Mujeres del siglo XX
| Las que nos hicieron ser

Mediante una educación en feminismo y sororidad casi ejemplar, el director estadounidense Mike Mills se lanza a contarnos en este drama familiar cómo las mujeres del siglo XX tuvieron una resonancia abismal en lo que somos hoy y en lo que seremos mañana.

Todo está en reformas dentro de lo que significó para Mike Mills el lanzamiento a lo que sería el estrellato de Hollywood. Y cuando decimos que todo está arreglándose, es porque dentro de Mujeres del siglo XX, lo que apreciamos más allá del sentido fílmico, es una constante universal y realista que desarrolla y hace crecer a los seres humanos dentro de este mundo en el que habitamos. Un mundo en el que vivimos entre reparaciones y remiendos del hogar. Construirse, destruirse y reconstruirse son los tres pilares fundamentales en este relato donde no hay puntos fijos, donde las opiniones cambian según la visión que se precie y donde los personajes son tan volátiles en la pantalla que se podría decir, una vez más, que esto es la vida misma. Dentro del filme estadounidense lo tangible es una tábula rasa y los ojos de un adolescente rodeado de sus figuras de referencia, en su totalidad mujeres, van poniendo el pincel sobre el lienzo, los ladrillos sobre la pared que está a punto de construirse. Son los ojos de un espectador que vuelve a tener quince años y, creyendo saber más de lo que cree, se da cuenta de lo que ignora.

Nos transportamos a 1979, en Santa Bárbara. Dorothea Fields (Annette Bening) es una madre divorciada que no sabe muy bien cómo criar a su hijo sin un referente paterno. Ambos conviven con Abby, una compañera de piso con tintes artísticos modernistas (Greta Gerwig); con Will, un manitas que se encarga de la casa (Billy Crudup); y con Julie, una amiga de la infancia de Jamie (Lucas Jade Zumann), quien le visita todas las noches (Elle Fanning). Con una mentalidad arraigada en la comunas familiares de la Gran Depresión en la que se crió, Dorothea recurrirá a los habitantes casuales del hogar para pedir consejos y favores respecto a la educación de su hijo. Es entonces cuando la crianza de Jamie se divide entre tres mujeres de distintas generaciones con algo en común: el siglo en el que nacieron. A partir de aquí es cuando vemos la construcción mencionada anteriormente, una edificación cementada en los principales supuestos y leyes del feminismo y, por ende, de la sororidad.

Aunque esta presentación de personajes que os hacemos aquí, ni se acerca a la excelencia que ejecuta Mills a la hora de exhibir a las figura que crea. Es de decálogo fílmico lo de presentar a los personajes al principio de un largometraje, ley escrita en todo el ensayo cinéfilo y repetida hasta la saciedad por Robert McKee. Pero en el caso de Mujeres del siglo XX, este momento se cuece a lo largo de todo el filme. Una opción bastante inteligente porque todo lo que vamos conociendo de los personajes a lo largo de la película se va explicando y ensamblando con los motivos de su exposición progresiva: objetos que los identifican, lugares donde se criaron, sus experiencias familiares y amorosas, baldosas que se van amontonando una tras otra a lo largo del inicio, el nudo y el desenlace y que, hasta el último minuto, te dan información de sus protagonistas. Una proyección de diapositivas que toma el riesgo de esparcir los detalles de las fichas técnicas de cada individuo por todo el guion y, aunque tiene todos los boletos para que salga mal, consigue que exista una ratio de concordancia, donde ningún dato se queda descolgado, donde la información transcurre por el mismo caudal aunque proceda de diferentes vertientes.

Y hablamos de caudales y vertientes para retroceder al primer plano. Es de obligación mencionar el preciosismo usado por Sean Porter a la hora de dirigir la fotografía de esta película, que comienza con una vista cenital del mar, evocando a donde van a confluir todos los ríos, o todas las vidas (como diría Jorge Manrique). Un plano al que le sigue otro completamente distinto de un coche ardiendo desde el interior de un supermarket típico yanqui. El inicio de un contraste que se suscitará a lo largo de todo el filme. El diseño de producción junto a la cinematografía coordinan una paleta de colores magnífica, ya que cuando la acción se desarrolla dentro del hogar, los colores vivos y pasteles rodean todo el escenario. Una puesta en escena luminosa, intimista y acogedora se mantiene estática, con movimientos de cámara que oscilan entre los travellings de aproximación y alejamiento, y los zoom que manipulan la perspectiva. Todo ello con la lente atravesando quicios, subiendo andamios y centrando toda su atención en los detalles específicos: una caricia de manos, el rascar una espalda… Sin duda, el trabajo de Porter en las escenas interiores es para transmitirle al espectador la confidencia y confianza que habita dentro de esas cuatro paredes, haciendo sentir al espectador como partícipe de todo lo que ocurre.

Si para Mills la edad adulta se presenta aquí como algo estático, la juventud es fugaz, es violentamente rápida y parece no tener freno.

