Marea alta
| La reina del alto castillo (de cristal)

La cineasta argentina Verónica Chen nos manipula en un hábil ejercicio de contagio de peligrosos miedos. Vivimos el de la mujer sola, vulnerable y aislada en un pulso contra otro verdadero cáncer: la aporofobia y el imperialismo indófobo.

Una mujer baila, sedada entre la ebriedad de la botella y de la música que la posee, totalmente despreocupada en su gigantesca casa transparente. De esas sin apenas muro: todo es cristal reluciente que exhibe con paradójico minimalismo el lujo acumulado por lo que ella reivindica como fruto de una carrera labrada con gran esfuerzo. Instalada en plena naturaleza salvaje, un paraíso que durante gran parte de la cinta se nos va a antojar como una malísima idea, como un aislamiento en la boca del lobo para una protagonista que desprende tanta fragilidad física como inseguridad y poca autoridad entre los obreros que le están construyendo la barbacoa en el exterior. El tratamiento de los paisajes diáfanos y con luces cálidas atenuadas en el hogar, destacando en las noches azuladas con un estilo tan de terror psicológico escandinavo, tan de Hereditary (Ari Aster, 2018), redondea el clima de tensión lúgubre en un emplazamiento hermoso, tropical y tan aparentemente aséptico. En cuanto a la fotografía, asemeja más la de un documental, por intensificar el realismo y la cotidianeidad de lo retratado. Se queda en esa textura de la escuela danesa del Dogma, con un tratamiento del bosque cercano al Vinterberg de La caza (Thomas Vinterberg, 2012).

La dueña y señora de la casa abre esta cinta ajena a sus miedos, decíamos. A su espalda, irrumpe un brutal hombre que le saca un metro a lo largo y a lo ancho. El porte de este alfa contrasta con la esbelta y pequeña figura de ella, temerosa pero trémula de atracción. La escena rezuma electricidad. De la sexual y de la chirriante, de la que enciende un foco gigantesco con letras de neón que gritan: «tía: ¿qué haces con la puerta abierta? ¡huye!». Las perlas que salen de la boca del excitado semental oscilan entre los torpes halagos —que engulle sin pensar la que se siente mayor y con pocas opciones de aventura ya— y comentarios más soeces y sádicos que enrarecen el clima y le cortan el rollo visiblemente a ella. Comentarios que a todas nos son familiares, con los que a todas nos han invadido los oídos en algún momento, fuera paseando por la calle o bailando a nuestro aire en un bar o en un concierto en el que un garrulo ha decidido adueñarse de nuestra danza, de nuestro momento de evasión individual en nuestra burbuja (etílica o no, quizá, simplemente, eufórica o de puro bienestar).

Ella se nos antoja un desvalido cervatillo en una ostentosa madriguera de cristal que no le va a servir de nada para protegerse, a merced de un hombre blanco heterosexual (no por casualidad el personaje se apellida Weissmann: «hombre blanco» en alemán) que responde al modelo caduco y tóxico del que se sabe al mando y que no acepta un no por respuesta. Que igual ni sabe aún lo que es un no, porque la genética y la geopolítica lo han puesto en el liderazgo, por encima de unos cuantos indios que le hacen el trabajo más agotador y sucio en la obra. Todo el trabajo, en realidad. Y por mucho que esta mujer en concreto esté en un escalafón económico superior, él huele la desesperación de quien empieza a dejar de encajar en el canon de belleza femenino, que extrema las exigencias en las clases altas. Porque las ricas no se pueden permitir ser feas y las viejas parece que no tienen derecho a amantes. Ahí encuentra el depredador la puerta abierta al control remoto desde el concubinato. En cualquier caso, ella está totalmente hipnotizada por el mito del empotrador.

La obra está impregnada de infinidad de sutilezas, reforzados por un elenco actoral verosímil.

Verónica Chen fue galardonada con el Premio Blood Window en Sitges 2020 a la Mejor Película Iberoamericana por su gran trabajo en Marea alta.

