La llegada
| Una película atmosférica

La precisión con la que Denis Villeneuve describió a su equipo la clase de obra que quería hacer: inteligente, meditabunda, original y con la capacidad de hacer pensar tanto como sentir, hizo de este un filme irrepetible y único en su especie.

El cine es un arte colaborativo. A diferencia de la pintura, la literatura o algunas facciones de la música donde el artista se encuentra solo ante su material de trabajo dando rienda suelta a sus habilidades a través del pincel, el arpa o el cincel, el cine necesita de muchas manos operativas trabajando en trasladar la idea que el director tiene en mente hasta la gran pantalla. Lógicamente es un proceso complejo y requiere de unos niveles de organización y pormenorización tales que todas y cada una de las partes que intervienen en él consigan tener la obra interiorizada antes de empezar a darle forma. Y solo si el director es bueno y hace realmente bien su trabajo, todos estos elementos puestos a sus órdenes acaban remando en la misma dirección hasta alcanzar ese preciado punto al que llamamos «atmósfera».

La llegada (Denis Villeneuve, 2016) es, ante todo, una película atmosférica. Y no, no nos referimos a los característicos nubarrones que hacen acto de presencia en muchas de sus escenas, aunque algo tengan que ver… Más bien hablamos de la precisión que Denis Villeneuve, su director, tuvo a la hora de describir minuciosamente la clase de obra que quería hacer: inteligente, meditabunda, con talante original, nada condescendiente con su público y que además de hacer pensar, hiciera sentir.

Su ventaja era que, como base, el director canadiense ya disponía del guion concienzudamente elaborado por Eric Heisserer, que adaptaba aquel relato corto de Ted Chiang titulado Story of Your Life. Un texto maravilloso, que atañe a aquellas lecturas del carácter más intimo y está plagado de ideas tan profundas y trascendentales como difíciles de adaptar al dramatismo, el impacto emocional y la estructura propias de una película de Hollywood. Su mejor baza era al mismo tiempo su mayor reto. Y ante los grandes retos, lo primordial era tener las cosas claras. Ejemplo de ello fue considerar a Amy Adams como primera, segunda, tercera y última opción para interpretar el papel de Louise, la lingüista con la misión de entablar la primera conversación con los misteriosos seres de una raza alienígena que, no se sabe cómo ni por qué, ha decido aparcar sus gigantescas naves en distintos puntos de la Tierra.

La llegada, como objetivo fundamental y no como complemento, habla de nosotros: los pobres humanos abocados a una paradójica existencia. Impulsados a vivir aun a pesar de conocer lo trágico de nuestro destino.

Rebosante de empatía, la mirada de ojos azules de la actriz era el perfecto de objetivo con el que enfocar ese Dia D, además de jugar un papel primordial en uno de los conceptos clave de la película: el lenguaje. Abordado de tal manera que quedase alejado de la simple concatenación de palabras que utilizamos como trueque de información y se acercase más a todo un sistema cognitivo que delimita nuestra forma de relacionarnos e incluso de entender el mundo, el director se dejó aconsejar por expertos como la lingüista Jessica Coon para conseguir ese acercamiento realista al estudio y la dinámica del lenguaje. Y aunque adorase la complejidad de la teoría, Villeneuve nunca dejó atrás la aplicación práctica, el enfoque humano, emocional, de estos conceptos, que es lo que siempre acaba calando en el espectador. Remarcando ideas como el esfuerzo que debe hacer uno de acercarse a lo desconocido, de comprender una nueva cultura y una nueva forma de pensar, antes de pasar al estudio del passé composé o del present perfect simple.

