La vida era eso
| Romper con el pasado

El ambiente poético y minimalista creado por Martín de los Santos produce escenas íntimas que ahondan y cuestionan la condición humana y la identidad. Los personajes, alienados pero firmes, buscan su lugar en un ambiente hostil y ambiguo.

Tras exhibirse en los festivales de cine de Sevilla y Málaga entre 2020 y 2021, La vida era eso, el primer largometraje de David Martín de los Santos, se proyectó en la XXIII edición del festival de cine independiente Abycine. En la gala de inauguración, la organización otorgó el Premio Trayectoria Joven a Anna Castillo, una de las protagonistas de la película, en reconocimiento a su carrera como actriz; y en su clausura la película recibió el Premio Jurado Joven, el máximo reconocimiento en la sección Abycine Indie. Aunque su estreno comercial se ha ido aplazando, como otras tantas producciones culturales, hasta el próximo mes de diciembre, hay otro motivo que conecta el largometraje con nuestro tiempo. Como su propio título indica, la historia expone y matiza la búsqueda de ese algo que dé un sentido verdadero a la rutina, al paso del tiempo, dentro de los límites de cada uno.

Al comienzo de la película, María (a quien da vida Petra Martínez, que recibió el premio a mejor actriz en el festival de Sevilla) es ingresada en un hospital de Bélgica, donde conoce poco después a Vero  (interpretada por Anna Castillo). Su relación tensa, pues ambas forman un dúo que funciona muy bien, pero de grandes contrastes al pertenecer a generaciones e ideales muy diferentes, va dando lugar a una progresiva amistad en el que ese choque se equilibra y surge cierta solidaridad. Así, las escenas cómicas, entrañables, se oponen a los planos medios y detalle de esa abstracción fría y blanca que hoy llamamos hospital. El gusto por aislar algunos elementos, además, refuerza la extrañeza del lugar. Doble, incluso, si tenemos en cuenta que ambas son emigrantes españolas y que su relación se produce en el ambiente hostil de un país extranjero. En paralelo, los planos medios también sirven para profundizar en el intercambio entre ambas, y en las fotografías que Vero le hace a María durante su estancia. Con estas coordenadas, Martín de los Santos ha expuesto, aparentemente sin esfuerzo, los principales temas de la obra: la memoria, la enfermedad y la posibilidad de cambiar de dirección.

Un colapso silencioso y bello dominado por un gran minimalismo.

En cierto modo, La vida era eso es un colapso silencioso y bello dominado por un gran minimalismo. Apenas hay grandes gestos o emociones; la protagonista es, precisamente, la vida, todo aquello que no se ve, pero sucede. Y las interpretaciones también discurren por ese desarrollo frágil, leve, donde cada detalle es importante. Por ejemplo, con el momento en el que Vero y María comentan las manifestaciones del 15-M sabemos en qué momento estamos y, también, cómo ve cada una su época. Además, introduce el tema de la insatisfacción ante la vida, uno de los pilares de la historia y otra de las claves de nuestro tiempo. Cada personaje muestra una variante de la resistencia ante el desequilibrio de las expectativas-realidad. Y, como decíamos, las miradas y gestos tienen gran importancia, lo que da paso a un erotismo intenso, y ambiguo, que como descubrimiento acaba atrapando gran parte del filme.

Si en el hospital predominaban los planos detalle, en el posterior viaje que hace María a las salinas del Cabo de Gata el enfoque se abre. Los planos generales presentan, manteniendo la paleta de colores apagada, la lucha del individuo con el entorno y la despoblación rural, tan en boga últimamente. En estos momentos, Petra Martínez demuestra su dominio de la interpretación y sostiene todo el peso de la película. Sin embargo, la rapidez y excesiva levedad de algunas escenas y personajes hace que el largometraje sea, igualmente, una colección de motivos desperdiciados; en parte por la fuerza solemne, que acaba ralentizando y entorpeciendo algunos momentos. Así, como la sal que se va acumulando en la factoría, La vida era eso también funciona por amontonamiento: los motivos del principio (la fotografía, la emigración, la insatisfacción, etc.) se van repitiendo hasta que su sentido cambia; como dijo el artista pop Andy Warhol: «¿No es la vida una serie de imágenes que va cambiando conforme se repiten?».

Con todo ello, Martín de los Santos firma una película que funciona a la perfección cuando el análisis de la identidad y la condición vital del ser humano son los elementos principales, pero que tiene el peligro de perderse cuando los temas se acaban difuminando y perdiendo en el relato principal: el pasado y el deseo, la búsqueda y la identidad. Por su parte, el tono poético crea una distancia clara, y agradable, con otras aproximaciones fílmicas más superficiales y sencillas, renovación que fortalece la empatía del espectador con la historia por la intimidad y calidez que desprende, además de la incomunicación y extrema soledad que reina en el ambiente, y que es demasiado propia de esta contemporaneidad.




Texto de Héctor Tarancón Royo | © laCiclotimia.com | 2 noviembre, 2021



Texto de Héctor Tarancón Royo
© laCiclotimia.com | 2 noviembre, 2021

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