Los continentes
| La alienación del pasado

Desde la pantalla de su ordenador, Pedro Kanblue va reproduciendo materiales de su pasado tan diversos como cercanos, fríos y extraños, que, conforme se repiten, atraviesan temas como la identidad, la amistad o la utilidad de nuestros archivos digitales.

En El desconcierto, su estudio autobiográfico sobre la enfermedad y los límites de la identidad, Begoña Huertas habla de cómo vivimos creyéndonos inmortales hasta que algo nos punza, o hiere, y nos obliga a replantearnos todo. Siguiendo esta argumentación inicial, entonces, pasamos a experimentarlo todo desde un tiempo que no es el nuestro: es irreal, debido al acontecimiento que lo ha trastocado todo; es rápido, porque estamos situados en un presente constante; y a la vez lento, ya que segundo a segundo nos acercamos a una situación que no sabemos afrontar. Si en el caso de Huertas el detonante fue el cáncer, el de Los continentes, el primer largometraje del cineasta malagueño Pedro Kanblue, bien puede leerse como un conflicto de identidad en el que todo se resquebraja y es cercano, frío y extrañamente familiar.

De esta manera, la película, Premio del Público y Mención Especial del Jurado en el Festival Márgenes 2020, plantea un puzle autobiográfico que se va construyendo conforme se desarrolla y está enfocado, sobre todo, en la percepción que tenemos de nuestro contexto. Pero no en cualquier momento, sino en la manera en la que vemos un mensaje de texto, una conversación de Whatsapp o Instagram mucho tiempo después, es decir, haciendo una arqueología del pasado digital. Como apunta Huertas en el libro citado: «Sin embargo, como los espejismos, la vitalidad no está afuera y se recibe, sino que se crea adentro, viene de dentro, de la percepción que la persona tenga de sí misma, de la experiencia que esté viviendo». Así, en Los continentes asumimos y/o usurpamos algunos instantes de la vida de Kanblue, quien, a pesar de mostrarnos momentos íntimos, al darnos más información que la visual, consigue un doble efecto de cercanía/abstracción que se acentúa hasta su mismo final.

Incisivo y recurrente en sus intenciones y montaje, el documental hace una aproximación original y necesaria a las entrañas del pasado.

El documental está montado directamente en las tecnologías que hoy nos permiten reconocer o recobrar nuestros propios recuerdos, es decir, sobre la propia pantalla del ordenador de Pedro Kanblue. Este, como si asistiéramos a una investigación/sesión real, nos va mostrando su archivo personal mientras nos guía por las diferentes etapas de su vida —cuyo comienzo se sitúa en los últimos cursos de Primaria hasta Bachiller, con los viajes de fin de curso y la inevitable despedida—. Sobre todo, en estos primeros instantes, los fragmentos acentúan la inocencia, crueldad e ingenuidad de estas etapas, que vistas después traen nostalgia y numerosas preguntas: ¿fui yo alguna vez ese que estoy viendo ahora? ¿He evolucionado tanto que soy incapaz de reconocerme? La identidad de lo que somos o hemos sido, como decíamos, es uno de los pilares, tal y como refleja la segunda reflexión que escribe Kanblue en la pantalla: «18/02/2010. Quizá los lugares permanezcan, pero desprendidos de las antiguas texturas que los significaron: las que nosotros habitamos. No obstante, siempre queda un margen donde nada se extingue, donde están esas sensaciones indescriptibles, las imposibles para los lenguajes […]».

Las imágenes, en otras ocasiones, quedan vinculadas a un espacio geográfico concreto, ese que nos ha visto sufrir y madurar.

¿Los continentes nos muestra solo imágenes porque el lenguaje se queda corto? Quizá, pero cada nota exprime el habla al máximo y, de hecho, el título es ya un juego de palabras en sí, pues hace referencia a elementos que contienen algo (las carpetas, los discos duros, las redes sociales, etc., en este caso) y las grandes extensiones geográficas de la Tierra (¿a dónde pertenezco?). Como aproximación audiovisual estricta, la estética fría del escritorio logra hacer del pasado algo distante y poco íntimo, hasta absurdo, que plantea otro tema de gran actualidad: ¿dónde acabarán todos nuestros recuerdos digitales?, ¿podrá alguien recuperarlos alguna vez? Quizá a ese contraste directo está dedicada una de las partes, donde la abuela de Kanblue, cabe imaginar, revisa su árbol familiar y aparece ante nosotros todo un pasado analógico que es posible tocar, y cuya materialidad se ha visto afectada por el tiempo.

Además de este factor familiar, el material dedicado a la amistad muestra las contradicciones inherentes de las relaciones sociales (algunos amigos permanecen, otros parecen estar ahí, mientras que con otros tantos pierdes el contacto) y, como consecuencia, su evolución discontinua en el tiempo. Algunas fotografías, reproducidas a gran velocidad junto a un recorrido por Google Maps por Málaga, hacen del pasado algo fantasmagórico que cobra su exacta dimensión: todos los sucesos han forjado nuestro carácter, pero vistos uno por uno son irrelevantes —y sería imposible recordarlos todo, como escribió Borges en el cuento Funes el memorioso—. Incisivo y recurrente en sus intenciones y montaje, Los continentes de Pedro Kanblue hace una aproximación original y necesaria a las entrañas del pasado y nuestro excesivo archivo digital, que puede quedar, perfectamente, como un cúmulo de bytes sin más, tal y como sugiere Kanblue: «¿Conoces esa extraña sensación de sentirse ajeno a lo que recuerdas, a lo que has vivido? Es como un vértigo […]».


Artículo perteneciente a la serie: D'A FILM FESTIVAL 2021   



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Texto de Héctor Tarancón Royo | © laCiclotimia.com | 24 junio, 2021
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Texto de Héctor Tarancón Royo
© laCiclotimia.com | 24 junio, 2021

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