La crónica francesa (del Liberty, Kansas Evening Sun)
| Mantener la neutralidad periodística

Tras su periplo por la animación, Wes Anderson regresa a la gran pantalla con este nuevo largometraje en su realidad simétrica y colorida. Un título que aboga por el periodismo y se declara como una carta abierta al amor por esta profesión tan denostada.

El otro día leíamos una carta de Alberto Olmos hacia la importancia de sujetos como Carlos Boyero dentro del mundo del periodismo cultural. Aludiendo a lo vacío que se quedaba todo este nuevo ámbito de la crítica, según él, «de pega», con la pérdida del columnista de El País. Una columna que rozaba más la blasfemia que la realidad, y que en lo insensato de atacar a los mismos compañeros de profesión, se mostraba también poco veraz a la hora de retratar la precariedad que se vive en este ámbito del periodismo. Es coincidencia que diez días después de este escrito, Wes Anderson haya vuelto a la gran pantalla en forma de respuesta casi inmediata al artículo de El Confidencial. Retratando las carencias que sí hay dentro de esta profesión, pero más que lanzando cuchillos en todas las direcciones, proponiéndose relatar punto por punto la necesidad de encontrar el dónde, en el que la crónica no se vuelva cronicismo. El cine esta vez se abre como una revista, utiliza el texto periodístico como molde e introduce la narrativa como medio casi armamentístico. En este nuevo filme, el director estadounidense nos relata el último número lanzado de la revista La crónica francesa. Un medio de comunicación ficticio estadounidense, ubicado en una ciudad ficticia llamada Ennui —término usado en la psicología para describir una aburrimiento extremo, hecho que en este caso no se da—. Dicha gaceta cierra su histórica crónica con el obituario de su recientemente fallecido fundador Arthur Howitzer Jr. (Bill Murray). Como en un flashback hacia el pasado, se retorna al primer día de creación de este número, donde Arthur Howitzer Jr., aún vivo, está maquetando los artículos que van a complementarlo. Es así, que con un tablón plagado de chinchetas, el anciano cronista acompañado de sus ayudantes —entre los que se presentan algunas grandes estrellas como Elisabeth Moss— estructuran las secciones. Apartados que servirán como actos fílmicos y que subdividirán el largometraje. Desde casi un pequeño anuncio turístico protagonizado por Owen Wilson —que nunca puede faltar en una película de Anderson—, hasta una historia de poesía y rebeldía liderada por Frances McDormand y Timothée Chalamet; pasando por una convención artística de la mano de Tilda Swinton, quien relata la historia de un bohemio pintor —Benicio del Toro— y sus relaciones opresivas con su representante —Adrien Brody—. Una película que sigue el ejemplo de El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014) a la hora de relatarnos historias separadas que confluyen en un punto.

Una comparativa bastante acertada, que se mueve del mundo hotelero al universo periodístico. Modificándose el pilar fundamental de un lugar —el hotel Budapest— por un objeto —el último número de la revista La crónica francesa—. Artificios que sustentan narrativamente el guion escrito por Wes Anderson, basado en una historia coescrita por él mismo junto a Roman CoppolaHugo Guinness. Elecciones bastante inteligentes por parte de este director, que hacen que lo que parece insulso, termine siendo resolutivo. Quizá sí, y a modo de punto negativo, el dinamismo de esta obra sea menor que en el caso de otras historias del universo de Anderson y ello es debido a la intencionalidad de su fin. En este caso, la intensidad y el esnobismo que impera en lo francés es tomado por el cineasta para ejercer de espejo deformante. Y de esta forma, hace que la cursilería de lo intensamente gabacho termine por no esclarecer el punto álgido de sus historias. Se podría decir que se pierde un poco en revoluciones que no llevan a nada, en amoríos de estraperlo o en inusitadas historias de espías que ejercen de críticos gastronómicos. Entendiendo quizá que todo es un poco en objeto de burla, pero también desde el respeto, podríamos decir que el cine de Anderson hace lo de siempre, andar en la fina línea de lo que se salva de lo pedante aunque todo esté plagado de jactancia.

Un relato de amor al periodismo, que es consciente del declive actual del mismo y que expresa que las pautas antiguas que una vez sirvieron son las que siguen siendo útiles.

