Magical Girl
| El agujero del dónut

España, 2014 | Dirección: Carlos Vermut | Título original: Magical Girl | Género: Drama | Productora: Aquí y Allí Films, Televisión Española (TVE), Canal+ España, Sabre Producciones | Guion: Carlos Vermut | Fotografía: Santiago Racaj | Edición: Emma Tusell | Música: Daniel de Zayas | Reparto: Luis Bermejo, Bárbara Lennie, José Sacristán, Israel Elejalde, Lucía Pollán, Alberto Chaves, Teresa Soria Ruano, Miquel Insúa, Elisabet Gelabert, Javier Botet, Eva Llorach | Duración: 127 minutos | Festival de San Sebastián: Mejor película y mejor director (2014) | | Disponible en:  Filmin   | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

España, 2014 | Dirección: Carlos Vermut | Título original: Magical Girl | Género: Drama | Productora: Aquí y Allí Films, Televisión Española (TVE), Canal+ España, Sabre Producciones | Guion: Carlos Vermut | Fotografía: Santiago Racaj | Edición: Emma Tusell | Música: Daniel de Zayas | Reparto: Luis Bermejo, Bárbara Lennie, José Sacristán, Israel Elejalde, Lucía Pollán, Alberto Chaves, Teresa Soria Ruano, Miquel Insúa, Elisabet Gelabert, Javier Botet, Eva Llorach | Duración: 127 minutos | Festival de San Sebastián: Mejor película y mejor director (2014) | | Comprar Blu-ray | Comprar DVD

La segunda película de Carlos Vermut nos hace partícipes de su historia porque realmente habla de nuestra amarga naturaleza y de nuestras particularidades dentro de una nación abocada a una constante lucha de equilibrio entre razón e instinto.

Cuando a David Lynch le preguntaron acerca del proceso creativo de su famosa serie Twin Peaks (David Lynch, Mark Frost, 1990), él siempre la comparaba con un dónut. Explicaba que, si bien Mark Frost era el encargado de aportar el contexto y las tramas que hacían fluir la historia, algo así como «la masa del dónut», él mismo se ocupaba de crear las incógnitas y los misterios sin resolver de la serie, o sea, «el agujero del dónut». Y aunque los espectadores han suplicado constantemente por explicaciones un tanto más explícitas sobre su obra, Lynch siempre se ha negado a dar más «masa» al asunto, porque si lo hiciera, su serie, de forma paradójica, perdería su sentido. Al igual que si rellenásemos el agujero de un dónut dejaría de ser un dónut para pasar a ser tan solo un simple bollo.

Apenas quedan reposteros de talante tan atrevido como Lynch en este mundo cada vez más irritado por la falta de respuestas simples a preguntas complejas. Y decimos apenas porque por suerte se siguen dando las condiciones necesarias para que surjan artistas poco complacientes con su público, al que consideran suficientemente inteligente como para que desentrañe por sí solo la naturaleza de sus obras.

En España se dieron esas mismas condiciones hace muy poco, cuando Carlos Vermut y su Diamond Flash (2011) aparecieron en escena. Esa película, que solo pudo ver la luz de la pequeña pantalla tras ser financiada con el dinero que obtuvo su director por haber sido el creador de la serie infantil JellyJamm (Carlos Vermut, David Cantolla y Víctor M. López, 2011), ofrecía una historia de superhéroes alejada de la perspectiva apabullante y palomitera de los taquillazos que reinan en Hollywood hoy en día, planteándosenos sin embargo desde la sobriedad, la incomodidad y el desconcierto. Como los superhéroes, Vermut también tiene un origen inusual que explica su extraña naturaleza, y es que este director madrileño, que como la mayoría nunca se planteó su carrera en el mundo del cine, comenzó su andadura profesional como historietista e ilustrador de cómics. Su bagaje dentro del estudio de lo pictórico y la creación de imágenes le dio a entender, como al mismísimo Lynch muchos años atrás, la increíble capacidad de nuestro cerebro para captar información aun sin disponer de todas las partes de un conjunto. Lo que permite, por ejemplo, que en un retrato se pueda reconocer a la persona retratada sin necesidad de que en él estén trazados todos y cada uno de sus rasgos. Es esa magia de la intuición, una habilidad inconsciente que rellena los huecos de una obra, la que fascina a estos artistas, que prefieren por tanto sugerir antes que mostrar. Y teniendo esto en cuenta, no nos extraña que Magical Girl (2014), la segunda película de Carlos Vermut, comience precisamente con un hueco, un vacío, justo donde hace unos minutos parecía haber algo.

Como las buenas recetas, que recuerdan a quienes las confeccionan, Magical Girl nos hace partícipes de su historia porque realmente habla de nosotros mismos.

