Saint Maud
| La imborrable marca del diablo en la promiscua

Reino Unido, 2019 | Dirección: Rose Glass | Título original: Saint Maud | Género: Terror | Productora: Escape Plan Productions, BFI Film Fund. Distribuida por A24 | Guion: Rose Glass | Fotografía: Ben Fordesman | Edición: Mark Towns | Música: Adam Janota Bzowski | Reparto: Jennifer Ehle, Morfydd Clark, Turlough Convery, Lily Knight, Lily Frazer, Faith Edwards, Rosie Sansom, Marcus Hutton, Noa Bodner, Jel Djelal, Jonathan Milshaw, Linda E Greenwood | Duración: 84 minutos | Festival de Sitges: Noves Visions (2020) |

Reino Unido, 2019 | Dirección: Rose Glass | Título original: Saint Maud | Género: Terror | Productora: Escape Plan Productions, BFI Film Fund. Distribuida por A24 | Guion: Rose Glass | Fotografía: Ben Fordesman | Edición: Mark Towns | Música: Adam Janota Bzowski | Reparto: Jennifer Ehle, Morfydd Clark, Turlough Convery, Lily Knight, Lily Frazer, Faith Edwards, Rosie Sansom, Marcus Hutton, Noa Bodner, Jel Djelal, Jonathan Milshaw, Linda E Greenwood | Duración: 84 minutos | Festival de Sitges: Noves Visions (2020) |

Una cuidadora muy sola desarrolla dependencia de su enferma. Su inhabilidad social y sexualidad errática forman parte de una maldición a prueba de conversiones religiosas. Así lo narra Rose Glass: con pena, con calma, pero también con horror y crueldad.

La directora Rose Glass nos presenta un filme que abre con una salsa de tomate burbujeante, cuya preparación requiere una cocción a fuego bajo, lo que no impide que el contenido termine por hervir. Toda una declaración de intenciones de la autora. Su progresión pausada, construyendo el personaje principal con compasión a ratos y con locura en otras ocasiones, refleja con claridad las oscilaciones de esta chica entre el camino recto y luminoso de su Señor y las tentaciones del diablo. O quizás se trate, en realidad, de un cuadro sintomático de esquizofrenia de manual.

Bomba de relojería satánico-psiquiátrica

Esa imagen culinaria de la apertura ya ilustra la olla a presión en que está a punto de sumergirse su protagonista, una mujer entre los veintilargos y los treinta, aparentemente cándida y apacible. Controlada. Ésa sería la palabra clave porque, en realidad, es una persona que se contiene y mucho. Se aferra al credo con que intenta estabilizarse. Pero sus sentimientos, su sangre y en definitiva, su destino, están a punto de alcanzar esa misma ebullición.

El resorte será la vivencia de los cuidados de una ex bailarina profesional famosa, afectada por un cáncer terminal y objeto ya de paliativos. Se trata de una mujer de carácter. Controvertida, provocadora, hipersexualizada y lesbiana. Sin duda, una gran pecadora a la que sentirá que debe salvar.

Su progresión pausada, construyendo el personaje principal con compasión a ratos y con locura en otras ocasiones, refleja con claridad las oscilaciones de esta chica entre el camino recto y luminoso de su Señor y las tentaciones del diablo.

Pese a la supuesta oposición de sendos perfiles, la película sugiere una tensión sexual que carcome el interior de Maud (abreviatura del equivalente a Magdalena: la puta de La Biblia hecha santa. En cierto modo, como la protagonista). Y en parte por eso entrañará una relación de dependencia emocional. Algo próximo al síndrome de Münchhausen. Pero también porque está rematadamente sola.

Volver a ser la guarra del pueblo

La Biblia cataloga a las mujeres que se salen del redil como brujas y putas. Aún hoy en día, con los supuestos avances en libertades sexuales, el derecho a la iniciativa y a la promiscuidad por igual para todos los individuos —sean y se sientan del género que sea— es una falacia: si tu sexualidad te ha hecho impopular en tu pueblo, por más que te alejes, a la vuelta seguirás siendo la guarra del pueblo. Y eso es una losa.

A los pocos minutos de metraje, esa delicada mujer que viste falda larga con vuelo blanco, puro y monacal, se sitúa contra el sol en un interior. Al trasluz, su recatada falda no consigue ocultar que esa mujer tiene unas piernas. Una fotografía buscada a propósito para decirnos que, al fin y al cabo, tiene vagina. Tiene un sexo.

Las elecciones sexuales de Maud parecen deberse, más bien, a una compulsión incontrolable que responde, en cierto modo, a no saber relacionarse con desconocidos con naturalidad. Usar el cuerpo para relacionarse le es mucho más fácil. No sabe integrarse en un grupo que, de todos modos, la recibe con hostilidad. Porque perciben algo extraño en ella. Una tensión que hace saltar las alarmas de autoprotección.

Y es que, a ciertas edades, salir de fiesta sola aún es interpretado como una incursión de caza. Y para salir a hacer amigos, sobre todo en una localidad que no es la tuya o en la que hace años que no resides, parece ser que hace falta escudarse ya en un grupo de amigos. Traérselo puesto de casa. Porque alguien que no pertenece ya a un grupo, genera desconfianza. Los grupos suelen estar reacios a la apertura, a recibir refugiados (en lo micro y en lo macro). Y ya no hablemos de disposición a eliminar prejuicios y a dar segundas oportunidades.

El síndrome del cuidador

Con todo esto, podemos adivinar fácilmente qué es lo que atrae a Maud de la bailarina moribunda: su descaro, su libertad y que le importe un bledo el qué dirán. Además, en una época anterior y más represiva. Todas esas cosas que la hacen un alma perdida a sus ojos. Algo en común con la madre de la Carrie de Stephen King, y quizás de ahí los vestigios de esa pieza en la fotografía de Saint Maud (Rose Glass, 2019), aunque también emula a Caravaggio.

Pero está el componente añadido en cuanto a la compasión y que, a la vez, aviva el fuego de las tensiones. Se trata del llamado síndrome del cuidador. Básicamente, volcarse tanto en las atenciones a los enfermos —especialmente terminales, dementes o con Alzheimer— hasta el punto de quemarse.

Como mínimo cuatro películas han tratado este tema en la presente edición de Sitges: The Dark and the Wicked (Bryan Bertino, 2020), Rent-a-Pal (Jon Stevenson, 2020), The education of Fedrick Fitzell (Christopher MacBride, 2020) y la que nos ocupa. Esta redundancia en el mismo foco implica que en el mundo occidental quizás no se esté sabiendo gestionar bien el tratamiento a las personas con dependencia y a sus allegados o responsables. El cine, por lo menos el occidental, está pidiendo a gritos una solidaridad y unas políticas sociales que remedien tanto abandono y sus secuelas mentales, así como unas herramientas para que la convivencia con la enfermedad no devore al personal profesional de los cuidados o al/los familiares al cargo.

Mensajes que deberían calar más hondo —ahora más que nunca— en estos tiempos extraños de pandemia.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO    SITGES FILM FESTIVAL 2020   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 18 octubre, 2020
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 18 octubre, 2020

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