Toda esta atmósfera inicial es decisiva para encajar su vivencia entre los engranajes de nuestros miedos y aquellas sensaciones (y situaciones auténticas) de pérdida de poder que las mujeres vivimos y tememos. Detalle que, además, justifica sobradamente su inclusión en la 53 edición del festival de Sitges. Nos sitúa como compañeras del mismo viaje, a su lado, compartiendo sus temores y repulsiones (tal y como nos muestra la cineasta, como las gotas de orín de un extraño en la tapa de nuestro váter, vulnerando la sacrosanta higiene del recoveco más íntimo del hogar), pero también, y sin duda alguna, juzgando su falta de cautela, sus movimientos erróneos en sus ansias por sentirse respetada, si no temida. Semejante arranque empapa el resto de la cinta en una tensión tremenda, muy bien sostenida. Pero, ojo, porque ese vínculo con la mujer del castillo, la no carismática, pero aún poderosísima, está presto a ser roto. Porque procedemos a ver cómo entienden algunas el empoderamiento. Porque no vale todo para reclamar el debido respeto y tenemos que revisarnos los propios privilegios. Lo que aquí reclama Verónica Chen, muy sabiamente, con una sutileza magnífica, mientras nos conecta y desconecta de unos personajes para, de pronto, conectar nuestra solidaridad con otros, es que un empoderamiento femenino que se arma y justifica mediante el clasismo y la xenofobia, ni es feminismo ni es nada. Y a la par desprende un fuerte discurso en defensa del pueblo nativo que ha empapado muchas obras de autor norteamericanas antitrumpistas: jerárquicamente hablando, ni de lejos goza de los mismos privilegios la mujer blanca rica que cualquier persona —independientemente de su género— mientras esta sea racializada y pobre. Que el derecho a disfrutar del fruto del propio esfuerzo y trabajo es lícito, nadie lo niega; pero esta obra va a ir desmontando todo tipo de prejuicios: ¿es justa la remuneración de alguien que edita o produce el arte ajeno, y que encima lo hace con toda la pachorra del mundo, teniendo a la persona verdaderamente creativa constantemente a la espera? ¿Merece ese capataz el puesto de mando, cuando se nos muestra su nulo aporte como mano de obra hasta que llega el momento de reclamar el cobro? Según el filme de Verónica Chen, ese mérito recae sobre el hecho de ser un blanco al mando de los indios, explotándolos, lo que encarna, al final, un remanente de colonialismo estructural.

Home invasion, sí. ¿Pero quién invade a quién? En realidad, en esta obra, todos invaden a todos y todo ser humano está invadiendo la naturaleza, y se nos narra con un ritmo pausado y la naturalidad de lo que es cotidiano y no para de suceder a diario.  A los nativos se les está negando el disfrute de su propia tierra. El indio que se parte el lomo embelleciendo el palacio de la aristocracia, duerme en una tienda de campaña de las de peor gama. Y se le niega el lujo del cuarto de baño. Pero hasta ellos tienen a quien someter: a las prostitutas. El capataz-empotrador, paradójicamente, pese a generarle cierto miedo a la propietaria de la casa, pasa a ser cosificado en cuanto la rica corre a comentarlo con las mujeres de su círculo. Tanto mejor si aquellas son muchachas. Porque parece que la conquista, la confesión de un pecado insospechado por parte de una señora que experimenta el ocaso de su belleza y juventud, suma tantos puntos de empoderamiento al jactarse ante la niña bonita que la infidelidad pasa a un segundo plano. Y a la vez, es una manera de rebelarse a la dependencia económica del marido rico. Todos están, en cierto modo, prostituyéndose. Todos contaminados.

Hay un símil aparentemente anecdótico de gran poder simbólico durante una excursión de la protagonista al bosque: ella recoge piñas para decorar su palacio de cristal al estilo rústico-minimalista. Arrebata esas piñas a los árboles y a los animales autóctonos. De pronto, un pequeño roedor lanza un chillido, asustado, probablemente queriendo proteger su alimento y su casa. No es más que una inofensiva ardilla, pero el miedo de la humana invasora es implacable y letal. Ahí eclosiona la rabia de la que se siente desposeída de dominio sobre el grupo de peones, de esos hombres que no ven autoridad en la patrona en ausencia del marido, y menos cuando ha trascendido su promiscuidad, juzgada a todas horas. Toda esa carga visceral deriva en un ensañamiento con el frágil bichejo, poniendo el punto de mira en la desproporción de cómo se está reclamando autoridad al habitante primigenio y legítimo de ese ecosistema. La metáfora entra la agresión a la fauna y flora y la que ocurre sobre el pueblo nativo es clara. A su vez, es un elemento premonitorio de lo que está por acontecer. Y aún con ello, el desenlace es totalmente inesperado y con cierto guiño a Haneke. La pieza está impregnada de infinidad de sutilezas como esta del animalillo, reforzados por un elenco actoral verosímil, de lo más natural; mención especial a la dignidad y tensión contenida de Gloria Carrá resquebrajándose y fortificándose, y al irreverente personaje de Toto (con el actor Cristian Salguero adoptando el nombre del perrillo faldero de Dorothy, o quizá el del cómico italiano. O ambos). Todos esos matices constituyen pistas bien plantadas por el camino, que nos vienen a mostrar las diferentes jerarquías entre los seres humanos y cómo, irremediablemente, quien acaba tragándose la basura es la playa, el bosque: la naturaleza infestada de plástico y muerte. Y parece que eso nos repugna, como especie, bastante menos que esas gotitas de orina en la taza del váter, porque así es como nos marcamos el territorio.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO    SITGES FILM FESTIVAL 2020   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 10 junio, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 10 junio, 2021

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