Narciso Negro
| Viaje a las montañas malditas

Reino Unido, 1947 | Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger | Título original: Black Narcissus | Género: Drama | Productora: Independent Producers, The Archers | Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger (Novela: Rumer Godden) | Fotografía: Jack Cardiff | Edición: Reginald Mills | Música: Brian Easdale | Reparto: Deborah Kerr, Sabu, David Farrar, Flora Robson, Kathleen Byron, Jean Simmons, Jenny Laird, Esmond Knight, Judith Furse, Ley On, Eddie Whaley Jr., Nancy Roberts, Shaun Noble, May Hallatt | Duración: 100 minutos | | Disponible en:  Filmin  Movistar+  Amazon Prime Video   | Comprar DVD

Reino Unido, 1947 | Dirección: Michael Powell, Emeric Pressburger | Título original: Black Narcissus | Género: Drama | Productora: Independent Producers, The Archers | Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger (Novela: Rumer Godden) | Fotografía: Jack Cardiff | Edición: Reginald Mills | Música: Brian Easdale | Reparto: Deborah Kerr, Sabu, David Farrar, Flora Robson, Kathleen Byron, Jean Simmons, Jenny Laird, Esmond Knight, Judith Furse, Ley On, Eddie Whaley Jr., Nancy Roberts, Shaun Noble, May Hallatt | Duración: 100 minutos | | Comprar DVD

Deborah Kerr encabeza un grupo de monjas encargadas de establecer un convento en un palacio abandonado de los Himalayas, un lugar encantado amenazado por un oleaje crepitante de recuerdos y fantasmas reprimidos que acosan a las incautas hermanas.

Al comienzo de Narciso Negro (Michael PowellEmeric Pressburger, 1947) nos encontramos en un convento anglicano en Calcuta en los años treinta, en la India bajo el poder colonial británico. Aunque la presencia de las monjas y las jóvenes mujeres indias, vestidas con coloridos saris, resulta inicialmente desconcertante y disonante, hay algo en el ambiente, en el cálido aire muerto que revuelven los ventiladores, de serenidad y familiaridad. Un ambiente que, en el momento que conocemos el destino de nuestras protagonistas, pronto es abandonado para dar paso a la lóbrega y siniestra ambientación del resto de la película. Estrenada el mismo año en el que culminó el proceso de independencia de la India, Narciso Negro es recordada hoy en día como un retrato decadente de la descomposición del colonialismo británico, ese ambiente enrarecido y sosegado de los ventiladores de Calcuta, un escenario de inestable armonía que se desintegraría inevitablemente al ponerse de manifiesto las atrocidades surgidas de este proceso de asimilación abortado, de igual forma que se descalabra el hercúleo proyecto de las monjas de construir un convento en lo alto de las montañas de la cordillera más alta del planeta.

Al comienzo de la película, la Madre Superiora del convento de Calcuta asigna a la Hermana Clodagh (Deborah Kerr) dirigir la construcción de un hospital y un colegio, junto con otras cuatro monjas, en un palacio abandonado construido en lo alto de un valle de los Himalayas. Sorprendida pero excitada por la asignación, que significa que será la madre superiora más joven de la orden, Clodagh se pone al mando de un inestable grupo de hermanas para emprender la infeliz tarea. El palacio en cuestión, repleto de suntuosos ornamentos y pinturas lujuriosas que aluden a su uso original como harén de un general local, incide en la débil psique de las monjas como una presencia en principio estética, como si las formas abigarradas de su arquitectura encarnasen la propia naturaleza siniestra de la magia reprimida del lugar. A través de diversas interacciones con personajes locales, como el agente británico Mr. Dean (David Farrar) o los habitantes del valle, las hermanas se verán enfrentadas a la maldición invisible del lugar que libera sus recuerdos reprimidos y frustra todos sus intentos de progreso.

Deborah Kerr interpreta a la Hermana Clodagh, la Madre Superiora del nuevo convento.

Narciso Negro es, ante todo, una demostración magistral de la determinación con la que el lugar, algo tan sencillo como una la localización, incide en la mente y el ánimo humanos. Armadas con su fe y su confianza en sus buenas intenciones, las hermanas suben a lo alto del escarpado monolito de roca no presas de una ingenuidad ciega, pero sí firmes en su convicción de que la religión pesa más que la magia. Pero las inmensidades geológicas de los Himalayas, que cierto momento se alude que han tornado a algunos incautos en abominables hombres de las nieves, se demuestran mucho más poderosas de lo que había anticipado. El ambiente, la irreductible singularidad del palacio y la montaña, atora y asfixia con sus pliegues fantásticos la impostada inocencia de las monjas, atrapándolas en oscuras vibraciones cósmicas como un cristal refractante, como moscas en una telaraña rocosa para el festín de un dios furioso que nunca enseña su rostro. El viento, liberado de la pesada atmósfera muerta del inicio del film, se filtra entre las rendijas de las paredes y las ventanas como una presencia espectral, dejándose sentir a lo largo de la película en la ondulación de los hábitos de las monjas, el tembleque de las velas y el espeluznante aullido del aire, en casi cada momento de fondo.

Narciso Negro es una de esas obras únicas donde la lectura política y social se encuentra en perfecta coexistencia con la psicológica y la sobrenatural.

