Ombligo
| Eso que dicen de niños y borrachos

Val Bal nos pinta la sonrisa irónica con recursos de teatro y blanco y negro. Entremés con sketches y soliloquios de ego fanático en que los acomodados de la dictadura hacen enarcar la ceja al niño posfranquista que no traga el insulto a su inteligencia.

Una anciana se recrea en su hastío vital, añorando los tiempos mozos en que su lozanía era vigilada con rigor militar. Pero ella se ingeniaba picardías para escaquearse a «pelar la pava», que se dice por el sur que empapa el acento de su soliloquio. Está sola en el escenario, en su silla con sus labores. En realidad, esa cómica Rosalía Omil es bastante más joven, pero su rol conlleva esa parte de sátira que encaja con el maquillaje y peluca de anciana: dentro de esa vejez que se muestra rígida con el nieto, sigue viva la que fuera una traviesa adolescente cuyas correrías, esas que atentan contra su propio catolicismo extremo, ya no parecen interesarle a nadie. Y esos minutos ya son clara carta de presentación de una obra en sobrio blanco y negro, cuya fotografía desdibuja el rostro de los personajes con un filtro de brochazos blanquecinos. Porque cuando nuestro punto de vista se centra en nuestro propio ombligo, no solo no estamos mostrando las verdaderas cartas a nuestro interlocutor —que a menudo está tan hasta las narices de nuestro discurso inamovible como lo está Rafa, el chiquillo protagonista, voz de la razón—; también estamos deformando la realidad a nuestro antojo y conveniencia. Todos los personajes parecen llevar una máscara, un filtro impuesto. Y como resultado, esta hace de cada ser, sobre todo de los adultos, caricaturas andantes. O postradas. Porque otro rasgo de la escenografía, es que son retratos sedentes. Como un cuadro costumbrista español, pero de los pudientes. Los acomodados, difuminados como el negativo de una fotografía, que solo deja ver sus matices bajo la luz adecuada para el revelado. En cambio, se suele decir, que niños y borrachos son los que dicen las verdades.

Rosalía Omil en una captura de Ombligo.

En apenas una horita y con aparente sencillez, la sonrisa irónica se mantiene mediante una estructura ágil de conversaciones tan cotidianas como surrealistas, con las que más de un adulto se va a sentir identificado, puesto que son evocadoras de una época y de un choque sociocultural muy concreto: el ocurrido tras la muerte del dictador, en el seno de ese sector de la España profunda más ligado al poder, que se sentía en deuda con el franquismo que perpetuaba sus privilegios (e intentaba mantener ese statu quo)… y las ovejas negras entre sus propias nuevas generaciones, criadas en la aspiración al ideal de democracia, reclamando su derecho a la opinión y a la reflexión contra el dogma ultracatólico, el de la oligarquía arraigada. El fenómeno de la cuñadez, es retratado en una cena literalmente de cuñados, destilado en diálogos que conforman sketches sencillos pero agudos, que hacen de esta película prácticamente un entremés teatral. La naturalidad de los actores infantiles, en el rol de esos primos que a menudo son nuestros primeros amigos en la vida, otorga más autenticidad a esa relación de solidaridad por la supervivencia en el extraño —y a menudo hostil— entorno de sus mayores, encabezados en el adoctrinamiento. Los rostros de los chiquillos son el poema adecuado en el momento preciso. A destacar, la conversación telefónica entre Rafa y su obedientísimo primo, que está a punto de, digamos, abrir los ojos, en una cena memorable. O la escena del cura. En ella se priva de sus deseos al malhechor, pero la toma cumple su función de dura crítica a los abusos de la iglesia, ofreciendo escapatoria al menor mientras regala al público altas dosis de vergüenza ajena hacia el malhechor.

Una llamada a la libertad de pensamiento desde el buen humor y, sobre todo, un clamor al raciocinio.

El mencionado caso es clave en otro elemento que refuerza la calidad de los diálogos: la indumentaria de los personajes. Contribuye a la caricaturización y a identificar prototipos muy patrios y lo suficientemente célebres como para que sepamos captar la ironía entre, por ejemplo, como exaltan un credo homófobo ciertos aristócratas adinerados de minuciosa y clasista elección estética, cuando apenas ocultan ciertos amaneramientos reprimidos, una parte de su propio sentir que es más que reprobable por su propia secta. De hecho, logra que la siniestra figura de los capirotes de Semana Santa suelte algo de gravedad para sumarse al desenfado y casi al ridículo. El oriundo de Cádiz lo hace desde diferentes escenarios que resultarán bien conocidas al público autóctono, especialmente a quienes se hayan visto envueltos en las masificadas reuniones familiares andaluzas. Vemos, pues, que la hipocresía del refrán «a Dios rezando y con el mazo dando» podría ser el leitmotiv de la obra. Pero también se hace eco de la persistencia del discurso machista más garrulo, desde la más pura ignorancia de cómo ciertas afirmaciones, ya en los años noventa, chirriaban de manera abominable. Y de cómo ese tipo de discurso —oh, sorpresa— guarda cierta coherencia con el salvajismo implícito en la exaltación de la tauromaquia. Amén de otras muestras de falta de empatía, como el atrevimiento de la condescendencia capacitista. Cuánto peor si encima quien lo hace lleva largo rato evidenciando pocas luces. 

La proyección de la voz tan típica de las tablas y telones, y un sonido que empaca todo eso para darle nitidez, refuerza la sensación de claridad y transparencia del discurso. Apenas con tres entradas musicales muy folclóricas: un pasodoble, un arranque flamenco zapateado —ya con una Rosalía Omil rejuvenecida y exagerando nervio, para más caricatura— y una saeta por la pena que dan, en realidad, estas situaciones tragicómicas aún en este país. Ombligo es una llamada a la libertad de pensamiento desde el buen humor y, sobre todo, un clamor al raciocinio. Una película totalmente necesaria en unos tiempos en que se están blanqueando los fascismos, en los que cada vez es más evidente cuánto se predica y con cuán poco buen ejemplo. Y pone de manifiesto cómo emperrarse en ciertos dogmas —tan represores como peligrosos— es absurdo incluso a ojos de cualquier chiquillo con dos dedos de frente. Invita a desprenderse de parafernalias clasistas y a plantar los pies en la tierra, a ser humilde, sabedora de que en todas partes cuecen habas.




Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 20 noviembre, 2021



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 20 noviembre, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?