Al contrario, al analizar la acción en exteriores, retrocedemos a esa escena ruda de un coche ardiendo. Al transportar la lente hacia afuera, la tonalidad de la película se enfría y los escenarios oscuros comienzan a abundar. Salir de casa significa una aventura no bien esclarecida, una lanzadera al vacío para una madre que se preocupa por las locuras de un adolescente como su hijo. En este caso, vemos que impera la estética punk de los setenta, dentro de las salas de fiestas en las que Greta Gerwig suele ser asidua. En forma de rebeldía, típica del movimiento, Jamie comienza a salir sin el permiso de su madre a estos garitos, entre las luces de neón y el humo, abriéndose una brecha abismal entre el sentido de la maternidad y el coming of age. En estas escenas la cámara parece perder el control, no hay un sentido sensato sobre la forma en la que se mueve, todo es revolución y dentro de esta revolución, el sinsentido cada vez es más grande. Si para Mills la edad adulta se presenta aquí como algo estático, la juventud es fugaz, es violentamente rápida y parece no tener freno. Un freno irremediablemente atascado que compone la destrucción de los escenarios, cuyo sentido evocador parece dispersarse y las figuras lineales comienzan a difuminarse en sus bordes.

Y esta difuminación parece mamar de un referente que se ilustra a pie de vídeo en la obra. Koyaanisqatsi (Godfrey Reggio, 1982) es la película referente de Mills y Porter para trazar la época de cambios que significó los finales de los setenta y el principio de los ochenta. Acompañado de la voz en off de Jimmy Carter y su legendario discurso Crisis of Confidence compone el punto álgido del nudo: dos generaciones que no se comprenden, dos mundos que chocan, proyectados con la familia viendo el discurso a la vez que se intercalan fragmentos de Koyaanisqatsi, obra en la que Estados Unidos parece deshacerse en contornos neones y coloridos. Es esta destrucción visual la que impera en la segunda mitad de la obra, esta fragmentación de los contornos que evocan a un mundo psicodélico, a un futuro que está llamando a la puerta y que parece una completa alucinación. Es aquí que la película empieza a acelerarse, a esfumarse entre matices delíricos y vivos. Los viajes en coche a cámara rápida, las transiciones que se podrían equiparar a fallos de laboratorio. En este punto, la película comienza a rasgarse, mientras que sus protagonistas se fraccionan y se alejan. La estela de Reggio se sostiene en Mujeres del siglo XX como principal bastión de la incomprensión intergeneracional.

La destrucción narrativa se une a la visual, pero la película nos vuelve a encandilar en su clímax y con su fin: el rehacer a través del aprendizaje. Y es que al hablar de este largometraje, hablamos de una necesidad plena de comprensión y empatía. El pegamento que mantiene a todos sus personajes unidos es la reivindicación que hace cada uno sobre las circunstancias del otro. El personaje de Jamie repite hasta la saciedad: «Discúlpala, ella se crió en la Gran Depresión», refiriéndose a los actos de su madre. Una disculpa en torno a lo consciente que es dicho protagonista, que acepta más el «tú eres tú y tus circunstancias», por encima del «yo soy yo y las mías». Lo mismo para la madre, para la compañera de piso y la amiga, que aparte complementan su crianza en feminismo, a sabiendas de la sociedad patriarcal en la que viven. Este es el otro formato utilizado como nexo, la instrucción en sufragismo y educación sexual. Sin dar un alegato pretencioso, sin juzgar al que lo ve, con el único fin de enseñar y aprehender lo que se escapa y, por ende, se ignora. Cuando antes decíamos que el espectador volvía a su «yo» de quince años y se encontraba ignorante, nos referíamos a esto mismo, a aquella época en la que nos pasaban cosas —o no— que no comprendíamos y que nadie nos explicó. Una educación emocional, sexual y social tan positiva es la que erige Mills aquí, pues como referente tiene obras de gran calado feminista como son: Our Bodies, Ourselves de Judy Norsigian, o Sisterhood is Powerful compuesto por relatos de otras grandes activistas como fueron Susan Lydon o Zoe Moss.

Le reconstrucción, el resurgir de la trama, mana desde el inicio si nos damos cuenta. Porque la solución del nudo se encuentra en lo que hacen sus personajes desde el primer momento: intentar entender y abrirse a la experiencia. Desde el momento en que la madre decide ponerse en los pies de un hijo sin padre, en el punto en el que el hijo viaja a 1924 para saber el porqué de su madre, desde que surgen las dudas de la maternidad en el personaje de Gerwig o cómo se intenta ubicar el novedoso término de la sororidad, que promovió Kate Miller en los años setenta, en las interacciones de Fanning con ellas; todo acaba por rehacerse. Un sencillísimo mensaje, y no por ello menos eficaz, que intenta romper y traspasar todas las barreras intersexuales e intergeneracionales y que, en nuestro parecer, peca de una grata y honesta exactitud. Teniendo como principales maestras a esas figuras ocultas durante la historia, que en el siglo XX sacaron la cabeza y reclamaron lo que les correspondía, señalando a la opresión metódica del sistema. Todos y todas hemos sido influenciados por ellas, todos y todas hemos tenido a una como referente, y es que las mujeres del siglo XX fueron y son las heroínas de nuestra generación y de las venideras. Así que para que no caigan en el olvido, hay que recordar lo que ellas significan y significaron: las que las hicieron ser y nos hicieron ser.




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Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 30 septiembre, 2021
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Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 30 septiembre, 2021

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