No es necesario que ningún elemento sobrenatural haga acto de presencia en la trama para entender que el nuevo convento está habitado por fantasmas. La misma interacción de las incautas monjas con este paraje alienígena, enteramente ajeno a sus mundos y sus intenciones de evangelización, se siente como el contacto inintencionado de dos mundos completamente diferentes, contradictorios, como el de los muertos y los vivos, o el presente y el pasado. Y la gran maestría del film consiste en la medida en que la metáfora sobre la decadencia del colonialismo británico se diluye de forma armónica con el proceso de descomposición del espíritu de las monjas y del propio convento. Narciso Negro es una de esas obras únicas donde la lectura política y social se encuentra en perfecta coexistencia con la psicológica y la sobrenatural, haciéndose con esa condición tan poderosa que tienen las verdaderas metáforas: la de atraer mediante su trama simbólica un flujo casi infinito de interpretaciones y significado.

El propio sentido superficial del film, donde las monjas representan a la subjetividad occidental al entrar en contacto con un lugar en el mundo más allá de las fronteras de su entendimiento, puede invertirse con facilidad. De tal forma que las monjas, vestidas con prístinos hábitos blancos que solo dejan entrever su rostro, pueden parecer los verdaderos alienígenas, emisarias de una civilización de seres estelares que traen una racionalidad imperial, una promesa de progreso, incapaz de domeñar los salvajes poderes geológicos de la Tierra. De todas las tecnologías de dominio que traen consigo las monjas cabe destacar el uso en el film de los aparatos de dominio del tiempo, fundamentalmente de la campana que corona el acantilado del palacio, un enclave principal en la trama que ejemplifica la fractura insalvable entre la conocida racionalidad del horario de los monasterios, donde dio comienzo la noción moderna de cronología, y las insondables profundidades de las fuerzas divinas de la montaña, más allá de la precaria comprensión de las monjas.

A la luz de estas inversiones y fracturas es posible comprender algunos aspectos que hoy en día resultaría más problemáticos, como el retrato sin duda estereotipado de los habitantes del Himalaya y ciertas interpretaciones ingenuas del film que pueden recaer en un cierto orientalismo y mistificación condescendiente de lo desconocido. Pero si estas salidas de tono son útiles es para recordarnos la naturaleza eminentemente irreal y distorsionada de la visión que tienen las monjas de su entorno, de igual forma que el machismo flagrante de algunos films de Hitchcock son también retratos precisos del efecto deformante de la mirada de sus protagonistas masculinos. El espectacular decorado de la película no pierde fuerza, sino que precisamente la gana, al saber que fue enteramente rodada en un estudio en Inglaterra.

Kathleen Byron encarna a la Hermana Ruth, una monja más voluble e intimidante.

Lo más formidable del film sin duda es cómo hace uso de las técnicas cinematográficas y el lenguaje visual para inferir y aludir su mensaje a partir de las imágenes, algo que no estaba al alcance de la novela de la que es adaptación. No hace falta remitir a su revolucionario uso del color, una tecnología en pleno desarrollo en el momento, o de las extraordinarias pinturas que componen sus paisajes de fondo, más imponentes y ominosos que ninguna visual generada por ordenador. Tan solo es necesario fijarse en el uso de la fotografía y el movimiento de cámara en algunos momentos claves del último tercio del film. La Hermana Ruth, la más problemática y rebelde de las monjas, es la que finalmente sucumbe con mayor dramatismo a las energías libidinales y lujuriosas del lugar, en una serie de trepidantes escenas finales. En estos puntos álgidos del film, el lenguaje visual se exagera y modifica con la suficiente intensidad como para no romper el encantamiento de realidad de la película, pero sí para llevarlo casi al límite, a un paso de estallar en mil pedazos, haciendo de la imagen de una Ruth liberada y entregada al pecado prácticamente la aparición de un demonio de otro mundo.

En algunos puntos concretos, el film alude a que el propio ambiente del lugar parece exagerar todo, dando sentido a algunas interpretaciones y escenas que, si bien resultan histriónicas y demasiado dramáticas, pronto comprendemos que todo ello es un intento consciente del film de otorgar fuerza a la influencia de la localización sobre los personajes. Aunque entendemos que la energía siniestra del lugar agita la precaria represión de los deseos y recuerdos de las monjas, las verdaderas consecuencias de entregarse a él nunca son del todo explícitas. Una contraposición clave se da entre el espíritu desenfadado y festivo de Mr. Dean y la serenidad mística de un «hombre santo» que habita apenas unos metros sobre el terreno del monasterio. En una escena de la película, una de las hermanas afirma que solo quedan dos opciones en aquél lugar encantando, la de Mr. Dean y la del hombre santo: o entregarse a él o ignorarlo. La pregunta más terrorífica es quién es el que se ha entregado y quién lo ignora, si el eremita silencioso que se ha convertido en una roca más de la montaña o el borrachuzo británico perdido en los placeres de su vida disoluta.

Pero sean estas u otras reflexiones más o menos pertinentes, de lo que no cabe duda es que Narciso Negro sigue siendo hoy en día, más de setenta años después de su estreno, un pozo infinito de interpretación y poder simbólico, parte de ese exclusivo conjunto de obras que contienen un número todavía indefinido de poderosos relatos en su interior, pero ninguno cuenta con el privilegio de ser la verdad última o definitiva. Como Picnic en Hanging Rock (Peter Weir, 1975) o El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), dos películas con las que resuena de forma siniestra como una conjunción retroactiva de ambas, Narciso Negro puede ser reivindicado hoy en día como uno de esos clásicos atemporales de la historia del cine capaces de transcender culturalmente todas las barreras que hasta ahora hemos podido imaginar. Pero ante la más aterradora de las pruebas, la del paso del tiempo, Narciso Negro se mantiene firme, actual y rabiosamente original, irreductible como los fantasmas que transitan por los valles de los Himalayas.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 11 enero, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 11 enero, 2021

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