Mulholland Drive
| Silencio, se rueda

Hollywood, la fábrica de sueños, no solo construye idilios sino que también provoca pesadillas donde las estrellas que conforman el paseo de la fama dejan de brillar como aparentemente lo hacen ante las cámaras. ¿Qué ocurre cuando se apagan las luces?

Con Mulholland Drive (2001) David Lynch pone el foco en los aspectos más oscuros de la industria de Hollywood y su star sytem: la fama no es tan esplendorosa como parece desde la butaca, pues habría que atravesar la pantalla, más allá de los cromas, los playbacks y la escenografía para ver qué ocurre en el rostro de las estrellas bajo todo ese maquillaje. El universo de Hollywood, con sus luces y sombras, ha sido reflejado a lo largo de la historia del cine a través de películas como El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder o Como plaga de langosta (John Schlesinger, 1975), entre muchas otras. Incluso más recientemente, Quentin Tarantino revisitó el wéstern de Hollywood de los años 60 así como el escándalo y crímenes que rodearon a la figura de Polanski y Sharon Tate con la película Érase una vez en… Hollywood (2019). También David Fincher en 2020 estrenó Mank, donde aborda la figura del guionista de Ciudadano Kane, Herman J. Mankiewicz.

No obstante, entre toda esta filmografía, la película escrita y dirigida por Lynch destaca por esbozar un panorama mucho más sórdido y oscuro de la fábrica de sueños estadounidense ofreciendo un resultado espléndido. Una de las características más señaladas del cineasta es la habilidad de construir una trama tan atractiva que, incluso a través de una consecución de imágenes aparentemente incoherente, deja a la audiencia en vilo hasta el final, poniendo en valor más que nunca el concepto de espectador/a activo que ya en su día el teórico de cine David Bordwell abordó. Mientras la trama va avanzando parece que ciertos aspectos de la historia comienzan a desenredarse, como una madeja de lana que cae al suelo, y conforme rueda va descubriendo las capas inferiores que se veían entretejidas. Orson Welles en Ciudadano Kane (1941) ya comenzó a jugar con la cronología narrativa recurriendo a flashbacks y flashforwards, avanzando hacia el futuro y hacia el pasado de forma impecable, pero si dirigimos la mirada más allá de Occidente y ya a mediados del siglo XX, maestros como Akira Kurosawa llevaron a otro nivel este juego narrativo y experimentación con el tiempo cinematográfico: en su filme Rashōmon (1950) se materializa esta idea a través de la cronología narrativa no lineal, colocando los sucesos existentes de forma desordenada. Esta tendencia ha sido utilizada por diversos/as cineastas a lo largo de la historia, siendo Quentin Tarantino uno de los directores occidentales que más la ha abrazado como uno de los rasgos más característicos de su firma autoral con filmes como Reservoir Dogs (1992) o, posteriormente y de forma más descarada y atractiva, con Pulp Fiction (1994). No obstante, David Lynch da un paso más allá y desde el surrealismo presenta un relato aparentemente construido con piezas incoherentes, pero que no requieren ser reordenadas para entenderlas, algo que ya se atisba en la anterior Carretera perdida (1997). El objetivo principal de Mulholland Drive, el cual consigue el cineasta con creces, es hacer pensar y reflexionar a los/as espectadores/as sobre la industria de Hollywood, sobre el cine en general y sobre todo, reseñar la difusa línea que separa realidad y la ficción, tanto en pantalla como en lo cotidiano. Maestro que ha inspirado a muchos/as cineastas, como a Charlie Kaufman, el cual abordó esta idea desde otra perspectiva en Estoy pensando en dejarlo (2020).

