Macbeth
| El dolor de la pérdida y la soledad de la ambición

Tras las nieblas de Kurosawa, el estilo violento de Polanski y el clasicismo teatral de Welles o Kenneth Branagh, en el año 2015 llegó a los cines una nueva adaptación de «Macbeth», una versión autoral, clásica y contemporánea del director Justin Kurzel.

El cuerpo de un niño, inerte, frío. Tiene el alma perdida, sin vida. Dos rostros, el de un hombre y una mujer, observan como el pequeño esta apagado, quieto. Su sonrisa ha dejado de brillar y ahora, sobre la tierra y rodeado de piedras está listo para emprender el último viaje habiendo vivido una vida cuya intensidad no superó la de un pestañeo. De fondo, en la penumbra y bajo las montañas de una Escocia fría y distante, cuatro perfiles femeninos. El tormento de la pena y el dolor acechan aquellos rostros, ahora despojados del niño que hizo de ellos padre y madre. Son Macbeth y Lady Macbeth, personajes en un mundo oscuro, cruel y bélico cargado de terror y violencia, un lugar donde solo con la ambición se puede llenar el vacío que deja la partida de un hijo. Tal y como dijeron en su momento en la serie de televisión A dos metros bajo tierra (Alan Ball, 2001), «no existe palabra que defina la perdida de un hijo». Ese dolor ni siquiera cabe en el infinito vocabulario de alguien como William Shakespeare.

Así comienza la adaptación del director Justin Kurzel de la obra teatral Macbeth, una historia que cuenta una de las tragedias más importantes de la literatura, aquella que narra la vida y muerte del soldado y futuro rey, Macbeth junto a su amada Lady Macbeth en una obra que marcó un antes y un después en la historia de la escritura y que supuso la obsesión de muchos directores, como Orson Welles, y su constante presencia durante largos años en el séptimo arte.

Shakespeare es, por decirlo de una forma superflua y sencilla, autor de autores. A estas alturas definir a un creador de tal renombre resulta hasta ridículo, alguien cuyo típico nombre —William— no hace sombra a su más bien atípica vida. Su obra, ingente y mil veces interpretada en prácticamente todas las expresiones artísticas, habla sobre el amor, el dolor, la traición, la corrupción, la ambición, la mitología, etc. La universalidad de todos estos amplios temas esta sustentada en el pilar fundamental de la obra de Shakespeare: el ser humano.

La caída de Macbeth a manos de Macduff, una imagen sobre la futilidad de la venganza.

Muchos han sido los directores que han querido dar alma, estilo y presencia a las obras de Shakespeare. Macbeth (Orson Welles, 1948) es un claro ejemplo de ello, una cinta donde la cámara jugaba un papel secundario y los actores lucían interpretaciones marcadas y muy gestuales que daban a entender una interpretación teatral y de calidad impostada, en un ejercicio visual que en ocasiones pecaba de ambición y egocentrismo. En esa misma línea, con vestuarios ostentosos y carnavalescos, Polanski realizó una versión más violenta y europea de Macbeth en el año 1971, siguiendo con la atmósfera de aquella época y las formas cinematográficas. Sin embargo y sin prácticamente dudarlo, a la hora de hablar de Shakespeare hay que remarcar la relación directa con el cine de Akira Kurosawa, más concretamente su versión de Macbeth en la película Trono de Sangre de 1957, uno de sus mejores filmes y para muchos la mejor adaptación de dicha obra.

Adaptar, un verbo que comprende un sinfín de posibilidades fílmicas pero que también constituye una fuente ingente de críticas negativas o despreciativas que, en un intento de ensalzar la obra original y querer situarla en lo alto de un limbo imaginario y algo pedante, se dejan de lado las películas que, con intención autoral y estilo, juegan con la modernidad o las nuevas formas cinematográficas para dar cuerpo y alma a una película como la de Justin Kurzel, que respira con el espíritu de la prosa de Shakespeare pero también revelando las intenciones del director y su forma de comprender Macbeth o incluso la traslación de su discurso a la actualidad.

Para no romper las dinámicas de la obra original, Kurzel restaura la escritura de Shakespeare y la traslada a la pantalla con personalidad, estilo y cierta actitud cautelosa y elegante.

En el rodaje, utilizando iluminación natural y efectos especiales manuales posteriormente modificados para crear una atmosfera oscura y nublada.

Grandes nombres del séptimo arte acompañan la obra del escritor inglés y las adaptaciones, a lo largo de los años, han cambiado o más bien madurado y en algunos casos han rehuido de la necesidad, aparentemente impuesta, de respetar al milímetro cada diálogo, interpretación o acotación. Es el caso del cine de Kenneth Branagh que pese a tener una personalidad nueva y de finales de los ochenta sigue la estela formal de Orson Welles aunque sin los ataques de egocentrismo. Una filmografía que sin duda sirvió e influyó a Branagh para dirigir en 2011 la primera película de Thor, proyecto que en un su día abandono el cineasta Sam Raimi.

