Las niñas
| Para ti, aunque no fueras a un cole de monjas

Pilar Palomero huye de lo lacrimógeno en su retrato tierno y pícaro de las prepúberes de la EGB, los Héroes, Niños del Brasil y las travesuras contra las arcaicas monjas. La nominadísima a los Goya cuenta con la naturalidad de ellas y audio casi ASMR.

El guion prende ya desde un muy hábil comienzo: la cámara muestra un primer plano de Celia (Andrea Fandos) gestualizando con la boca exageradamente, como un besuguete. El plano va desvelando el aula llena de crías que vocalizan algo imperceptible, sincronizadas y de manera casi muda. Casi, porque no suenan las palabras que pronuncian. Trasciende un clima de seriedad, exigencia, reverencia y disciplina casi militar (da muy buena cuenta de ello la escena que plasma la manera en que las niñas tenían orden de recibir a la Madre Superiora). El silencio pronostica la crítica inminente, el reproche e incluso el castigo que planea sobre ellas cuando reciben la orden de lanzarse ya a cantar o a fingirlo. Para ello toman una profunda —y muy audible— bocanada de aire, antes de sumergirse (y sumergirnos) en la canción… y en esa opresión tan tirante como el pelo trenzado. 

Con ese lapso de información condensada, celebramos la entrada de esa Brisa de aire fresco (Zoe Arnao), venida de la gran ciudad, que va a abrirle paso a un mundo mucho más apasionante, con la apertura de mente de las ciudades portuarias, y va a meterle el gusanillo de la música que conecta almas e invita a celebrar la vida ahí tan reprimida.

Sonido de tensión y de vida colándose en esas frígidas escuelas

Pocas cosas eran tan reconfortantes como comprobar que la mami había venido a vernos actuar al ineludible festival anual.

Sin duda, parte de la gran personalidad de la pieza reside en ese tratamiento sonoro tan vinculado a lo orgánico. El recitar mudo se amplifica: el sonido interlabial y palatal del articular de palabras crece invadiendo todo. Un volumen y nitidez cercanos al ASMR, con el mismo efecto hipnótico que, paradójicamente también traducen la magnitud del silencio —impuesto— que las envuelve. En el musitar, los murmullos, las risas, los pasos rápidos y los ocultos, el audio se acerca al enfoque que se practica en el terror, sin aspirar en absoluto a un clima parecido. Esto está lleno de vida, sin alejarse de ciertos momentos de incomodidad y suspense que las que alguna vez hemos pisado un colegio de monjas reconoceremos, sin dejar de reflejársenos una escolaridad muy universal y aún existente. El excelente sonido construye el tono, a veces cariñoso y a veces semi-carcelario y casi militarizado, pero siempre condescendiente y dogmático, del verse instruidas por aquellas aburridas señoras y no querer renunciar a la aventura de la infancia ni a la curiosidad de la adolescencia inminente.

A nivel experiencial, es innegable el protagonismo que lo auditivo adquiere para meternos en el ajo, por eso resulta incomprensible que se valore por encima la fotografía —que es más que correcta— de cara a los Goya, pero no se tenga en cuenta el magistral trabajo sonoro. Y su variedad y gran alcance de detalles para la habilidosa construcción del contexto —y de la nostalgia—. La estridencia de los televisores de los 90 y lo que vociferaban: el acento del fruitti Gazpacho y sus fondos de paisajes inmutables; las peculiares maneras de hablar de la Carrà y del indisimulable misógino que era Umbral. Y por supuesto, el revitalizador efecto de reencontrarnos con los himnos de nuestra infancia y adolescencia. 

Ante todo, naturalidad

El desparpajo de las chiquillas del reparto, así como la poderosa vis dramática de Natalia Molina —que podría lograr un histórico triplete de Goyas— aportan un gran frescor y credibilidad a todo lo narrado, así como una continuidad en la verosimilitud de un drama comedido, sin desbocarse, pero sin perder el rastro del dolor, capeado con bien administrados respiros. Para que las celebraciones obsequien con mayor sabor de boca.

El subtexto es el propio texto explícito: es un retrato de la represión religiosa, anacrónica y arcaica, de nefastos currículum y eficiencia docente; de los estigmas sociales sobre la madre sin hombre al lado y sobre la niña despendolada.

