Otra ronda
| Por la boca vive el pez

De concepción paradójica y contradictoria en sus formas, la película del danés Thomas Vinterberg ofrece múltiples lecturas, todas ellas tan racionales como espirituales, que la elevan hasta convertirla en una parada obligatoria del cine europeo.

Finn Skårderud es un psiquiatra noruego que tiene la teoría —al menos en la ficción— de que los seres humanos tenemos un déficit del 0.05 de alcohol en sangre, y que por ello, nos enfrentamos mal o de modos poco adaptados a situaciones que, de estar en posesión de ese pequeño empujón etílico, nos tomaríamos con mejor talante y resultados superiores, ya que, según él, la desinhibición que viene de la mano del licor libera la creatividad que vive latente dentro de nuestros cerebros. Por otro lado, tenemos a Søren Kierkegaard, un filósofo danés que podemos considerar el padre del trascendentalismo, y con cuyas palabras arranca la obra que nos ocupa: «¿qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido de ese sueño». La cita, extraída de Diapsálmata (1843), un libro que nos remite a sus comienzos con la pluma, siembra las bases de todo lo expuesto durante las siguientes dos horas, si bien no en un sentido literal, sí como referente estético de la partida de los tiempos de juventud y el enfrentamiento en clave de crisis vital de aquellos que han visto marchar el tren sin percatarse realmente de cómo ha ocurrido. Kierkegaard, reconocido detractor de Georg Hegel, estaba convencido de que la razón perjudicaba la creatividad y atacaba directamente la singularidad del individuo; de reconciliar la filosofía del pensador danés y la —confusa— teoría de Skårderud emana una extraña simbiosis que, en manos de Thomas Vinterberg en una etapa de su cine que aún conserva fragmentos del nihilismo de Celebración (1998) pero pasados a través del filtro de la sofisticación y cierto temor a su radicalidad más juvenil, se convierte en un laberinto emocional de lo más atrayente —y divertido— que conecta con los miedos y las pasiones de los que viven atrapados en el retrovisor de su vida.

Mads Mikkelsen es Martin, un aburrido profesor de instituto, otrora brillante, atrapado en una crisis constante en la que su matrimonio se viene abajo y sus alumnos lo desprecian. Con la única intención de buscar una salida a su sufrimiento, se deja enredar por sus amigos y las locas teorías que enarbolan sobre el alcohol mientras dicen que si Skårderud esto, que si el vodka lo otro y lo de más allá. Así, arrancan un experimento sociológico en el que, siguiendo las enseñanzas del psiquiatra noruego, deben mantener su nivel de alcohol siempre en 0.05, y enfrentarse a su jornada laboral en esa situación etílica. De este punto de partida podrían haber nacido varios caminos, y casi podríamos decir que Otra ronda los transita todos con mayor o menor acierto. Así, durante su primer acto Vinterberg se lanza directo a los brazos de la decadencia, y navega con excelente pulso y unas ideas muy valiosas a través de lo que implica permanecer en un estado constante de alteración de la conciencia: entra en la romantización del alcohol mientras cita a míticos bebedores de la talla de Churchill o Hemingway, y casi pareciera poder convencer a cualquiera de que el Smirnoff podría ser el mejor y más fiel amigo del abatido y el descastado. Luciendo para la ocasión su habitual humor negro y una narración pausada —heredera de sus inicios en el movimiento Dogma ahora ampliamente superados—, Otra ronda corre el peligro por momentos de perder el norte en cuanto a su carga intertextual y no ser consistente consigo misma: su definición de la bajada a los infiernos adquiere en esta primera parte de su metraje un enfoque del declive liberador y, como decíamos, nihilista, y aunque podría haber seguido esa senda y haber salido victorioso, Vinterberg cambia la dirección del filme llegado cierto punto y lo construye alrededor de otro de esos caminos alternativos, en este caso, el de la redención.

La suma total de sus partes la convierten en una película vivaz y enérgica, que lo mismo sorprende por su poso intelectual que por sus impresiones emocionales.

La conjunción en un mismo escenario del resultado de tomarse «otra ronda» o no hacerlo, de bajar directo y sin frenos hacia lo inevitable o parar antes de que sea demasiado tarde, convierte a la película en una paradoja delicada e inspirada, que precisamente por su inexactitud semántica y su discurso errático se mantiene en lo más alto durante su visionado. En el momento en el que se comienza a sentir como un relato vitalista, contradiciendo todo lo expuesto hasta ese momento, arranca una cuesta arriba en la que los hechos que acontecen adquieren una óptica mucho más blanca: Mads Mikkelsen y compañía comienzan a experimentar en sus alcoholizadas carnes que los pros y los contras de su pequeña incursión etílica no están realmente ponderados, y es desde ese momento que Vinterberg vira otorgando a la narración de Otra ronda una alternativa que niega el acuerdo tácito que había establecido con el espectador. La exposición que hace del alcohol como droga de abuso, como sustancia altamente adictiva y psicoactiva puede llegar a interpretarse como una apología o como una condena, dependiendo siempre del punto de vista, y es en esa dualidad bien/mal, correcto/incorrecto que vive su espíritu: Otra ronda no tiene en realidad una intención politizada ni médicamente relevante acerca del consumo de fermentados y destilados, sino que viaja mucho más hondo del alma humana y la explora a través de la desinhibición y el descaro, en lugar de partir de lugares comunes como la introspección o el recogimiento.

El drama detrás del filme, o lo que es lo mismo, la descripción jerarquizada de las diferentes paradas que sigue el personaje de Mikkelsen en su descenso a la desolación, tiene más de simbólico que de literal. La interpretación del actor danés, que como siempre alcanza la excelencia —incomprensible que haya quedado fuera de los Óscar—, es sutil en la medida en que demuestra un abanico emocional muy amplio que conecta con los diferentes estadios de la intoxicación etílica en tanto en cuanto comienza muy arriba y se va destartalando lentamente hasta acabar en un punto similar al de partida, pero en medio de una extraña lucidez triste. Accediendo a la crisis de mediana edad y tocando temas que van desde el amor estancado hasta la desmotivación laboral, Otra ronda tiene alma de ensayo filosófico. Al final, su discurso luminoso sobre la felicidad como aparato endógeno es contagioso de modos muy diversos y, hasta cierto punto, divertidos, y su esencia paradójica, contradictoria en la internalización de sus preceptos —la modificación de la conducta con afán de mejorar la interacción con el mundo— se siente como un haz de luz en medio de una caverna o, como decía Kierkegaard, como el amor que vive dentro del sueño. Aunque tenga puntos bajos, y elementos de su estructura disonantes que ni siquiera merecen una mención crítica, la suma total de sus partes la convierten en una película vivaz y enérgica, que lo mismo sorprende por su poso intelectual que por sus impresiones emocionales. Y qué baile el de Mads Mikkelsen. Qué baile.




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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 9 abril, 2021
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Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 9 abril, 2021

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