Mi vecino Totoro
| Lo que la infancia nos dio

Sentando las bases de su cine y elevando el nombre de Studio Ghibli, Hayao Miyazaki, con su habitual sensibilidad, presenta un cuento intimista sobre la infancia y el respeto a la naturaleza a la vez que crea uno de los mayores iconos del mundo del anime.

Realmente todos somos niños, de distintas edades, pero niños al fin y al cabo. Con la singular pureza de la mirada de un infante podemos, a veces, ver el mundo de una forma diferente, aunque no por ello más alegre. Tal y como nos tiene acostumbrados el maestro Hayao Miyazaki, con una de las cintas más emblemáticas de su carrera como es Mi vecino Totoro (1988) nos habla de todo aquello que le inquieta: de la infancia y sus vaivenes, de la naturaleza y el respeto por la misma, de las familias rotas, de la vida en sí misma. Satsuki y Mei son dos hermanas que, junto con su padre, se mudan a una vivienda rural a las afueras del Tokio de los años 50 para que, en el momento en el que su madre salga del hospital, tenga un lugar de reposo calmado y que ayude así a su pronta recuperación.

Habiendo sido estrenada al mismo tiempo que la magnifica La tumba de las luciérnagas (1988) de Isao Takahata, es imposible no ver una relación simbiótica entre ambos filmes. Se complementan y contraponen, ambos realizan unas lecturas similares acerca de la relación fraternal con respecto a la sociedad en su conjunto, así como también reflexionan acerca del núcleo familiar y las presiones a las que se ven sometidos los hermanos mayores —Seita o Satsuki— para cuidar y hacerse cargo de sus respectivas hermanas menores. Por supuesto, la temática de ambas películas es completamente diferente. En el caso de La tumba de las luciérnagas estamos ante un drama antibelicista que tiene su foco en el dolor de un Japón devastado por la guerra. Por otro lado, Mi vecino Totoro está ambientada unos años después de la derrota del país del sol naciente en dicha guerra, y se nos muestra una sociedad rural despreocupada en su mayor parte y amable, pero no exenta de la presencia militar —representada en las ropas que lleva Kanta, vecino de las hermanas, que son similares a las que porta Seita—. Parece claro que ambos directores pretendieron enfrentar en sendos filmes, los cuales tienen un carisma inherente apabullante, las dos caras de una misma moneda: la visión más grave de Takahata con respecto al imaginario fantástico de Miyazaki, la relación entre hermanos ante la pérdida contra la relación entre hermanas ante una posible pérdida, etc.

Ya en 1988 Hayao Miyazaki hablaba del calentamiento global y la deforestación desmedida, del respeto por la naturaleza que él tanto ama.

Hablar del tokiota es hablar de naturaleza y bondad, es hablar de pureza e infancia. En el particular caso del filme que nos concierne en estas líneas, la presencia de la cultura rural nipona es evidente. Los santuarios sintoístas tienen protagonismo en la trama, así como también la relación para con la naturaleza tiene reservada un asiento especial en la narración. El profundo mensaje naturalista que Miyazaki expone presenta todas las características que posteriormente se verán en filmes del calibre de La princesa Mononoke (1997) o El viaje de Chihiro (2001), ambos grandes referentes de la animación oriental y, por supuesto, obras maestras del cineasta japonés. La religión nipona adora a los kami, espíritus personificados de la naturaleza, y dichas deidades a veces se aparecen ante personas lo suficientemente puras como para verlas. Parece claro que la figura que el mítico Totoro —el cual es una mezcla entre una lechuza y un tanuki— representa es la de uno de estos espíritus del bosque que velan por la salud de su casa y ayudan a los humanos en sus momentos de necesidad. Ya en 1988 Hayao Miyazaki hablaba del calentamiento global y la deforestación desmedida, del respeto por la naturaleza que él tanto ama y que tan en boca de todo el mundo está en nuestros días, ya que son algunos de los grandes males de nuestra sociedad actual; pero no lo hacía con una actitud altiva ni con afán de reprimenda, todo lo contrario. Con su habitual forma de exponer sus pensamientos siembra —nunca mejor dicho— la idea en las cabezas de los espectadores, y si al acabar el filme se está de acuerdo con el mensaje dado, será responsabilidad de cada uno regar con asiduidad dicha idea para que algún día germine y se vuelva fuerte.

La infancia es una época que todos recordamos con cierta ternura, aunque no siempre está plagada de buenos recuerdos. Satsuki y Mei viven uno de los momentos más difíciles de sus breves vidas: la posibilidad de que su madre nunca vuelva a casa. Es gracias al gran Totoro que todo se vuelve un poco más fácil para ellas, viene a salvarlas. Miyazaki siempre ha tenido predilección por mostrar las partes más crudas de la niñez, casi siempre envolviendo esta etapa tan importante de nuestra vida con un halo de oscuridad y drama, siempre acompañado por una buena dosis de magia que contrarresta en cierta medida la dureza de lo planteado: casi nunca todo es de color de rosa, ni aunque así te lo quieran pintar. Tras cada sonrisa, tras cada carcajada siempre existe una oscuridad que todos pretendemos enterrar y que, en ciertos momentos, sale a la luz. Aunque muchos consideren a Mi vecino Totoro como una película infantil, eso no es del todo cierto: existe una trama sencilla con presencia tanto de fantasía como de humor en ciertos momentos, es verdad, y todo eso hace que el visionado de la cinta sea perfectamente válido para una audiencia infantil. Como ya comentó el maestro en más de una ocasión, su pretensión en todo momento durante el proceso creativo de sus trabajos es siempre que tanto adultos como niños tengan entretenimiento a partes iguales. Los más pequeños se pueden quedar con una criatura realmente enternecedora, así como unas protagonistas de su misma edad con las que puede resultarles relativamente fácil empatizar. Por el otro lado, los adultos siempre tendrán los mensajes ocultos que el director siempre esconde tras su aparente telón de terciopelo: crítica a la sociedad y sus valores, calentamiento global y deforestación desmedida, caza deportiva, sentimiento de pérdida y, en algunas ocasiones, sobre todo en sus últimos trabajos, un fuerte sentimiento antibelicista como se puede ver en El castillo ambulante (2004) o en El viento se levanta (2013). La magia es un método de escape válido para todas las edades, para todas las culturas y, por supuesto, para todas las ideologías. El mundo es un lugar oscuro en el que muy a menudo, y en nuestros días puede que aún más, ocurren cosas de todo menos agradables. Es entonces donde los vastos páramos que son el imaginario de Miyazaki conforman un método muy recomendable para evadirse de la realidad, dejarse llevar por la fantasía y sumergirse en la imaginación de un maestro. Y es que aunque nos digan que no es cierto, soñando también se vive.


Artículo perteneciente a la serie: ANIME   



Texto de Diego García Miño | © laCiclotimia.com | 5 septiembre, 2021



Texto de Diego García Miño
© laCiclotimia.com | 5 septiembre, 2021

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