Pinocho
| De marioneta a niño

Un filme que, si por algo sorprende, es por su trabajo técnico a nivel de imagen y música, a pesar de que se deja llevar en su secuenciación de ciertos detalles feístas y oscuros que cargan las tintas en exceso sobre el personaje principal.

Entre el estreno de La vida es bella (1997) y su posterior largometraje El tigre y la nieve (2005), Roberto Benigni estuvo obsesionado con el proyecto de rodar Pinocho aprovechando su experiencia con el teatro y cine de marionetas, y con afán de mostrar su visión poética en torno a la historia de Carlo Collodi. Tal fue su obsesión con la historia, comparable a la que tuvo Orson Welles con El Quijote tras haber visitado España o Stanley Kubrick con Napoleón después de haberse documentado profusamente para haber hecho una rigurosa preproducción, que en 2002 el actor y realizador italiano consiguió al fin hacer su película, eso sí, con unos resultados irregulares, interpretando él mismo el papel protagonista y con la ayuda en el guion de Vincenzo Cerami, y comercialmente desastrosos. En una entrevista al diario español ABC en el verano de 2019, Roberto Benigni reconocía que el producto no había sido realizado precisamente en estado de gracia y hablaba maravillas de la versión de Matteo Garrone, director de Dogman (2018) y Gomorra (2008), siendo el primer filme un muy bestia retrato de una Nápoles suburbial con maltrato animal de fondo y la serie posterior, un retrato cabal y más que entretenido de una Camorra más actualizada, dividida en bandas y contextualizada que el filme de 2008 filmado por él mismo a partir del fundamental libro de Roberto Saviano, que en cuanto a nivel de producción es claramente superior, si bien bastante más sombrío y siniestro.

Deudor en cierto modo del cine de Tim Burton, lo que en el diseño de personajes tanto en 3D (el atún y su chascarrillo de no morir en aceite es gracioso cuando menos) como reales le hace gozar de una factura impagable, muy trabajada y ceñida a esa idea tan europea de cuento, tiene el resultado quizá hoy de no ser exactamente una película para niños; en el guion escrito en colaboración con Massimo Ceccherini, existe una visión de la sociedad y el individuo (ya que para bien y mal, Pinocho lo es antes de dejar de ser de madera) cínica, desgastada, purulenta. Este toque lo dan entre otros los personajes de El Gato y El Lobo (Rocco Papaleo y el propio guionista, Massimo Ceccherini), de los que pudiendo aprovechar en su dibujo tan solo algún toque de mezquindad, se presentan como ladrones y asesinos malísimos. Ya el colmo es cuando tras ser robado y colgado de un árbol, Pinocho se presenta ante un ridículo tribunal, que le condenará por su inocencia, pero le absolverá al declarar que como pudo se defendió ante ellos. No es que desde esta postura se vayan a fomentar conductas delictivas en los niños, pero el hecho de que su único pecado sea el de mentir a la Hada Madrina, o el hecho de ser convertido en patético asno de circo, le dejan pocos motivos para comportarse de manera traviesa, en el sentido en que Benigni concibió a su personaje.

Deudor en cierto modo del cine de Tim Burton, tiene el resultado quizá hoy de no ser exactamente una película para niños.

Para convertirse en niño, Pinocho debe aplicarse.

Como actor, el realizador de La vida es bella interpreta al padre de la criatura, también diseñado con alguna pincelada barroca, se pinta a Gepetto como un carpintero pobrísimo en todos los sentidos, alguien que cuando tiene hambre se come las virutas de madera resultantes de su labor escultórica y que en la Osteria más cercana, apenas le fían para un plato de comida. El actor, que tiene gran presencia escénica, logra dar en ocasiones un giro a este monótono personaje. El trabajo de Federico Ielapi (Pinocho) es como decíamos el de un niño triste por su condición, que logra resaltar más por su apariencia en madera que en un final por todos conocido. Mientras, el de Marine Vacth y Alida Baldari Calabria (Hada) probablemente sea el más creíble de la historia que se nos está contando. Es por otro lado una película plagada de secundarios como los ya mentados y algunos otros (los médicos con pico de lechuza, más paternalistas que el pobre Gepetto, o el malvado dueño del circo…) que tratan de ser complacientes con el personaje y ayudarle en su huida hacia adelante.

La música de Dario Marianelli va muy acorde con lo fantasioso en lo técnico, con un trabajo en cámara de Nicolai Brüel que alcanza su excelencia en las tomas más minimalistas, un trabajo de arte que nos recuerda a la Italia más humilde y no por ello menos colorida aportando una estética preciosista. El vestuario y el maquillaje, por los que se llevó algún premio David di Donatello (los Goya italianos) merecen mención muy especial, destacando la labor de Massimo Cantini Parrini y del equipo de Brian Best, que junto al de Andrea Bianciardi, terminan de apuntalar esa idea de atmósfera que ya quisiera para sí cualquier película más pequeña. Existen igualmente efectos especiales (los analógicos, del equipo de Tiberio Angeloni y los digitales, de Stefano Bagnoli) y visuales muy conseguidos y que ayudan a meterse dentro de la historia con singularidad y profesionalidad, pero sin olvidar los fallos de base de que hablábamos. Ciertos sectores de la crítica nacional e internacional han sabido ver concomitancias entre el Garrone de Pinocho, y el de El cuento de los cuentos (Matteo Garrone, 2015), e ignoramos si realmente el trabajo técnico está en consonancia, ya que en el popular cuento de Collodi, y esto lo sabía Benigni desde un principio, las atmósferas son casi casi lo más importante.




Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 29 mayo, 2021



Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 29 mayo, 2021

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