Las leyes de la frontera
| Una pulsera en el fondo del mar

Daniel Monzón trae de vuelta el cine quinqui de los años setenta en una película explosiva, carismática y con un reparto entregado y memorable. Navajas, drogas, coches y amores de juventud se dan la mano mientras evoca un cine casi en extinción.

Quién nos iba a decir, tantos años después de tesoros nacionales como la Trilogía del Torete (1977-1980), que nos íbamos a encontrar con una resurrección del cine quinqui, y que estaría a la altura y convencería al punto de llevarnos de vuelta a aquellos años convulsos. Daniel Monzón actualiza las viejas premisas, o mejor podríamos decir que las integra en su escenografía habitual, e intercambia esa suciedad del cine de José Antonio de la Loma o de Eloy de la Iglesia y le da cierta sofisticación, aunque el argot, la heroína, los suburbios y las cárceles siguen estando ahí. Quizá la belleza de Las leyes de la frontera sea que es capaz de recordar, o de homenajear, y mantener la personalidad de los temas de aquellas obras fundacionales de los primeros años de la transición: la camaradería, el sentimiento de pertenencia al grupo, los lazos, el amor. Daniel Monzón da buena cuenta de todas las señas de identidad de unos personajes que fácilmente se dejan querer —y los adorna con la brutal banda sonora que compusieron para lo ocasión los Derby Motoreta’s Burrito Kachimba, herederos espirituales de unos Triana o unos Medina Azahara— y juega la baza que mejor se ha dado siempre en su cine: narrar desde el corazón para conectar con su público, no desde una historia que vaya a romper el molde de la originalidad, sino desde una llamada a la melancolía, a una mirada taciturna a los pobres diablos que no tienen mucho espacio para levantar la cabeza y se revuelven y luchan desde la pasión y el orgullo.

Una película que es explosiva y terriblemente sincera, que busca la honestidad por encima de todo y se define como la resurrección siglo XXI del cine quinqui.

Chechu Salgado, Marcos RuizBegoña Vargas protagonizan Las leyes de la frontera.

La historia seguirá la vida de Nacho, o el «gafitas», mejor dicho, un chaval tímido e introvertido con el que se meten sin cesar. Un día, conocerá al Zarco y la Tere, y entrará en un mundo nuevo para el, peligroso y, sobre todo, excitante. Del primero aprenderá las técnicas de la calle, será como su hermano mayor. De la segunda se enamorará sin remedio. El crecimiento y la salida del cascarón, la búsqueda del fruto prohibido, el peligro como combustible, se entremezclan con la pureza en las formas y el estilo narrativo setentero —pero que no se siente en absoluto caduco— y, sobre todo, la exploración a través de unos personajes que destilan verdad y frescura, con los que se puede conectar con facilidad a través de un sentimiento muy orgánico, que recuerda que el cine es un arte experiencial por encima de todo y que está llamado a transformar y conmover como objetivo último. Marcos Ruiz, Begoña Vargas y Chechu Salgado, cada uno a su manera, como el «gafitas», Tere, Zarco, redondean un reparto y hacen suyos unos personajes que se clavan y, lo más importante, que uno puede comprender y disfruta contemplando. No van a faltar navajas, persecuciones, disparos y amores en una película que es explosiva y terriblemente sincera, que busca la honestidad por encima de todo y se define como la resurrección siglo XXI del cine quinqui.


Artículo perteneciente a la serie: SAN SEBASTIÁN 2021   



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Texto de David García Miño | © laCiclotimia.com | 25 septiembre, 2021
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Texto de David García Miño
© laCiclotimia.com | 25 septiembre, 2021

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