Siguiendo con la teoría antes formulada, diríamos que Magical Girl parte de esta «masa»: Alicia, una niña de 12 años con cáncer terminal, está obsesionada con la serie japonesa Magical Girl Yukiko. Luis, su padre, quiere cumplir el último deseo de su hija regalándole el vestido oficial de la protagonista de la serie. Para ello, no le quedará más remedio que chantajear a Bárbara, una joven de marcada inestabilidad mental cuyo turbio pasado la enlaza con Damián, su antiguo profesor de matemáticas que ahora intenta redimirse de sus actos.

Para empezar a moldear esto, Vermut tira de lo que mejor domina: la imagen. Y es que la narración de Magical Girl es primero y ante todo visual. Son las imágenes las encargadas de marcar el contexto en el que se desenvuelven los personajes, su carácter, sus inquietudes, los planes que urden y el destino al que están ligados. Hilar una historia utilizando fundamentalmente imágenes se supone que es la manera de visualizar una película a la que estamos acostumbrados, aunque realmente no siempre es así. Simplemente porque hay imágenes e imágenes, y en función de su calidad, como todo, se les otorga mayor o menor peso narrativo.

Las imágenes que construye Vermut tienen la capacidad de hablar por sí solas ya que, por ejemplo, cuentan con una composición bien estudiada y significativa que permite al espectador comprender, aunque sea de manera inconsciente, el estatus de un personaje con respecto a otro o los elementos que los que distancian en una relación. También estas imágenes atañen a la empatía del espectador haciendo hincapié simplemente en la expresividad de sus intérpretes, dedicando así gran parte del metraje a mostrar rostros reaccionando a distintos contextos. Y cuidan el diseño y la vestimenta de los personajes para otorgarles una identidad mediante el color que visten, o incluso para diferenciar distintas actitudes ante la vida simplemente con la cantidad de prendas que calzan. Se diría que este manejo de la imagen, que llega a recordar a la estructuración propia de la novela gráfica, no necesita de muchos elementos sonoros para transmitir su mensaje. Pero Vermut, que sabe que está haciendo una película, utiliza el sonido de forma que consiga realzar las imágenes que previamente ha construido. Así, los diálogos, que suelen ser la forma universal de transmitir información en una película, aquí están relegados a ser pinceladas puntuales, de carácter escueto y directo, que contribuyen a definir el tono de los personajes o de su ambiente. Lo cual ralla en muchos espectadores, que tachan estos diálogos de parsimoniosos o poco naturales, cuando precisamente estos dotan a la narración de un realismo muy honesto. Pasa lo mismo con su constante uso del silencio, que puede estar tan presente en la película como en la vida de cualquiera, pero que al verlo prologarse en una pantalla nos resulta paradójicamente antinatural. De cualquier modo, este falso silencio que en realidad es un trabajadísimo sonido ambiente, solo potencia la presencia de las piezas musicales magníficamente seleccionadas para asociarlas inevitablemente a momentos concretos así como a determinados personajes.

Aunque «definidos» tal vez no sea la palabra que describe exactamente a los protagonistas de Magical Girl. De hecho, al espectador no se les conceden todos y cada uno de los detalles sobre la historia de estas figuras durante la narración. Algo de lo que es plenamente consciente su director, que prefiere ofrecer auras concretas, tan marcadas como un color primario, alrededor de sus personajes. Parece lógico pues que esta historia esté dividida en 3 partes, MUNDO – DEMONIO – CARNE, cada una centrada en uno de ellos: Luis, ese padre triste, humilde y desesperado, exprofesor de literatura, es imposible de definir si no es a través de su MUNDO, en el que todas las miradas desconfían y el arte se valora en función de su peso. Bárbara, tachada por sus semejantes de DEMONIO, deja a su paso una negra impresión de inestabilidad y de represión hasta tal punto que, aunque las oculte, se llega a palpar su naturaleza mental y física hecha añicos. Algo similar le ocurre a Damián, cuya construcción de unas sanas y pulcras apariencias están a una única pieza de formar la imagen correcta. Alguien completamente al límite, donde la CARNE suele ser débil.

Estas precisas pinceladas sobre las historias de estos seres dejan entre ellas una serie de vacíos inquietantes que ofrecen la oportunidad única tanto para el intérprete que les da vida como para el espectador, de ser rellenados con nuestras propias suposiciones y experiencias. Transformando esta obra, que en un principio solo pertenecía a su autor, en algo nuestro.

Como las buenas recetas, que recuerdan a quienes las confeccionan, Magical Girl nos hace partícipes de su historia porque realmente habla de nosotros mismos. Una buena rosca, o dónut a la española, donde la masa sabe a nuestra amarga naturaleza y a nuestras particularidades dentro de una nación abocada a una constante lucha de equilibrio entre la razón y el instinto. Ese eterno conflicto patrio que solo se hace plenamente presente en aquellas situaciones que descuadran nuestras cuentas y que rozan aquellos bordes que nunca pensamos que pudieran existir y mucho menos cruzar. Situaciones abrumadoras, misteriosas, pero también sorprendentes, únicas. Como la sangre vertida por amor. Como el objeto que desaparece de las manos de un mago. O como el agujero del dónut.




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Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 6 enero, 2021
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Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 6 enero, 2021

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