Madres paralelas
| El silencio de todos

Un Almodóvar que nos tiene acostumbrados a un cine ácido e indirecto como forma de protesta se rasga las vestiduras en su nuevo largometraje para mostrar la denuncia directa de su obra. Historias paralelas que desembocan en la memoria de todas y todos.

Saber que vivimos en el presente es algo que tenemos claro casi todos. Tanto, que nuestra percepción se inunda de presente y, la mayoría de las veces, sólo retrocedemos o avanzamos para tomar lo que queremos de momentos puntuales en nuestra línea de tiempo. Es así que, al hablar del nuevo largometraje del ganador de dos estatuillas de la Academia, Pedro Almodóvar, nos referimos a esos momentos que parecen disolverse con el aquí y el ahora. En  el documental producido por la productora de la familia AlmodóvarEl Deseo—: El silencio de otros (Almudena CarracedoRobert Bahar, 2018) se encuentra el primer raíl que intenta recordar algunos de esos momentos puntuales en la historia. Es imborrable la imagen de María Martín sentada en la calzada, mirando el lugar de la cuneta de su padre y el silencio acompasado por los coches que pasan a toda velocidad. Ese encogimiento que sufrimos todos con la simple imagen de alguien que mira triste la tierra, esa pena que sentimos al ver a esa mujer enlutada desde tiempos inmemoriales, ese momento en el que se nos hace el nudo en la garganta. Todo ello es la primera mecha que da lugar al recuerdo, que nos invade de pasado y nos aparta un poco de la realidad del ahora. Porque España está llena de pasado, aunque muchos no lo quieran ver.

En Madres paralelas (Pedro Almodóvar, 2021) nos topamos con el siguiente camino. Una vía que toma el testigo del silencio de 2018 y que habla del silencio en 2021, sosteniendo su impasibilidad. JanisPenélopez Cruz— es una fotógrafa de éxito que busca ansiadamente la fosa común de su bisabuelo. Con la ayuda de su amigo ArturoIsrael Elejalde—, experto en excavaciones, intentarán encontrarlo en su pueblo natal. Pero las cosas se tuercen y lo que pasaba por ser un drama social, se convierte de repente en un drama familiar. Janis se queda embarazada y antes de dar a luz, conoce a AnaMilena Smit—, una joven también en cinta que recibe la maternidad de una manera muy distinta a ella. La estrecha relación entre ambas mujeres, con sus respectivos pasados y sus dudas futuras las llevaran a urgir un estrecho lazo de amistad que, sin saberlo, producirá un cambio radical en sus vidas. Como apreciamos en esta primera lectura de la sinopsis, Almodóvar abre un sendero dentro de su filme, que pasa de ser una sola ruta arquetípica —como nos tiene acostumbrado en la singularidad de su cine— a varias sendas que rozan lo antitramático. Madres paralelas es el nexo de muchas lineas no tangentes, en la que cada una sigue su camino sin tocarse, pero acaban por confluir en el mismo punto.

El nudo vital del largometraje se produce cuando los personajes de Milena Smit y Penélope Cruz se cruzan.

En primer lugar, habría que hablar de sus semejanzas y sus diferencias con otros largometrajes de la filmografía de Pedro. Mientras que en la antítesis de esta cinta: Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, 2019) se nos narra una historia autobiográfica, donde impera más el texto que habla de una experiencia concreta, individual y específica. En su semejante: Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002) encontramos un relato dividido, donde las experiencias comunes imperan sobre los hechos individuales. Sucesos compartidos que nacen de temáticas ya más que visitadas por Almodóvar en su cine. Desde la denuncia social, se tocan temas como son la  maternidad, la identidad y la orientación sexual; las nuevas estructuras familiares y otros puntos recurrentes sobre colectivos oprimidos que llevan apareciendo y desapareciendo de su cine desde la Movida Madrileña. Eso sí, desde un punto más actual, siendo consciente del presente, algo que ya sabemos que nos es fácil. Pero hay algo más innovador en todo esto, siendo el punto de diferenciación a todo lo anterior y más allá de adaptarse a los tiempos que corren. Al igual que en 2018, se recurre en este largometraje a mencionar el recuerdo como principal bastión. La memoria histórica pasa a ser el foco de Pedro, que pareciendo recordar a María Martín apoyada en el quitamiedos, saca a relucir toda su artillería política.

Desde joven, el cineasta ha proclamado su arte como solo eso y ha reiterado en varias ocasiones su sesgo con muchas luchas e ideologías políticas. Pero otro Pedro, de ya una madurez encomiable, expresa su cambio en una de las fantásticas líneas del personaje interpretado por la fabulosa Aitana Sánchez-Gijón: «Yo soy apolítica, mi trabajo es conquistar a todo el mundo». Se aprecia en sus palabras cierta ironía, ciertos aires de sarcasmo que se convierten en un filón para criticar completamente a todo lo opuesto a lo que significa Madres paralelas. Porque no será un film completamente virado a un lado u otro del ideario, pero sí es una obra cargada de denuncia política ante una injusticia, una injusticia silenciada por más de 80 años. Almodóvar no pretende conquistar a nadie, si no acudir a todos. Pasamos de su ácida y picaresca rebeldía ante un sistema opresor, a una crítica responsable, madura y consciente de un hecho común, que nos afecta a cada uno de nosotros. Una parte del olvido de un país, que como enuncia Janis: «Ya es hora de que te enteres en qué país vives». Un giro de 360º en la filmografía almodovariana.

