Memorias de un hombre invisible
| O cómo ser transparente en la sociedad de la imagen

Chevy Chase protagoniza una de las obras más atípicas de Carpenter, donde faltan muchas de las marcas distintivas de su director pero que finalmente logra aportar la suficiente ternura, diversión e ingenio como para rescatar un mensaje más bien pobre.

Teniendo en cuenta la extensa filmografía de un director como John Carpenter, es adecuado esperar que más de una de sus entradas en tan vasta obra deje que desear, o al menos nos deje un poco confusos. Hay muchas razones que pueden explicar las claves que hacen un tanto atípica Memorias de un hombre imposible (1992), la producción con la que Carpenter siguió su formidable sátira Están vivos (1988), dos películas que por cierto guardan un contraste muy marcado. Y aunque aquí tenemos a Carpenter a los mandos de la dirección, es importante señalar que, al contrario que en la mayoría de sus películas, no es él quien firma el guion. Lo curioso es que el manuscrito original de Memorias de un hombre imposible estaba firmado nada más y nada menos que por William Goldman, que cuenta con la autoría de guiones de películas como Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969) o Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976), por nombrar solo dos. Pero Chevy Chase, interesado en el proyecto, no estaba contento con la reimaginación particular de Goldman de la inspiración fundamental de esta historia, que recordemos que es el clásico de Universal El hombre invisible (James Whale, 1933), película basada a su vez en una novela de H. G. Wells. No sabemos cuánto de la desviación de la película con respecto al material que homenajea ni su recaída en un humor y un tono un tanto absurdo e ingenuo se debe a la reescritura que Chase contrató, pero la realidad es que, con casi total seguridad, la participación del famoso cómico en el proyecto determina gran parte de sus debilidades. La realidad es que Chevy Chase difícilmente ha logrado el éxito en el cine más allá de películas que reproducen el humor absurdo y alocado de los sketches de Saturday Night Live que le establecieron como un cómico de fama mundial. La buena noticia es que es posible reducir la mayoría de los tropiezos de la película a las ocurrencias de Chase delante y detrás de las cámaras y, si bien su implicación no es poca, al menos deja espacio para que se deje ver una película inofensiva y en ocasiones tierna.

El planteamiento y el mensaje de Memorias de un hombre invisible es seguramente lo más confuso en comparación con el resto de la obra de Carpenter. Es realmente extraño que el director pasara de una sátira mordaz contra el consumismo y el elitismo de los yuppies (acrónimo de «young urban professional», la nueva clase emergente de jóvenes ricos estadounidenses elevada por la economía financiera), donde los representa como cadavéricos alienígenas que merecen ser exterminados a escopetazos, a una fábula ingenua sobre uno de estos jóvenes exitosos que necesita una cura de humildad para renunciar a su visión superficial y materialista del mundo. Es el caso de Nick Holloway, interpretado por Chevy Chase, quien al sufrir el resultado inesperado de un torpe accidente científico, se vuelve enteramente translúcido, teniendo que enfrentarse por lo tanto a la forma en la que su vida y su identidad personal están asentadas en su imagen. Un mensaje de «ricos superficiales descubriendo el sentido profundo de la vida» similar a su contemporánea y desvergonzadamente moralista El rey pescador (Terry Gilliam, 1991). Podríamos decir que tanta tontería no vendría a ser cortada de raíz hasta que American Psycho (Mary Harron, 1999) nos vino a demostrar que la superficialidad de la vida de los yuppies era consustancial a su existencia y que no era posible su redención, y más que soñar con su mágica conversión moral todo lo que merecían era nuestra fascinación por su individualismo asesino y caníbal, de no ser porque el propio Carpenter ya parecía tener esto claro con Están vivos.

Las escenas entre Chase y Hannah, sin duda las más originales y extrañas del film, acaban siendo de forma poco esperable sus momentos más interesantes.

