Península
| Un GTA zombi para niñas prodigio gamers

Corea del Sur, 2020 | Dirección: Yeon Sang-ho | Título original: Train to Busan 2 | Género: Terror, Acción, Thriller | Productora: Next Entertainment World, Blumhouse Productions, RedPeter Film | Guion: Yeon Sang-ho, Ryu Yong-jae | Fotografía: Lee Hyung-deok | Edición: Jinmo Yang | Música: Jang Young-gyu | Reparto: Gang Dong-won, Lee Jung-hyun, Lee Re, Kwon Hae-hyo, Kim Min-jae, Gyo-Hwan Koo, Kim Do-yoon, Lee Ye-won | Duración: 114 minutos | Festival de Sitges: Sección Oficial (2020) |

Corea del Sur, 2020 | Dirección: Yeon Sang-ho | Título original: Train to Busan 2 / 반도 | Género: Terror, Acción, Thriller | Productora: Next Entertainment World, Blumhouse Productions, RedPeter Film | Guion: Yeon Sang-ho, Ryu Yong-jae | Fotografía: Lee Hyung-deok | Edición: Jinmo Yang | Música: Jang Young-gyu | Reparto: Gang Dong-won, Lee Jung-hyun, Lee Re, Kwon Hae-hyo, Kim Min-jae, Gyo-Hwan Koo, Kim Do-yoon, Lee Ye-won | Duración: 114 minutos | Festival de Sitges: Sección Oficial (2020) |

Retomando el universo que fascinó a medio mundo en la sorprendente «Train to Busan», este entretenido filme coreano, eminentemente de acción noir, abusa de la cámara lenta y de un CGI que nos sumerge en un videojuego a medida para escolares terremotos.

Si bien el comienzo del metraje ofrece espectaculares accidentes de gigantescos vehículos y utiliza el recurso de los telediarios para conferirle cierto realismo, esa sensación dura poco. El ritmo hiperactivo de esta pieza se aleja del drama y la claustrofobia que hizo tan grande a Train to Busan (Yeon Sang-ho, 2016). Porque a esa sorprendente película no la enalteció únicamente el frenetismo.

Los infectados de esta entrega saltan disparados como corredores de parkour, si no de artistas circenses en camillas elásticas, pero puestas ahí demasiado tarde: después de haberse caído de la cuerda y haberse partido el lomo. Sus espaldas se arquean como la de Reagan en El Exorcista (William Friedkin, 1973). Y éste término le viene muy a colación: todo lo que toma de la idea original es llevado al extremo. Incluso la psicología de los personajes, desdibujada en los principales, pero polarizada totalmente en el caso de los antagonistas. Siguen un canon bastante más propio de las sátiras de la antigüedad —oriental o grecorromana: lo mismo da—: el malo remalo, el tonto, el afeminado…  Pero ése siempre es un riesgo al que se expone una obra con tantos personajes, casi coral pese a haber un protagonista claro. Su camino, sus traumas, aquello de lo que debe resarcirse… está definido. Pero se ve envuelto en un ambiente tan teatral que esa implicación con su dolor y sus metas se ven eclipsados por, entre otras cosas, unos adversarios que rallan lo cómico.

¿Referencias constantes o refrito?

No se puede negar que Península ofrece ciertas fotografías para la posteridad. La mayoría de las más impactantes oscilan entre el homenaje a clásicos del terror —como el pasillo del barco que recuerda al de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980)— y el refrito de otras obras Z, como aquella guerra mundial del género, filtrada por el pasapurés hollywoodiense, pro israelita y aún anticastrista, que censuró casi toda la magnífica y mordaz novela política que ingenió Max Brooks.

El momento que tanto recuerda a la adaptación del recién mencionado libro, es una lluvia de zombis muy similar a la que se produce en el muro que, para Brooks, protegía Gaza de los infectados del exterior (aunque en la película decidieran darle la vuelta a la tortilla). Pero, sin duda, el grueso fundamental de la acción trepidante en este filme es Grand Theft Auto. Además de las coreografías que describen los vehículos, arrastrando masas ingentes de zombis como quien unta mantequilla en las aceras, la propia imagen está computerizada casi por completo. Se aprecian muy pocos escenarios físicos, reales. Eso hace que se experimente de manera menos vivencial. Pero si te dicen que mañana lanzan el videojuego, igual corres a comprarlo. Y no sería nada descabellado imaginar a la chiquillada jugando a él durante horas.

Mensaje bienintencionado

En ese paisaje de edificios derrumbados, vehículos volcados que nos suele ubicar automáticamente en un mundo postapocalíptico, llama la atención cómo, una vez más, la naturaleza va recuperando su espacio. El verde se va comiendo el gris virtual de la pantalla. Que sigue siendo muy gris, oscuro y con tonos fríos y azulados o de óxido. Se trata de un escenario que, pese a seguir siendo hostil, una pequeña tribu tiene controlada. Y sus miembros más jóvenes han crecido en él, se han adaptado. Dicen que no se está tan mal.

Como suele suceder con el cine coreano, la familia es un pilar fundamental para la supervivencia y la salud mental. Los lazos que unen a padres e hijos y que éstos acaben siendo separados en algún momento, refleja el trauma de la guerra que partió el propio país original. De hecho, al principio de la película, se nos sitúa cronológicamente la catástrofe en un momento previo a una utópica voluntad de reunificación.

Sus dosis de acción llegan en oleadas tan inmediatas, solapándose unas con otras, que llega un punto en que se pierde el control de qué bala está impactando dónde.

Por otra parte, se ven verdaderos brutos con cierta actitud de aceptación hacia una posible homosexualidad ajena. Aceptándola —con lo que se pretende cierta modernidad coherente con aquello que se espera en este siglo XXI—, pero existiendo aún mofa, lo que no deja de ser prejuicio (pero se le adjudica a un personaje que es idiota, con lo que se evidencia el rechazo del autor hacia ese comportamiento).

Y otro detalle loable en cuanto a mensaje, es que se hace eco del rechazo hacia el refugiado, el que huye de la guerra y el caos, echándosele la culpa de lo que sale mal, responsabilizándole de infecciones y penurias. Como si no fuera la víctima de un problema del que, a menudo, somos parte. Entroncando con esto último, el filme se posiciona a nivel geopolítico. Por un momento, parece que va a exaltar a los cascos azules de la ONU y a perder la credibilidad de sus denuncias. Pero no. «Y hasta aquí puedo leer», que diría el maestro Chicho Ibáñez Serrador.

«El problema no son los zombis»

Así reza uno de los personajes de buen corazón en Península. No: en esta película, los zombis son directamente armas de guerra que quienes han aprendido a controlar arrojan, no contra el más débil, sino contra el menos retorcido. Sea por lucro o por ocio. Hasta que éste aprenda el juego. Y he aquí el punto de más valor del filme.

Porque, sí: entretiene. Pero sus dosis de acción llegan en oleadas tan inmediatas, solapándose unas con otras, que llega un punto en que se pierde el control de qué bala está impactando dónde, por ejemplo. Y ahí se perciben ciertas trayectorias poco lógicas. En cambio, pone sobre la mesa problemas sociales muy graves, cuyo núcleo es el mismo que tiene el argumento: que ni cuando todo está en ruinas, parecemos olvidarnos del maldito dinero. Como si eso fuera a servir de algo cuando estemos al borde de la extinción.

Y aún así, pone la esperanza en manos de las niñas luchadoras del futuro.


Artículo perteneciente a la serie: CINE ASIÁTICO    SITGES FILM FESTIVAL 2020   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 9 octubre, 2020
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 9 octubre, 2020

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