Todo confluye en la memoria. Todos sus personajes, pese a sus diferencias, están aunados bajo el manto de una herida que no se cierra.

Sí es cierto, que pese a esta modificación tan desarraigada de la poca implicación explícita que tenían otras de sus obras, el mundo cinematográfico y visual de Almodóvar sigue siendo el mismo. El encargado de la fotografía continúa siendo su compañero fiel José Luis Alcaine y el diseño de producción sigue estando en manos de Vicent Díaz. Junto a esta pareja incansable de escuderos, el director manchego pone una tonalidad dispar en sus dos personajes centrales: Janis y Ana. Abunda el intercambio de dos colores a lo largo de toda la proyección. El amarillo se entrecruza con el verde durante la interacción de ambas madres. Vemos como en un principio el amarillo y los colores vivaces se anexan al personaje de Penélope, mientras que las tonalidades verdosas y los colores fríos se unen a Milena, en su etapa de más desconcierto. Posteriormente, este devenir varía y, los colores que en un momento fueron parte de Janis, pasan a ser parte de la personalidad de Ana —como el cambio de un color de pelo negro, a uno más rubio, o la modificación de vestimenta a rojos y colores encendidos— mientras que Janis recíprocamente recibe lo que caracterizaba a la joven —colores más apagados en su vestimenta, el negro comienza a inundarla—. Por su lado, la fotografía complementa esto con su selección de planos. Como todo el cine de Almodóvar, la acción está frente a sus personajes y muy cerca de ellos, ya sean interacciones que se dan en exteriores como en interiores. La cámara es un espejo en el que sus protagonistas se logran ver, a veces, y desde el que los espectadores perciben hasta los poros más reconditos de su ser. En este caso todo sigue inamovible.

Y no es difícil sostener todo esto, porque ayudan en gran medida las interpretaciones de una recientemente premiada Penélope Cruz, cuyos primerísimos planos son dignos de museos. Además, los secundarios también se defienden con uñas y dientes. En el caso de Elejalde, apreciamos el confidente perfecto para Cruz, el único personaje varón que encontramos en la película. Aunque las luces están sobre la revelación joven del cine español en 2020, cuyo segundo largometraje la ha convertido velozmente en otra chica Almodóvar. La carrera de Milena Smit va viento en popa y es que con sus dos únicos largometrajes, y con tan solo veinticinco años, esta actriz ilicitana ya atesora bajo su haber una nominación a los premios Goya. Una deslumbrante interpretación joven, que ayuda a Penélope a deslumbrar y que sin ella nada sería lo mismo. El otro pilar de Madres paralelas. Pilares que se sustentan sobre contornos, contornos que delinean bloques, figuras y caminos.

Madres paralelas es la reivindicación de lo que nunca se nos debe olvidar y lo que todavía sigue.

Esos caminos a los que volvemos ahora para hablar de esta carta política lanzada por Almodóvar sin ningún tipo de tapujos. Quizás una de las películas más desconcertantes narrativamente hablando del cineasta, tanto por su carácter inconcluso a nivel general —porque muchas cosas parecen estar inacabadas— y cuya estructura se permite tanto saltar al pasado en pleno presente, como introducir aspectos simbólicos de forma manifiesta. Modificaciones palpables dentro de su cine, que vienen con un cambio personal en su forma de ver la realidad. Y todo naciendo del primer carril que se abrió en 2018 con El silencio de otros. Almodóvar traza las sendas paralelas que cruzan kilómetros y kilómetros de la península ibérica. Se delinean los arcenes de las carreteras, se atraviesan calzadas y terrizos hasta llegar a las fosas y las cunetas. El silencio pasa a inundar la última escena del filme, donde todas las generaciones de abuelas, madres e hijas confluyen perpendicularmente. El silencio es el de las hijas huérfanas como María, el de las nietas que ya son madres, el de las bisnietas que viven hoy el presente de una juventud y el de los niños y niñas a quienes sepultaron bajo metros de tierra. El silencio le pertenece a España y sus instituciones parecen trazar líneas paralelas en torno a la memoria y el dolor. Nadie cruza esa delgada trayectoria de la justicia y Pedro Almodóvar responde con que este silencio nos pertenece a todos, dejando una sensación inconclusa en todo momento, porque esto aún no ha terminado. Madres paralelas es la reivindicación de lo que nunca se nos debe olvidar y lo que todavía sigue.




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Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 9 octubre, 2021
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Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 9 octubre, 2021

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