Los universos cinematográficos shakespeariano viajan entre la formalidad y la originalidad de la mirada de un director/a que conoce y respeta la lengua y forma original de la obra pero también la suya propia para realizar un ejercicio de espejismo cultural, como el caso de Akira Kurosawa con el filme ya nombrado o Los canallas duermen en paz (1960), una versión de Hamlet donde Dinamarca es el Tokio del siglo XX y cuya historia la protagoniza un asalariado que investiga quién asesinó a su padre mostrando un análisis del Japón de la posguerra con tintes de cine noir. Lo mismo ocurre con una de las mejores películas de Welles, Campanadas a medianoche (1965) basada en la obra Henry IV pero con tintes satíricos y políticos que pese a respetar en gran mayoría a Shakespeare no deja de ser un reflejo del fin de una etapa de Hollywood. O también la firma de Baz Luhrmann en la atemporal Romeo + Julieta de William Shakespeare (1996) que, para muchos odiada, consigue dar rienda suelta a su universo; y en este sentido, pese a no ser una adaptación per se, una de las joyas del cine independiente: Mi Idaho privado (Gus Van Sant, 1991) que también representa un refrito de elementos de Enrique IV y Enrique V solo que en una desolada y atmosférica Portland.

Localizaciones frías y solitarios de una Escocia sin cromas.

Toda esta filmografía shakespeariana, y mucho más, constituye un mapa creativo que lleva siempre en la mano el respeto, la autoría y la interpretación textual. En ocasiones, unos ingredientes se repiten más que otros pero, en definitiva, crean un universo único e histórico que tiene como pilar al escritor inglés. Dicho viaje a través de películas conforman el pasado de esta tipología de cine, una tiempo del que últimamente renegamos, y da luz a una versión de Macbeth única que consigue aglomerar todos estos estilos cinematográficos en una cinta. Una película que no podría existir de no ser por Welles, Kurosawa, Polanski, Branagh, Luhrmann o incluso Mankiewicz y que pese a reconocer sus ancestros se alza como una obra digna de formar parte de ese imaginario colectivo de amor y obsesión respecto a la obra original del autor de autores.

Kurzel restaura la escritura de Shakespeare y la traslada a la pantalla con personalidad, estilo y cierta actitud cautelosa y elegante para no romper las dinámicas de la obra original, empezando por la narración y los diálogos que en el filme tienen una resonancia e interpretación teatrales que conectan directamente con la geografía y esencia de la representación teatral. Además, uno de los aspectos más relevantes de la adaptación de Kurzel tiene que ver directamente con la relación entre Macbeth y Lady Macbeth y la identidad de cada uno. Macbeth, en el filme, se muestra como un héroe bélico, de gran portento físico que, tras una gran guerra, sufre estrés postraumático, tal y como lo define el director, un elemento que sin duda es el claro culpable de las alucinaciones que padece el condenado Macbeth durante el resto de la película. Con ello, el autor remarca la diferencia con la obra teatral, y su Macbeth (interpretado por Fassbender en la película) se muestra como un ser roto y corrompido por la vida de soldado que anhela llenar un vacío con el poder, la ambición y, por lógica, el ansiado trono. Dicho vacío lo comparte con Lady Macbeth, personificado en la actriz francesa Cotillard, una elección intencionada que aporta cierto exotismo a su personaje.

Ralentización y grandes planos generales para mostrar, en la lejanía, una violencia extrema sin necesidad de recurrir a una visualidad sanguinaria.

La realidad que sufren los personajes de Macbeth se asemeja a aquella que en su día inspiró el cine del Nuevo Hollywood durante finales de los 60 y siguientes: esa misma esencia se traslada en el filme de Kurzel. Una traslación moderna del Macbeth clásico que, con la utilización de la violencia ralentizada, la sequedad bélica y la iluminación anaranjada enmarcada con grandes planos generales al más estilo wéstern, consiguen crear una obra hipnótica en lo visual, tradicional en lo interpretativo y autoral en la forma de abordar los textos y su posición en la trama del filme.

Sin duda alguna, la película de Justin Kurzel representa la llegada de la concepción moderna y contemporánea de Shakespeare, con una humanización de Macbeth atada al sufrimiento causado por la guerra, la paranoia debida a las alucinaciones causadas por el trauma y la locura asentada por culpa de la ambición. También con el rechazo de una Lady Macbeth sencillamente malvada, pues en el filme la mujer no regala el mal para conseguir el trono, sino que llena un vacío existencial, maternal y sentimental para estabilizar su identidad y su matrimonio. Ambos personajes buscan ser alguien y no perderse en su dolor. Se trata de personas sin identidad, perdidas y cegadas por las malas acciones, las profecías, la venganza y el rencor. La iluminación del filme, épica, natural y terrorífica en ocasiones permite asentar una mitología en la propia película para crear una atmósfera teatral que se mueven en una geografía donde se permite hablar en verso, sufrir en nombre de Dios y luchar por el honor y el trono sin necesidad de justificar nada de ello.

Macbeth de Justin Kurzel es el riesgo entonado en un filme moderno y clásico que brinda al espectador la oportunidad de formar parte de un mundo literario creado a partir del saber histórico, religioso, mítico y humano; el mundo de Shakespeare junto con el universo cinematográfico creado a lo largo de los años por las manos de los grandes clásicos de la historia del cine. Una obra única, la del autor de nombre humilde, un autor que todo el mundo conoce o que afirma conocer su obra, su existencia y su papel en la historia de la escritura, pero adentrarse en su universo es sucumbir a la tentación y la pasión dramática y adaptarlo a la gran pantalla es un riesgo que pocos han llegado a realizar.




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Texto de Joan Maura | © laCiclotimia.com | 24 febrero, 2021
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© laCiclotimia.com | 24 febrero, 2021

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