Quién lo impide
| Con las manos enlazadas

Transformador y reconfortante, lleno de verdad, dolor y vida, el documental de Jonás Trueba acompaña a una generación desubicada en su camino hacia la madurez y el descubrimiento, cara a cara con sus inquietudes, sus miedos y sus ansiedades.

Decía Jonás Trueba que Quién lo impide «no es un himno revolucionario, sino una llamada a la acción». Quedémonos con esas palabras. Un documental teñido de ficción en el que sus protagonistas son unos adolescentes que, a lo largo de cinco años, verán como sus motivaciones, sus relaciones, su propia identidad, va mutando en el proceso de crecimiento natural. De ese camino, el que transcurre entre que comienzan a cuestionar, a vivir, a sufrir, a amar, hasta que entran temblorosos en un mundo adulto que no siempre entienden, ni les entiende, se bifurcan una y mil veces los ideales y los pensamientos. De esa senda, que encuentra su contexto en el cuestionamiento de toda una sociedad hacia lo que no conocen y temen, el empuje de una juventud que no tiene miedo a lo caduco, sino a la incertidumbre, es de donde brota la llamada a la acción, el grito acelerado de «quién lo impide», «nadie lo impide». Sería Rafael Berrio, tristemente fallecido en marzo de 2020, quien compondría la canción que no solo da nombre a la pieza de Trueba, sino que la integra y le da identidad, la puebla: es la música y no al revés la que da forma a la idea de la juventud, del empuje y la mirada generacional, de los cientos de temas que nacen del subtexto —bullying, política, música, sexo— que Quién lo impide dignifica y explica en un lenguaje fílmico cercano, que se complementa con la mirada de un público de cualquier edad y perteneciente a cualquier cohorte demográfica. Solo hace falta estar vivo para sentir lo que sienten Candela, Gavira, Pablo, Silvio, Claudia, Rony, Marta, Javier —prometo que he escrito los nombres de memoria: así los recuerdo, ya forman parte de algo más—, solo hace falta respirar para poder mirar hacia atrás y verse reflejado, un poco, en cada uno de ellos.

La adolescencia, ahí se agolpan las preguntas y se escapan las respuestas. Jonás Trueba es un observador vocacional, un tipo de voz tranquila que no emite juicio y siempre está ahí, acompañando a unos chicos a los que llama amigos —ahora mismo también son los nuestros, los de todos los que estábamos en esa sala de cine— y a los que sabe conducir a lo largo de toda una vida de cinco años, la suya, y un momento que trasciende hacia lo eterno, el nuestro. La adolescencia, todos tuvimos una. Aunque lo más fácil es perderla de vista, olvidarnos de unos años confusos y convulsos, y elevar la mirada con ademán de suficiencia como si la responsabilidad fuera mejor que la candidez. Quién lo impide rechaza la condescendencia en favor de una narración sincera que llega al corazón, que alimenta el conocimiento de una etapa que dábamos por perdida. Candela, Gavira, Pablo, Silvio, Claudia, Rony, Marta, Javier, y alguno más —de nuevo, fue de memoria— están ahí para decirnos algo, para decirnos que detrás de la inseguridad hay cierto duende, la capacidad de encontrar una motivación en lo inhóspito. Que detrás de cada pérdida hay una oportunidad, y que con cada duda existe una certeza: la de no abandonar. Sus temas, claro, cómo no mencionarlos, pasan como un martillo pilón por encima de los ideales de cualquiera, y con inocencia hablan de política y convencen, y unos dicen ser anarquistas, y otros defienden la unidad de España, y otros dicen «más punki que un bebé muerto», y otros lloran pensando en cuando les hacían bullying, y lo que es mejor, de todos ellos aprendemos que de la diferencia nace la virtud, que si ellos son capaces de ponerse de acuerdo y disfrutar de su muy diversa compañía, ¿qué se supone que estamos haciendo mal nosotros?

Mucho más que un documental o una obra de ficción, un recordatorio de lo que alguna vez fuimos, de lo que somos.

El tiempo pasa, y cinco años son muchos años para los de quince. Empezaron sabiendo cómo era abrazarse y acariciarse, con el mundo más o menos por delante y las manos enlazadas en camaradería parcial, y acabaron, como todos, metidos en sus casas a merced del innombrable virus. Jonás Trueba estaba ahí en 2016, y aún estaba ahí en 2021. No perdió detalle en esos cinco largos años, en los que pasó todo lo que tenía que haber pasado: sus historias, las de Candela y Silvio descubriéndose y viajando en kayak a Portugal, Gavira cambiando de color de pelo con el paso de los años, Rony y Pablo de la mano en el autobús —por favor, qué escena. Qué escena—. Candela, ay, en el escenario levantándome del asiento para gritar con ella que no, que nadie nos lo impide. No existen muchas películas que describan con tanta verdad lo que significa la identidad de la adolescencia, la idiosincrasia que damos por enterrada con el paso a la adultez, la etapa de cambios que nos define como personas y que conmociona nuestro modo de ver y entender la vida, la familia, las relaciones, los cambios, el amor, la pasión, la muerte, el trabajo. Quién lo impide —nadie lo impide, lo recalco, por si acaso— es mucho más que un documental o una obra de ficción, es un recordatorio de lo que alguna vez fuimos, de lo que somos, que adquiere la forma de una película, pero que sostiene el pulso de una generación que por fin tiene un referente claro en la pantalla, un referente que transforma y altera. Candela, Gavira, Pablo, Silvio, Claudia, Rony, Marta, Javier, y por supuesto Jonás y los demás —esta vez consulté el orden— no es que sean amigos. Es que son iguales. Son nosotros.


Artículo perteneciente a la serie: SAN SEBASTIÁN 2021   



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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 24 septiembre, 2021
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Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 24 septiembre, 2021

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