En cuanto al espectro emocional, podemos transmitir la buena labor de Robert D. Yeoman y Alexandre Desplat a la hora de contrastar lo fuertemente emotivo, con las situaciones un poco menos penetrantes. Por un lado, el ejercicio de fotografía describe su vademécum a la hora de aplicar el color y la posición para describir. Es así que siendo una película que menciona el pasado con un blanco y negro clásico, en situaciones donde los protagonistas perciben momentos estimulantes para sus sentidos, o en el regreso al presente de la redacción; la película torna a ser colorida. Con la tonalidad pastel propia de Anderson, aquí se utiliza lo monocromo para gran parte del relato, siendo el color lo exclusivo de lo vivaz: del gusto al probar un plato delicioso, de la expresión del arte o de la pasión dentro del amor. Si en El Gran Hotel Budapest el color era lo vital, aquí Yeoman hace que el color sea particularmente un recurso al alcance de pocos, una especie de constructo pocas veces asequible, pero sí existente. En cuanto a la colocación de la cámara, no vamos a decir mucho más porque ya se ha analizado hasta la saciedad la imagen del cine de Wes y aquí no es que haya modificaciones a destacar: una representación visual plagada de simetría y tendiendo a exponer lo vital en el centro. Nada nuevo, pero siempre efectivo. Por otro lado, el apartado musical a cargo del exitoso compositor francés se complementa con el trabajo de Jarvis Cocker, que en su recopilación Chansons d’Ennui Tip-Top recoge versiones de algunos de los grandes clásicos de la música francesa. Una combinación que ya había trabajado con Wes Anderson por separado, y que al unirse, crean un regalo auditivo. Un obsequio en todos los sentidos y hacia todos los sentidos, que se escuda en un grandioso reparto que no se luce mucho: las expectativas están realmente altas respecto a lo que significa tener un casting plagado de los mejores de Hollywood y es a los que nos suelen acostumbrar las películas del estadounidense. Que de tanta estrella, pasa a ser un cielo tan iluminado donde no se aprecian los matices oscuros. Es lógico que con un director tan reconocido, solo quieran trabajar los mejores, pero inundar la pantalla de cosas muy buenas no hace que una película sea mejor. Aunque eso no quita que los papeles estén mal descritos o interpretados, simplemente que esta tesis del Horror vacui interpretativo que impera en los grandes del cine debería calmarse un poco. Aun así la honestidad dentro de sus personajes, como hemos expresado justamente ahora, sigue manteniéndose y con esto llegamos al último punto de este texto y la temática central del filme: la pasión de los profesionales por el periodismo y su huida hacia adelante de lo que significa el periodismo y la crítica cultural hoy en día.

En un momento de la película, el personaje de Bill Murray expone a un redactor el siguiente enunciado: «Tú solo escríbelo como si lo hubieras hecho a propósito». Es importante recordar que el periodismo y, más en concreto, la crítica y la columna tienen un sentido de conveniencia para el que lo escribe y siempre hay que contar, aunque duela, que la convicción de cierto público es uno de los principales objetivos de éste. Es lógico pensar que el papel que interpreta Carlos Boyero dentro de la crítica de este país es una performance necesaria, pero que ese papel convenza a algunos no significa que sea una verdad absoluta. Tampoco es una evidencia total que hoy en día todos los articulistas se vendan al mejor postor, ni mucho menos que sus relatos carezcan de personalidad y sentido crítico. Lo que realiza Anderson aquí, es la ejecución de una forma de entender el periodismo desde un punto más céntrico, que no se sesga en virar a un lado u otro de la balanza, si no que más bien le responde a Alberto Olmos, recordándole que antes de la acidez y el sentido de la provocación, existe el rigor informativo y la neutralidad periodística. Es importante recordar que a la hora de escribir un texto periodístico, el alter ego no puede fagocitar al redactor. Es así que en esta obra, apreciamos que sus personajes no están por encima de lo que escriben. Esto se traduce en que, posiblemente, no termines recordando el nombre de cada columnista —como se puede apreciar, los hemos descrito en su mayoría por el nombre del actor o actriz que los interpreta—, pero sí te vendrán a la cabeza detalles escogidos de esas cuatros historias en la última tirada de La crónica francesa. Enfocados en la situación personal de cada uno, que hace lo que puede dentro de sus posibilidades, aunque estas se muestren, en muchas ocasiones, precarias. En definitiva, La crónica francesa (del Liberty, Kansas Evening Sun) (Wes Anderson, 2021) es un relato de amor al periodismo, que es consciente del declive actual del mismo y que expresa que las pautas antiguas que una vez sirvieron, son las que siguen siendo útiles. Pese a que cada vez se haga más grande la estela de una vertiente informativa y de opinión que solo se decante por el espectáculo y los malabarismos, también hay que recordar que estas mismas se venden como serias y consolidadas. Y, a veces, los engaños cuelan, pero en otras muchas ocasiones solo se ven tiras llenas de verdades absolutas y lamentos. «No Crying» es el eslogan que cuelga del despacho de Arthur Howitzer Jr. y, para escribir, ese es el principal mantra.




Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 24 octubre, 2021



Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 24 octubre, 2021

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