La rodilla de Clara
| La intelectualización de la belleza

Inaugurando los setenta, se estrenaba un filme convertido en objeto de culto para cinéfilos que ya empezaban a considerar la obra de Rohmer desde algo más que la contemplación de bustos parlantes, sino seres que actúan a veces desde sus tablas teatrales.

En esta maravilla de 1970, Éric Rohmer convertía su habitual naturalismo racionalista en especial filigrana técnica donde el trabajo actoral y el de cámara —otra vez de Néstor Almendros— se daban la mano para hacer creíble lo casi imposible, algo que ocurre pocas veces en el cine en tanto que es un medio sujeto al cálculo de lo preciso, los planes de trabajo y las escaletas y desgloses de guion, y lo consigue gracias a un truco tan viejo como la identificación con el personaje, alguien a quien vemos cortejar y discutir sobre la esencia del amor como si fuese un detective y que como tal y mediado el mes de junio en que la historia transcurre —la de un mes de junio que anuncia un verano semejante al que nos contaría años más tarde en Pauline en la playa (Éric Rohmer, 1983) con otros personajes, solo que en las montañas próximas a los Alpes suizos, en vez de en Normandía— encuentra de modo bellamente sorpresivo dicho amor, cuando la amiga de Laura empieza a recoger cerezas directamente de un alto árbol junto a su novio. Es en ese momento cuando descubrimos que Jérôme no solo es un tipo afortunado en tanto llega a su objetivo, sino un farsante con Laura, a quien utiliza para conocer la esencia femenina y aprovecharse igualmente de su juventud, y de las sabias palabras de Aurora, novelista que adora encontrarse a sí misma en soledad, para así verle a él desnudo como personaje y conseguir desenamorarse de su peculiar manera de mirar a las mujeres.

Jean-Claude Brialy y Laurence de Monaghan interpretan a Jérôme y a Clara, respectivamente.

Deudora en cierto sentido de El amante del amor (1977) de François Truffaut, la mirada de Jérôme es a su vez la de un esteta o artista, que se deja llevar, como no podría ser de otro modo, por la anatomía hasta el punto de que compara tocar la rodilla de Clara (ese impetuoso y poco dúctil objeto de deseo) a llegar a un orgasmo con ella. Conseguir esto solo será posible, y es consciente desde el principio de ello, rompiéndole el corazón, para poder recomponérselo solo, ya que como sabemos las heridas del corazón, y más en estos casos, son veniales, en tanto nos sirven o bien para afianzar relaciones o para dejarlas olvidadas para siempre. Sobre la potencia de un ego desmesurado (el de Jérôme, en ocasiones) también parece querer hablarnos el filme de Éric Rohmer, un ego que es parecido al de quien contempla con asombro un lienzo o una escultura, y para quien no existe nada más, de tal modo que imaginamos al protagonista más evolucionado y consumido hacia el final, en tanto en cuanto aprendió que toda mirada esconde algo más que una peregrina inocencia, y que ya en ese mirar, en ese deseo, estaba la clave de todo su tejemaneje si apuramos también lo anterior, al menos desde que se propicia el encuentro tras su primer divorcio, con la novelista, antes de llegar en lancha motora a la casa de la madre de Clara y Laura, donde de un modo elegante él se acopla casi como convidado de piedra en un primer momento. En cualquier caso, si en la mirada de Jérôme no estuviese este deseo, no existiría un amor que es más que visible y en cuya continencia está la bello, poético y poco arrebatador de su pasión.

Éric Rohmer convertía su habitual naturalismo racionalista en especial filigrana técnica donde el trabajo actoral y el de cámara se daban la mano para hacer creíble lo casi imposible.

Considerada en orden de rodaje la quinta de su serie Cuentos morales, en su día alguien vio la necesidad de aplicar las teorías filosóficas de Pascal, así como los ensayos del biólogo francés Jacques L. Monod sobre el azar y la necesidad, lo que dio a Éric Rohmer para que escribiera un libro o diario de relatos (Seis cuentos morales, editado en español por Anagrama) donde todos los personajes quedan más explicitados. Este gesto que tuvo el director francés acerca aún más su producto inicial a esa poesía de la que en un principio hablábamos. Producida por Pierre Cottrell y Barbet Schroeder (lo que probablemente le ayudaría a alcanzar premios como la Concha de Oro de San Sebastian, la nominación a mejor película de habla no inglesa en los Globos de Oro así como al mejor guion en los del gremio de escritores cinematográficos neoyorquinos), uno de los asuntos técnicos que más sobresalen es el tratamiento del sonido directo (tan acorde con el afán naturalista, oímos a veces hasta los sonidos de pajarillos mientras Jérôme espía a Gilles (Gerard Falconetti), el novio de Clara, silbidos estos que distraen menos de lo que pudiera parecer. Esta tarea acometida por Michel Laurent y Jean Pierre Ruh, se complementa con la gran cantidad de ayudantes con los que contó Almendros para su propio departamento de imagen visual. El montaje y la edición de Cécile Decugis y Martine Kalfon se hace casi invisible a los ojos de un espectador que pudiera llegar a pensar que lo filmado corresponde con lo montado para mostrar, idea sobrevenida y que obviamente resulta del todo desacertada.

A su vez, la película cosechó por todo el mundo grandes críticas también en nuestro propio país, considerada por periodistas de la talla de Guillermo Altares y Jordi Batlle Caminal como una excepcionalidad dentro de la filmografía de este director de cine, periodista y profesor de francés desaparecido de muerte natural el 11 de enero de 2010. Reivindicar una figura que llegó a ser nonagenaria y de carrera bastante irregular —no de un gusto igualmente exquisito son películas como El árbol, el alcalde y la mediateca (1993) o alguna de sus últimas El romance de Astrea y Celadón (2007), más plomizas en su desarrollo, y por ello menos inspiradas— es hablar de un personaje fidelísimo ante sus actores y actrices y que se supo mover y dibujar una puesta en escena con mimbres propios, si bien bastante autorales en el sentido más amplio del término. Otras películas de esta serie de cuentos morales, inaugurados por el mediometraje La panadera de Monceau (1963) de gran empaque, fueron La coleccionista (1967), la posterior El amor después del mediodía (1972), Mi noche con Maud (1969) o La carrera de Suzanne (1963).




  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 8 septiembre, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 8 septiembre, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?