Y no queda ahí la cosa, porque este director jamás olvida que su obra es, ante todo, una película, y en vez de limitarse a dar una masterclass de filología procura que su concepto clave también sea expuesto a través del montaje, es decir, el lenguaje del cine. La edición de La llegada, obra de Joe Walker, le permite volverse casi metacinematográfica al exponer los superpoderes propios del montador: la posibilidad de prolongar o reducir momentos concretos, de revivirlos o incluso de presagiarlos, en definitiva, de alterar el tiempo a voluntad. Lo que ayuda a reforzar la idea de lo cíclico, de la ausencia de linealidad, muy importante a nivel argumental y que constantemente asalta a nuestro entendimiento como espectadores que, por instinto, demandamos un hilo argumental unidireccional al que aferrarnos. Un planteamiento, un nudo y un desenlace que aquí se desdibujan en pos de una serie de puntos dramáticos clave que cobran diferentes sentidos en función de si observamos la obra por partes o en su conjunto. Como si de un gran lienzo se tratase, sin necesidad de principio, ni final, este cobra sentido.

Realmente el enfoque circular de la historia no fue el único de los grandes retos a los que se tuvo que enfrentar la producción de esta película. Como toda obra de ciencia-ficción, más aun cuando hablamos de una de nuestra época, se veía en la necesidad de ser original en el diseño de «lo alienígena». Así, La llegada planta esas características naves oscuras de aspecto falciforme y las llena con la majestuosa presencia que desprenden los misteriosos heptápodos. Cabe remarcar el especial hincapié que hizo Villeneuve en hacer tangible en la medida de lo posible todos estos elementos extraños, al rodar por ejemplo la mayoría de las escenas del interior de la nave en escenarios reales donde su director de fotografía, Bradford Young, pudiera hacer incidir la luz sobre todo ese material oscuro, pétreo, que se intuye esencialmente extraterrestre. Y es interesante ver cómo a diferencia de los ámbitos fríos, metálicos, más pulidos, a los que suele recurrir el género sci-fi, en esta película se apuesta por un acercamiento orgánico a lo alienígena, que no solo inunda las imágenes como hemos podido describir, sino que también atañe a la música. De contornos más suaves, no tan puntiagudos como los clásicos sonidos electrizantes, más artificiales, propios del género. La partitura compuesta por Jóhann Jóhannsson, además, utiliza una sucesión de notas reverberantes en las que es difícil diferenciar un inicio y un final, otorgándole ese sonido extraño, marciano, a la par que ahonda nuevamente en la idea de lo cíclico.

Todo estaba conectado. Y debía ser así. La creación de la lógica interna de un mundo nuevo es fundamental para sustentar una obra de ciencia-ficción. Pero no nos engañemos, porque las grandes obras de este género no son aquellas que mejor definen su mundo sino las que, en base al escenario especulativo que han montado, mejor acaban exponiendo la condición humana. La llegada, como objetivo fundamental y no como complemento, habla de nosotros: los pobres humanos abocados a una paradójica existencia. Impulsados a vivir aun a pesar de conocer lo trágico de nuestro destino. Eligiendo amar aunque acabe destrozándonos por dentro. Y conectados entre todos pero, a fin de cuentas, incomunicados. Abriendo una clara brecha y recordándonos que, aun habiendo transcurrido millones de años de evolución, seguimos siendo una especie sin una clara identidad y que nuestra capacidad de colaboración, aun levemente incrementada con el tiempo, sigue falta de mejora.

Como aquel monolito rodeado por los primeros hombres que nos planteó Kubrick tiempo ha, la cooperación entre individuos se nos presenta en esta obra como la clave de nuestro avance. Y al igual que los mejores profesores, Villeneuve además de dar la lección, instruye con el ejemplo, ofreciéndonos una película en la que ninguno de sus elementos es fruto de la casualidad. El diseño del lenguaje en forma de círculo, la presencia de gran animal marino de los heptápodos, los sonidos y las texturas orgánicas… todos nacen de la razonada discusión de unos artífices que han sabido escuchar y apreciar el trabajo de sus compañeros. Llegando incluso a sacrificar parte de su esfuerzo en pos de impulsar el de otro para conseguir que la obra, en definitiva, alcance las cotas más altas.

Como decíamos La llegada es una película atmosférica. Es una película colaborativa. Y para bien, es una película humana.




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Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 18 marzo, 2021
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Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 18 marzo, 2021

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