Muchos hijos, un mono y un castillo
| Retazos de lo inexorable

El paso del tiempo es inevitable pero su avance también entraña experiencias y recuerdos que merecen ser escuchados. En su documental casero más íntimo Gustavo Salmerón acompaña a su familia y en especial a su madre en el viaje sin retorno que es la vida.

En su debut como director de largometrajes, Gustavo Salmerón decide poner la cámara ante su madre y rodar el retrato más entrañable e íntimo de su familia. Sin ningún tipo de artificio, el cineasta ofrece a la audiencia la oportunidad de rememorar situaciones comunes a través de su relato autobiográfico grabado en 4:3 y acompañado con imágenes de archivo para favorecer así la inmersión de la audiencia en un viaje al pasado. Una de las formas más hermosas y enriquecedoras de viajar es el poder sentarte junto a los/as familiares más longevos/as y escuchar con atención todo lo que tienen que contar, sus valiosas experiencias y conocimientos adquiridos a lo largo de los años, o simplemente compartir el silencio mientras dan de comer a las gallinas o mojan sus galletas en el café en vaso de Duralexy el documental de Salmerón es una fiel analogía de ello. Formato muy similar que también se ha podido ver recientemente en obras como el cortometraje de Celia Giraldo sobre su abuelo, Va dando el tiempo (2020).

Es complejo pararse a pensar en el paso del tiempo, en lo que quisimos tener y no conseguimos o en lo que queda por vivir, pero Julita Salmerón tenía claro desde bien pequeña que había tres deseos que quería cumplir: tener muchos hijos, un mono y un castillo. Deseos que se le cumplieron, pero no por obra divina, sino porque ella lo hizo posible. De esos tres deseos, sus hijos/as, y su marido Antonio, se convirtieron en su mayor tesoro junto al amado castillo, un escenario ostentoso pero que para nada ensombrece la franqueza y sencillez del relato de Julita. Desde la primera secuencia y el uso del primer plano el/la espectador/a conecta de forma inmediata con ella, a través de las arrugas de sus manos que se mueven sobre su rostro y que bien recuerdan a las de Agnès Varda en Los espigadores y la espigadora (2000).

En el documental, del mismo modo que hizo el cortometraje Espacio negativo (Max Porter, Ru Kuwahata, 2017), pero esta vez con un tono cómico y cercano, se reflexiona sobre lo material y el valor que esto tiene en la vida de Julita, así como la dificultad de poder guardar todo lo que alguna vez tuvo valor para ella. Es muy difícil desprenderse de los objetos pero sobre todo de los recuerdos vinculados a ellos, incluidas las vértebras de su abuela, las cuales ni siquiera sabía dónde guardó entre tantas cajas. La búsqueda de estas sirve de excusa argumental para hacer avanzar la trama del filme, el cual realmente se basa en la relación familiar entre Julita y Antonio y sus hijos/as, al igual que dicha búsqueda y el embalaje de cajas, no es más que una excusa para que la familia pase tiempo junta.

Un documental que te enseña a mirar la vida y los contratiempos con una sonrisa, aunque sin endulzar la realidad.

Al comienzo del filme, Julita le cuestiona a su hijo Gustavo Salmerón que quizás no debería rodar el documental, porque a quién podría interesarle escucharla hablar sobre su vida, eso no es contenido para un público general añadía ella. No obstante, qué es el cine sino el arte de contar historias, más o menos espectaculares, pero al fin y al cabo historias. Y la vida y experiencias de Julita no solo eran merecedoras de ser escuchadas, sino que su forma de contarlas, su honestidad hablando desde el corazón así como el acertado montaje, es la que hace el documental mucho más valioso y merecedor del premio de la Academia al mejor documental en 2017. Uno de los mayores aciertos del cineasta reside en uno de sus errores, el dejar la cámara encendida cuando no estaba rodando. Esos minutos de Julita mojando las galletas en el café o articulando sus pensamientos son una de las piezas más enriquecedoras del documental, donde ella se desnuda ante la cámara sin saber que la están grabando, regalando a la audiencia incluso más realismo e intimidad si cabe.

El tema de la vejez, así como la muerte, son tópicos complejos de abordar y plasmar en pantalla por las connotaciones que conllevan. Sin embargo, en Muchos hijos, un mono y un castillo, Gustavo Salmerón y especialmente la protagonista Julita Salmerón dan un vuelvo a la temática y regalan una obra magistral, sencilla y elegante a la vez, donde se genera una conexión instantánea con la audiencia a través de los diálogos espontáneos que provocan desde carcajadas hasta alguna que otra lágrima. Un documental que te enseña a mirar la vida y los contratiempos con una sonrisa, aunque sin endulzar la realidad, sino afrontando lo arduo y amargo como lo hace Julita, como mejor se puede y apoyándose en las personas que la rodean y quieren. Un filme adecuado y recomendable para cualquier momento que hace reflexionar sobre el cruce generacional, sobre todo en la actualidad donde la instantaneidad y el pensamiento de nunca tener tiempo es algo que permea todas las áreas de la sociedad, entorpeciendo situaciones inconmensurables como el simple hecho de sentarse a escuchar a las personas que se aman y sobre todo las pertenecientes al sector etario más sabio y experimentado, que tienen tantas cosas que compartir.




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Texto de Sofía Otero Escudero | © laCiclotimia.com | 23 abril, 2021
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Texto de Sofía Otero Escudero
© laCiclotimia.com | 23 abril, 2021

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