Lo bueno de Memorias de un hombre invisible es que, quitando un poco un mensaje y unas claves narrativas que no han envejecido nada bien, la película tiene sus espacios donde resulta más entretenida y divertida. Es posible que no explore en profundidad todas las posibilidades de su premisa, pero la realidad es que algunos de los gags que plantea en torno a la invisibilidad de Holloway, junto con más de una decisión acertada de cómo rodar a un protagonista invisible, la hacen en ocasiones muy aguda y directamente hilarante. El film también tiene a su favor las interpretaciones de sus actores secundarios. Sam Neill es sin lugar a dudas el que hace un mejor trabajo, precisamente quizá porque su personaje, si bien con los matices y las sutilezas perversas que nos presenta Neill cuando encarna el papel del antagonista, está inserto en una subtrama ridícula de agentes de la CIA con gafas térmicas feísimas y abrigos enormes persiguiendo prendas de ropa flotante por las calles de San Francisco, sin duda lo más inverosímil de una película donde un tipo se vuelve invisible. Sin embargo, Neill nos recuerda por qué es un actor tan reconocido y admirado y eleva a su personaje no al mismo nivel, pero a uno cercano, de todas las interpretaciones emblemáticas que firmó en los años 90, entre las que destaca su colaboración con Carpenter en la siguiente película del director, En la boca del miedo (1994). Otra sorpresa feliz es Daryl Hannah, quien se logra imponer al papel de interés romántico, o podríamos decir directamente sexual, del protagonista. Al final Hannah encarna a un personaje mucho más profundo e interesante de lo que podría haber sido, protagonizando junto con Chase, en los compases intermedios de la película, alguna de las escenas más íntimas y enternecedoras, donde ambos logran por un momento rozar el fascinante doble cariz a la vez ridículo y sobrecogedor de toda la situación.

Tiene la suficiente autoconciencia irónica como para que se eleve sobre muchas de sus contemporáneas.

Como en estas escenas entre Hannah y Chase, cuando la película se toma menos en serio es cuanto más efectiva resulta. Esto no significa que Memorias de un hombre invisible sea solo disfrutable si se ve con una actitud irónica, aunque esta sin duda nos ayudará en sus momentos más ofensivos y patéticos, de los que no hay pocos. Por el contrario, no es de extrañar que cuanto más seria quiera presentarse como fábula moral sobre la posibilidad de redención de los ricos, más estúpida resulta, y cuando toma su faceta absurda y explota con mejores resultados la ridiculez inherente a toda su trama, es cuando más brilla. Es el caso de la escena final del film, donde uno no puede hacer más que reírse de lo chorra y tonto de su idealismo, pero se reirá mucho. Ello tampoco quiere decir que Carpenter haya dejado de interesarse por la calidad técnica de la propia película, algo que es evidente que sí se toma muy en serio, gracias a una serie de efectos prácticos bien logrados e integrados en la narrativa. Sin embargo es especialmente notable, como ocurre como casi cualquiera de sus películas en la que este es el caso, que no compone la banda sonora, quizás la marca más distintiva y reconocible de su cine.

Sam Neill, como siempre, firma una interpretación formidable.

Por estas razones y por muchas otras no cabe duda de que Memorias de un hombre invisible es una de las obras más atípicas de Carpenter, y sin ser necesariamente la más floja, sí que es de las menos reseñables. No es solo la banda sonora lo que nos falta: también estamos muy lejos de la imaginación fantástica que el director despliega en sus producciones de ciencia ficción de los ochenta, así como de su humor más mordaz y crudo, de su predilección por la violencia gráfica y sus constantes homenajes a lo más burdo y también lo más épico de la serie B y el cine de género. Con todo, tampoco estamos ante una película enteramente desdeñable, y las genialidades del director reaparecen aquí y allá para hacer de este film quizá más que una curiosidad, sino tampoco demasiado más. Aunque su mensaje resulta confuso y ha envejecido mal, la realidad es que la película tiene la suficiente autoconciencia irónica como para que se eleve sobre muchas de sus contemporáneas. Y si bien la implicación de Chevy Chase es quizás el aspecto más desafortunado del film, hay que admitir que el actor protagoniza más de un chiste visual genuinamente gracioso, lo cual en el fondo apunta precisamente a cómo Chase nunca alcanzó a hacer despegar su carrera en el ámbito dramático y cómo, se quiera o no, siempre ha brillado más con el humor absurdo y descontextualizado. Neill y Hannah hacen del resto una experiencia más entretenida de lo que tendría que haber sido.

Con todo es muy probable que esta sea de las últimas obras que nos recuerden a su director, que no tenga nada que ver con el tono siniestro y genial de la película de 1933 y seguramente su contenido no haga más que envejecer a peor, pero estas quizás no sean más que cuestiones de contexto que, atendiendo a la película en sí, podremos obviar si lo que buscamos no es más que una producción de género con un poco de humor e ingenuidad. Si uno se fija en la genialidad a la que en ocasiones llegan algunos de sus gags, como uno en concreto que involucra a un taxi, nos hacen pensar que precisamente el formato que la película podría haber sido perfectamente una serie de sketches al uso de una spoof comedy. Pero tampoco sería adecuado condenar al film de esta manera, pues la realidad es que en ocasiones alcanza, por momentos, escenas de verdadera dulzura y compasión que la vuelven, si bien inofensiva, una película optimista y divertida. Quizás no sea lo que necesitamos, pero sería cínico decir que Memorias de un hombre invisible erra por completo el tiro.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 28 junio, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
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