Mediterráneo
| El silencio de Europa

Marcel Barrena dirige una historia basada en hechos reales sobre el fundador de Open Arms, Óscar Camps. Sobrecogedora cinta de la crisis de refugiados sirios en Grecia que, dentro de su carácter humanitario, se muestra muy escueta a la hora de politizar.

Es apreciable como el drama de la inmigración ha sido un tema recurrente dentro del cine nacional. Es así que tenemos los primeros coletazos (en forma de despropósito) de lo que fue Bwana (Imanol Uribe, 1996) a mediados de los noventa. Una obra que, a fecha de hoy, sería comprensiblemente ofensiva para el público, porque es imborrable ese plano en la playa de Andrés Pajares con su familia huyendo de un moribundo inmigrante. Quizá como una sátira, Uribe intentó reflejar lo cercano que nos quedaba este mundo de horrores y el choque inmoral que se producían con las creencias xenófobas y racistas de la época. Es decir, una cinta cuestionable en cuanto a moralidad, pero indudablemente abismal en forma de sátira y crítica hacia los prejuicios del espectador. Un contraste bastante peliagudo que tomó ese riesgo esperpéntico, y pese a las malas críticas que le llovieron en su momento, algunos creemos que ha envejecido como un retrato que nadie quiere mirar por no sacar lo peor de ellos.

Ahora bien, hablemos de Mediterráneo (2021) de Marcel Barrena y del punto al que se suscribe su forma de entender la crisis de refugiados. Este retrato en forma de biopic nos cuenta la historia de Óscar Camps, un socorrista catalán que en el año 2015 y tras ver las sobrecogedoras imágenes del niño Aylan Kurdi, decidió emprender un viaje a la playa de Lesbos para ayudar a las personas dejadas a su suerte en mitad del mar Mediterráneo. Una historia verídica, que podría parecer escrita como la epopeya de un ciudadano que emprendió esa travesía que muy pocos se arriesgan a tomar, pero que no encuentra el término medio entre lo documentalista y su conversión en lo ficticio. A grandes rasgos podríamos mencionar que dentro de este largometraje se encuentra todo el humanitarismo que desprenden solo algunas pocas personas, pero cabe mencionar que dentro de esas «pocas» no se aprecian bien los grises morales, si no que más bien destacan los claros y oscuros, los dos lados de una balanza que no se equilibra. No vamos a profundizar mucho más en esto, pero creemos y entendemos que hay formas de señalar a la gente en sus butacas, y dentro de la forma en la que lo hizo Uribe en 1996 y la forma en la que lo hace esta, pensamos que el camino de la concienciación no es el más acorde.

Eso sí, no vamos a negar lo necesario y absolutamente rompedor que es este largometraje a la hora de poner en el foco de atención lo que se debe poner en el foco de atención: la historia de Óscar Camps es un relato que debería estar en todos los libros de texto. La valentía de una persona y su pequeña empresa de socorrismo catalana, quien se lanzó al mar con el fin de salvar vidas humanas, cruzando de punta a punta toda Europa, y que terminó por convertirse en el líder de uno de los movimientos humanitarios más importantes en la actualidad. Sin duda alguna de los resquicios de Lesbos encontramos muy poca visibilidad dentro de los medios de comunicación más allá del caso de Aylan, así que cuando alguien dice que a día de hoy personas siguen atravesando, en unas condiciones pésimas, el estrecho entre Turquía y Grecia, es de absoluta perplejidad. Así que quizá en términos de sensibilización el filme no tenga mayores giros, pero en cuanto a relato documentalista es un filón a la hora de poner la cámara en forma de prismáticos, para acercarnos más a lo que nos parece tan lejos.

Quizá en términos de sensibilización el filme no tenga mayores giros, pero en cuanto a relato documentalista es un filón a la hora de poner la cámara en forma de prismáticos, para acercarnos más a lo que nos parece tan lejos.

Un ejercicio de cámara que consolida el gran trabajo dentro de la fotografía a cargo de Kiko de la Rica. En una película así abundan, como es lógico, los planos aéreos. Las tomas de la isla de Lesbos desde arriba son impresionantes, cómo rebosan los parajes casi paradisíacos entre abundante vegetación y playas de aguas cristalinas: solo dan ganas de acudir a la preciosa isla griega. Pero dentro de esas vistas cenitales, también existe una horripilante realidad: la cámara pasa a acercarse al agua, a la tierra, se entrecruza entre planos picados desde dentro mar, a planos medios y primeros planos. Cuando la acción se sumerge, lo que pasan a ser movimientos de cámara pausados, se convierten en cambios y variaciones bruscas. Lo nadir muestra lo oculto dentro del mar Mediterráneo, la acción termina ahí y con ella el fin de su mensaje: «el mar Mediterráneo se está convirtiendo en una fosa común». Cita dicha por el mismo personaje de Gerard Canals, interpretado por Dani Rovira.

Hablando de Dani Rovira, tenemos que mencionar también el resultante y tan bien seleccionado reparto del largometraje. Si Rovira vuelve con Barrena tras su participación de éxito en 100 metros (Marcel Barrena, 2016), hay otros actores del nivel de Eduard Fernández, Sergi López o Anna Castillo que también se lucen dentro de la película y se estrenan con su director. Uno de los grandes aciertos es el papel de Óscar, interpretado por Eduard, que es el fiel reflejo de unos ojos que miran la realidad y que, como ya nos tiene acostumbrado el veterano actor, firma una de las interpretaciones del año. Sin duda, van a llover las nominaciones en los Goya con ella, y su preselección como candidata española a los Óscar la aúpan en todas las quinielas. Sobre todo apreciamos este gran trabajo común interpretativo ya que sacan oro de donde no lo hay. Porque lo que sí hay es una construcción de personajes muy pobre, que no ahonda en el pasado de cada uno y que termina por provocar una superficialidad obsoleta: no se conecta con la relación padre e hija, ni mucho menos se encaja el por qué de sus protagonistas, ni los motivos que los mueven. Así que sí, el acierto está en el reparto, porque rescatan lo insalvable. Y este espectro es el que retomamos de lo que decíamos más arriba: esta película tiene un excelente carácter cronístico, pero no es una correcta adaptación fílmica. Existen muchos agujeros de guion, la concordancia con los fundamentos de cada personaje es pobre y ya de por sí poco creíble. Es importante relatar los hechos, contar la verdad y ponerla sobre la mesa; pero una cosa es eso y otra hacer un producto audiovisual deshonesto y apolítico, que señala a muchos lugares, pero a ninguno en concreto. Es una película que va a saltos, que no produce una concatenación de imágenes, sino que más bien pega trozos de fragmentos desperdigados por la pantalla. Una historia que merece ser contada, pero no en la manera en la que se narra.




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Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 4 octubre, 2021
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Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 4 octubre, 2021

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