La piscina
| Original drama con tintes de suspense

A pesar de ciertos rasgos ingenuos, y gracias a la formidable eficacia y limpieza de su guion y a unos actores en constante estado de gracia, la película de Jacques Deray llega a nuestros días más fresca y menos antigua de lo que cabría esperar.

A menudo sabemos la cantidad de suspense que tiene un filme por la ambigüedad en el simple desarrollo de su argumento que propone. Se intuye igualmente a veces que Jacques Deray, su director, debió beber del cine de su coetáneo René Clemént en A pleno sol (1960), aquel otro drama basado en la novela de Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley, estrenada nueve años antes, siquiera en tanto en cuanto son ambas dos películas veraniegas, resultando la que nos ocupa todo un canto a la ociosidad estival donde gente guapa que se aburre está deseando hacer el mal, o al menos eso podría intuirse desde un principio. También es cierto que la película es susceptible de ser vista como un producto estéticamente hermoso a pesar de narrarnos con desigual pericia las pasiones más oscuras (celos, venganza) de un conjunto de cuatro personas relacionadas por un pasado tortuoso: en este sentido y aprovechando esta vez los paisajes italianos antes que los franceses de Saint-Tropez, es reseñable el remake que en 2015 rodó Luca Guadagnino, llamado en español Cegados por el sol, y donde al parecer Ralph Fiennes (Alain Delon, aquí) pecaba de cierto histrionismo.

Y es que, si por algo este clásico que obtuvo grandes resultados comerciales en su día es lo que es, también Deray se lo debe a un trabajo coordinado para construir las atmósferas que complementa su propia idea de puesta en escena, una manera de entender el cine que por aquel entonces resultaba novedosa y que seguramente marcaría distancias respecto al realismo poético de Clemént, para acercarse a lo que estaba empezando a hacer la nueva ola de cineastas galos. En este sentido tanto el vestuario como el maquillaje son fundamentales en la película; eso y su cuidado a la hora de mantener la continuidad en los planos en unos tiempos en que apenas existía el cargo de script (hay que decir que en IMDb, y no tanto en los créditos oficiales, aparece como responsable de estas tareas John Marshall). La película además consigue como decíamos esa atmósfera de calma chicha gracias a elementos escénicos simples como el tabaco, el alcohol o la idea erótico festiva mostrada muy tímidamente (aquí también juegan un papel importante no solo Delon y Schneider como pareja principal, sino el dúo formado por Alain Page, autor de la historia, y el guionista de Luis Buñuel, Jean-Claude Carrière) a través de una historia contada desde un minimalismo brillante y que demuestra que para hacer buen cine no son necesarios grandes dispendios ni presupuestos.

Una obra narrada a través de un minimalismo brillante que demuestra que para hacer buen cine no son necesarios grandes dispendios ni presupuestos.

Nunca se hablará lo suficiente de Alain Delon en esta película, y de su personaje Jean-Paul, que interpreta a un publicista hastiado de serlo, cuando su verdadera vocación es ser escritor de una novela que jamás escribirá. Harry parece conocer este detalle, en tanto fue novio igualmente de Marianne (en la ficción, Romy Schneider); por ello Maurice Ronet, actor que lo interpreta, es físicamente alguien muy parecido a Delon, a pesar de que aquel es un empresario con ganas de jarana, que no para de buscarle las cosquillas. La caja de los truenos estallará cuando Jean-Paul empiece a hacer manifiesta la atracción por su hija Penélope (Jane Birkin): es esta por tanto una caja de los truenos peculiar, en tanto estalla paulatinamente como si fuese a base de cerillas que al prender se van apagando con esas gotas de agua que salen de sus cabellos. También consigue Deray, junto con su magnífico grupo de guionistas que, solo viendo de espaldas a Delon, el espectador consiga hacerse una idea de lo que pasa por su cabeza. De un mismo modo, la labor fotográfica de Jean-Jacques Tarbes lo hace posible de una manera mágica, una manera que supera y con creces la de Henri Decaë en A pleno sol, considerando además que la edad del actor es un factor para tener en cuenta, rasgo este que gracias seguramente a esta película le llevaría a rodar con Jean-Paul Belmondo en la también dirigida por Deray, Borsalino (1970).

Recomendamos igualmente a la hora de considerar la historia releer el libro de Jean-Claude Carrière, Práctica del guion cinematográfico, resultando sumamente interesante la idea de que de dos o más estereotipos puede nacer una gran idea para una película. Carriére, que amaba los clásicos de Hitchcock, era asimismo conocido por escribir muchísimo más acerca de lo que le ocurrían antes y después de la secuencia o película rodada a los personajes que del mientras tanto, de ahí que como guionista fuese como un caramelo para cualquier director. La música de Michel Legrand sí resulta algo de más sobreexpuesta llegando en ocasiones a chirriar y dar la impresión de que ha sido montada únicamente por razones que están fuera del básico entendimiento, no tanto en consonancia con las imágenes: en este sentido Paul Cayatte parece que solo hace la mitad del trabajo, quizá por no querer respetar del todo a Carriére. El filme estuvo tan cuidado en su producción que contó en su rodaje incluso con una segunda unidad de cámara de apoyo a Deray, gracias a la que también se amplificarían la personalidad elegante, hermosa y también algo vacua de unos personajes que sin estar rodeados de lujo escénico (el minimalismo, otra vez) se aburren tumbados al sol a esperar a que pase un verano que se les hace interminable.




Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 20 octubre, 2021



Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 20 octubre, 2021

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