), e invita a su público a disfrutar sin remilgos todo lo orgiástico —por absurdo que parezca—. Estamos hablando de una persona que ha filmado porno con zombis. Y que se ha recreado en los detalles (en la casquería y en lo eréctil). Eso deja claro que le encanta lo absurdo que tiñe de comedia todo su sexo. Aunque la orientación predominante sea la gay, tal y como expresó vía telemática en su presentación de la obra para el 53 Festival de Sitges, en esta ocasión ofrece «gemelos, un cura tarado, lesbianas viviendo en el bosque, cuero, moteros… de todo un poco para todes».

El reparto capta esa esencia de los efebos greco-romanos a la que remite la historia. Sus interpretaciones no son ninguna maravilla académica ni lo pretenden: simplemente cumplen a la perfección con su función de autoparodia, de no tomarse en serio a sí mismos y embarcarse en el mismo clima insólito, absurdo y primitivo. Los zooms abruptos a los ojos llorosos y el moco tendido en las escenas de drama-cómico, tan de culebrón venezolano, son el broche de oro de este sainete… llamémoslo porno-centrista. Son unos cachondos: en lo sexual y en cuanto a la continua sensación de chascarrillo que envuelve toda la experiencia que podría denominarse como… faloncentrista, sí (cualquier excusa es válida para una lucha de sables), pese a la ya mencionada cabida a otras orientaciones sexuales en esta película que resuelve los conflictos familiares con incestuosa —e hilarante— creatividad.

La fotografía nostálgica de las películas tecnicolor eróticas de los años setenta, con esa textura como empañada de vapor, contribuye a la sensación onírica. Se muestra muy paisajista y bucólico, como abrazando todos esos instintos básicos, tan cavernarios de absolutamente todos los personajes, y eso no hace de La Bruce alguien sutil, aunque esta sí sería su obra más elaborada en ese sentido. Pero, decíamos, que aunque tenga sus aciertos fotográficos (como el de la abuela dormida en el sofá, cuyo vestido floreado la camufla con el tresillo) y alegatos contestatarios, el tono de la obra es siempre jocoso y exagerado. Repleto de un sano saber reírse del propio narcisismo, como en ese retrotraer el fenómeno selfi a los años setenta, ilustrándolo con un tipo arrogante y enfundado en cuero que lleva su Polaroid encima a todas horas, para sacar únicamente autorretratos en medio de la calle. Nos enfrenta a la ridiculez que supondría y la vergüenza ajena que ese comportamiento despertaría en cualquiera que nos viera actuar así en aquellos tiempos. No solo entretiene: no dejará indiferente, y ya resulta incluso más divertida y cómica que según qué blockbusters que buscan ese efecto explícitamente.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2020   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 6 julio, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 6 julio, 2021

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