La historia familiar, cómo esta puede suponer un estigma en entornos de catolicismo tan exacerbado, y la lengua viperina en que en ocasiones podía llegar a incurrir la rivalidad infantil tocan de manera más profunda porque están respaldadas por actuaciones muy sólidas. Los momentos de vergüenza ajena e incomodidad se leen como libros abiertos en los rostros de estas pequeñas enormes actrices. Lo que forma parte de la personalidad de la película: no se trata de una obra con dobleces de las que extraer sublecturas. El subtexto es el propio texto explícito: es un retrato de la represión religiosa, anacrónica y arcaica, de nefastos currículum y eficiencia docente; de los estigmas sociales sobre la madre sin hombre al lado y sobre la niña despendolada, o la energética apodada «marimacho»; de cómo se nos catalogaba y se nos sometía a sentencias lapidarias en cuanto a para qué destrezas servíamos y para cuáles no, casi siempre con el foco en la satisfacción del hombre; cómo el microcosmos escolar repite —ayer y hoy— lo que oye de bocas adultas —incluso de las profesoras—, perpetuando escarnios. Pasando por un análisis simpático de las infantiles contestaciones bordes rimadas, y las canciones populares machistas, como lo era la televisión Mama Chicho. Revisiones que se nos presentan sin juicios pero que, afortunadamente, nos hacen alucinar y reflexionar sobre la fortuna de haber evolucionado un trecho en la igualdad de géneros, pero también sobre su fragilidad y el cuánto queda por hacer.

Y con todo eso, el filme equilibra bien las dosis de trascendencia y que nos violentan con las de alegría de vivir y descubrir el mundo y sus colores.

Luces de Zaragoza: una jota visual

¿Se podía una aburrir más en clase?

La más que correcta y muy natural fotografía de Daniela Cajias —aspirante a Goya— refleja las luces propias de la Zaragoza en que Pilar Palomero se crió. Traza una ruta que, sin duda, ha homenajeado y tocado el alma a sus conciudadanos. Así pudo comprobarse en el evento de proyección y coloquio con que Pilar Palomero y parte del equipo celebraba las nueve nominaciones, el pasado 29 de enero en los cines Palafox en la capital aragonesa.

El blanco inmaculado de los polos de los uniformes y las faldillas oscuras son las protagonistas, junto con el azul marino del hábito eclesiástico dan un contraste que puede recordar al entorno escolar de Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008). Cada emplazamiento cuenta con su luz propia y característica: los enormes pisos viejos del barrio Ruiseñores, sombríos y copiosamente amueblados en tonos roble y oscuros, ideales para repeler el sol de justicia que azota por las ventanas mañas cuando llega el buen tiempo; las rescatadas camas elásticas de Parque Pignatelli; los neones de la sala Green, discoteca para los menores de décadas de generaciones, mítica en esos años 90. Donde por fin podían escucharse atronando muros aquellos temazos de las cintas de casete rebobinadas con angulosos bolígrafos Bic

Entre ritmos de siniestros y Máquina total

«Hoy es un buen día para escapar del lunes». Fragmento de la canción Viernes, de Niños del Brasil.

Paco Plaza sabía que ambientar la historia de Verónica (Paco Plaza, 2017) en los años 90 iba de la mano con el fenómeno de masas que supusieron los Héroes del Silencio, algo inaudito hasta la fecha en el rock estatal. Pilar Palomero ha hecho los deberes, y los ha enriquecido con otros himnos de una generación que, en lo local, todavía no han pasado de moda: las ansias de volar de la Apuesta por el Rock’n’Roll de Más Birras, los Niños del Brasil «asustando monjas» (qué dulce venganza escolar cantar eso fuera del alcance de las hermanas); Chimo Bayo haciendo apologías aún incomprensibles para las niñas y Manolo Kabezabolo con su hilarante filosofar sobre El aborto de la gallina nutren una banda sonora eufórica con que las chiquillas van experimentando sin malicia cuanto les rodea. Algo que corona con el emotivo y liberador coro final (también nominado a los Goya) que pone el broche a la transformación del personaje principal.

La fiesta y la exaltación de la amistad y la empatía que vivimos desde la butaca, tamborileando con el pie, es un regalo especialmente emotivo en estos tiempos de pandemia que, por si las vidas fueran poco, también se nos han cobrado los conciertos y el ocio nocturno.


Artículo perteneciente a la serie: EN FEMENINO   



  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 3 febrero, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 3 febrero, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?