La noche de Halloween
| La nada como origen del mal

Uno de los filmes más perturbadores de todos los tiempos que, redefiniendo el género del terror tal y como se conocía hasta el momento, huye del exceso y el gore y opta por un estilo mucho más refinado y elegante que contribuyó a convertirla en un mito.

Una de las cosas más interesantes que nos brinda el cine es el modo en el que es capaz de reflejar el momento al que hace referencia, es la viva imagen —nunca mejor dicho— de la sociedad contemporánea y sus aspiraciones y preocupaciones, algo que se hace más evidente con el paso de los años. El cine de los noventa, por poner un ejemplo, es la década del cine de entretenimiento por antonomasia; un cine que, por muy enrevesadas o locas que fuesen las bases de las historias que reflejaba, tenía un claro objetivo de entretener al espectador; un cine que no se tomaba demasiado en serio a sí mismo, reflejando así una sociedad con pocos prejuicios y con muchas ganas de divertirse. El cine de los últimos años, en cambio, poco tiene que ver con esto, claro signo de que la humanidad cambia. Ahora, algo que era ya incluso visible desde el cine de inicios de siglo, nos guiamos más por un tipo de películas más oscuras, más frías, y que se toman demasiado en serio a sí mismas. Un cine mucho más lógico, en donde todo debe de seguir un razonamiento casi matemático, porque el público al que apela es más inteligente —o al menos eso piensa— y está demasiado acostumbrado a confirmar todo lo que escucha por ahí en internet. Y no hay que olvidar que es la era de «lo personal es político», o lo que es lo mismo, todo lo que hacemos o decimos puede tener un trasfondo político que hay que saber compactar para comprender mejor el contexto. Así, en esta época en la que vivimos, una película que muestra diversidad racial, o un discurso feminista, se apreciará además por este empoderamiento al que apela —tanto para lo bueno, como para lo malo—, mucho más allá de si la película por sí misma es mejor o peor, y esto es firmemente representativo de la sociedad actual. Y a pesar de que parezca que no, una película tan autoconsciente y distanciada de la necesidad de reivindicar nada como es La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) tiene mucho que ver con todo esto que comentamos.

Michael Myers, un aparentemente inofensivo niño de seis años, mata a su hermana mayor con un cuchillo de cocina durante la noche de Halloween. Tras varios años internado en un centro psiquiátrico, y quince años después del fatídico evento, Michael consigue escapar y volver al lugar de los sucesos durante otra noche de Halloween que promete ser de todo menos tranquila. Cuando una cinta tan modesta para la época —con un coste de 325.000 dólares— como La noche de Halloween llegó a los cines fue todo un boom, consiguiendo una recaudación nada más y nada menos que de 47 millones de dólares, redefiniendo el género del terror tal y como se conocía hasta el momento. Sería falso afirmar que fue el creador del género del slasher, ya que, nada más y nada menos que el maestro Alfred Hitchcock ya nos lo mostró unos cuántos años antes con Psicosis (1960), o incluso La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) ya lo hizo en 1974, pero es verdad que La noche de Halloween fue pionera en relanzar el concepto tal y como lo conocemos ahora: el monstruo con algo tan sumamente ordinario como es un cuchillo de cocina. Y es que, con ojos del cine actual, es fascinante cómo una película tan sumamente simple y plana en la trama pudiese llegar a tener un impacto así en la audiencia, ¿o no?

Una película en la que su sencillez es la piedra angular para crear la atmósfera perturbadora que hace que funcione como un reloj.

Como decíamos, el cine define a la sociedad de la que proviene, y viceversa: entender a la sociedad de la época es vital para entender el cine de aquel momento. Justamente, la propia simpleza de la obra de Carpenter fue una de las claves de su éxito. A diferencia del excitante pero a veces excesivo «terror elevado» actual, La noche de Halloween huye de intentar pretender ser algo más de lo que realmente es, comenzando por el propio villano, el mito del terror Mike Myers. Y es que si empezamos a pensar, Michael Myers es la nada absoluta —por no tener, no tiene ni rostro—. Es en cierta manera un hombre invisible, alguien del que no sabemos absolutamente nada, un personaje sin desarrollo ni construcción, un desalmado bajo una máscara sin expresión. Como bien recogía Jason Zinoman en un artículo del New York Times sobre la película «anda despacio, de manera erguida. Ni su físico ni su vestimenta nos dicen nada sobre él. Nunca habla ni muestra un atisbo de su motivación a la hora de matar. No es tanto un personaje, como la ausencia de uno, una abstracción en mitad de una pieza de vida mundana». Y esto, señores, es el verdadero terror. Porque el mal más perturbador es aquel que es desconocido, inexplicable y aleatorio, y eso es Mike Myers. Muchas películas de terror pierden ese factor al llegar hacía el final, pero eso no pasa con La noche de Halloween, ya que ese es su pilar, la nula explicación de nada. A Carpenter no le interesa explicarnos cuál es el problema o el trastorno que presenta Myers, a diferencia de lo que trata de hacer —a veces, casi en tono paródico— el director David Gordon Green con su reboot de 2018. Y junto a esto, hay otra clara diferencia entre la original y el último reboot: el visible discurso feminista de esta última. Tal y como comentábamos, contemporáneo a los tiempos.

Pero más allá de este halo de misterio, hay que ensalzar el trabajo de dirección de John Carpenter, que huye del exceso y el gore esperado de una película de estas características, y opta por un estilo mucho más refinado y elegante, con escenas estéticamente muy interesantes. El mismo prólogo es brillante, en especial ese último momento cuando el joven Michael Myers se quita la careta y deja esa imagen perturbadora. Y tampoco debemos olvidarnos del magnífico debut de Jamie Lee Curtis, una de las grandes y más míticas scream queens de la historia del cine. Por todo lo que hemos dicho y más, La noche de Halloween es uno de los mayores clásicos del terror, uno que dio pie a otras grandes obras del género como Scream (Wes Craven, 1996) o Sé lo que hicisteis el último verano (Jim Gillespie, 1997). Una película en la que su sencillez es la piedra angular para crear la atmósfera perturbadora que hace que funcione como un reloj. Un elegante homenaje a Hitchcock disfrazado de slasher de serie B. Y bueno, qué decir de su mítica sintonía, inolvidablemente perturbadora.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Mikel Viles | © laCiclotimia.com | 4 junio, 2021
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Texto de Mikel Viles
© laCiclotimia.com | 4 junio, 2021

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