Volviendo a Lynch y en retrospectiva, en Terciopelo azul (1986), al igual que con la popular serie de TV Twin Peaks (1990), da rienda suelta a la imaginación y reformula el género del suspense y el thriller psicológico, a través de una serie de crímenes que se desarrollan en una atmósfera enigmática y con una estética y fotografía magistralmente cuidada. Con Mulholland Drive da otra vuelta de tuerca y construye una historia enmarcada en los diferentes géneros cinematográficos existentes, desde la comedia o sátira que pueden provocar una carcajada inesperada, hasta el thriller psicológico más complejo de desentrañar. Estos géneros sin embargo no son trabajados desde una perspectiva comercial y al uso, sino que se recurre al surrealismo y lo abstracto para construir una obra artística vanguardista donde la audiencia tiene que abrir su mente y dejarse llevar. En este puzle narrativo, las dos protagonistas Betty (Naomi Watts) y Rita (Laura Elena Harring) encarnan a dos mujeres que se encuentran por accidente en Los Ángeles, desencadenando una serie de inquietantes situaciones mientras Betty intenta llegar a la fama siendo una actriz brillante. En este sentido, es destacable como ya a principios del siglo XXI Lynch presenta una relación sexo-afectiva homosexual entre las dos mujeres, sin hacer hincapié en la orientación sexual sino construyéndola con la naturalidad con la que siempre se presenta cualquier relación heteronormativa en el cine.

Una obra artística vanguardista, un puzle narrativo que va desde la comedia o sátira hasta el thriller psicológico más complejo de desentrañar.

Dentro de la propia trama, hay inmensos elementos que van ofreciendo pistas sobre el devenir de la historia, así como magníficos planos detalle que acercan y sumergen a la audiencia en un ambiente mucho más íntimo. No obstante, todos estos detalles son imposibles de rescatar en un primer visionado, generando así el deseo de volver a adentrarse en el mundo de Mulholland Drive para desentrañar todo lo desentrañable, para deleitarse con cada elemento meticulosamente cuidado y colocado por el cineasta. Elementos que conforman un relato repleto de simbolismo con esa caja azul icónica y el enigma que la rodea, ese cruzar el umbral y descubrir qué esconde el receptáculo azul o con la presencia de un cowboy aparentemente incongruente que articula frases clave como: «¡Eh, preciosa, hora de despertar!». La magia del cine dentro del cine y su puesta en abismo se aprecian de forma elegante en una de las mejores secuencias que representa la audición de Betty, donde la actriz (real) interpreta de forma sobresaliente a la actriz (ficticia) que a su vez interpreta de forma brillante su papel. Una frase laberíntica que define a la perfección el relato del filme, donde todo parece real o ficción, donde aquello que más te atraviesa el alma y hace saltar las lágrimas es totalmente artificial. Porque ¿cómo se puede escuchar la música si no hay un grupo que la haga sonar?, ¿o una voz que la entone? La magia del cine desde sus orígenes reside precisamente en eso, en hacer posible lo imposible, pero ¿qué consecuencias conlleva esto?

La industria de Hollywood nutre a la audiencia, así como a sus estrellas, de ideas construidas sobre lo que es ideal, sobre el sueño de llegar a ser alguien en la vida, tal y como hacen las películas de amor que dan forma al mito romántico, el cual se desmorona cuando tratamos de emularlo en la realidad. Es por ello que David Lynch en un juego irónico, lleva a cabo esta joya cinematográfica imprescindible que demuestra que la industria del cine es esencial dentro de la cultura, ensalzando el valor del séptimo arte. A su vez, efectúa una crítica mordaz al humo que en ciertas ocasiones Hollywood vende, transmitiendo una serie de valores al público así como generando unas desmesuradas expectativas en las figuras actorales que terminan por encontrar una gran decepción al buscar demasiado. El paseo de la fama no es un camino de rosas, y no todos los sueños pueden hacerse realidad. Aunque quizás, toda la realidad, no sea más que un sueño… o una pesadilla de la que quieres despertar.




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Texto de Sofía Otero Escudero | © laCiclotimia.com | 15 junio, 2021
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Texto de Sofía Otero Escudero
© laCiclotimia.com | 15 junio, 2021

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