La cosa (El enigma de otro mundo)
| ¿Por qué no esperamos aquí un rato a ver qué ocurre?

El filme del maestro del terror rompió con los convencionalismos del género de acción de la época gracias a su sentido del realismo y a su enfoque terriblemente pesimista de lo desconocido, rozando el nihilismo más amargo en el que la paranoia es reina.

En un lugar a la izquierda de la puerta de la planta alta de la Quinta del Sordo se dejaba ver la cabecilla de un pobre perro representada entre un océano de marrón y ocre. Si bien las otras paredes de tan lúgubre morada recogían los demonios reales y figurados de Francisco de Goya, en este hueco solo había vacío. Y un perro. Y con él, las preguntas nacidas de la falta de perspectiva, de contexto: «Dónde está?», «¿qué está mirando?», «¿a qué espera?». No es fácil mantenerle la mirada a esta pintura. La sensación de soledad y de desconcierto se va inyectando en uno sin ser prácticamente consciente de ello, gracias a la incertidumbre reflejada en los ojos pacientes y tiernos propios de un animal perdido. En último instante, la esquina inofensiva se torna amenazante. Las dudas y la angustia hacen más profundo el vacío si cabe. Y lo que antes era solo un perro, ahora es algo más.

Cómo iba la cosa

En 1981 John Carpenter acababa de estrenar 1997: Rescate en Nueva York. Ya con cierto bagaje a sus espaldas, cinco películas de bajo presupuesto a su cargo y algún que otro éxito de taquilla, las productoras y más concretamente la Universal empezaron a considerar su apellido para firmar un producto mayor. Es así como llega a sus manos la propuesta de readaptar aquel relato corto, hito en la ciencia ficción, titulado Who Goes There? (John W. Campbell Jr., 1938), que narraba el incidente sufrido por un grupo de científicos en la Antártida cuando estos se encuentran con una nave espacial y con su tripulante: un ser cambia-formas capaz de adoptar de manera idéntica el aspecto de cualquier ser vivo, dejándoles con la duda de que quizá uno de ellos sea en realidad un intruso. Decimos readaptar porque previamente ya se había gestado una adaptación cinematográfica de dicho relato producida por el mismísimo Howard Hawkes (hablaremos más adelante de ello), pero el caso es que a Carpenter le fascinaban el relato y la película por igual y todavía veía en esa historia suficiente jugo por exprimir como para embarcarse en el proyecto. Gracias a la ayuda del productor John Lloyd, los semáforos se pusieron en verde, y este director comenzó a reunir al equipo que daría a luz a La cosa (El enigma de otro mundo) (John Carpenter, 1982), su Cosa, iniciándose así la preparación más larga para una película que Carpenter había y ha afrontado jamás.

En los storyboards de Rob Bottin ya se apreciaba su concepto de monstruo informe nacido de todas las apariencias que había asimilado.

Más de un año después la película llega a los cines y lo hace a las dos semanas de que Steven Spielberg robe el corazón de medio mundo con la ayuda de su E.T., el extraterrestre (1982). Semejante panorama de bondad y de buen rollo entre humanos y alienígenas es el escenario en el que Carpenter se ve obligado a plantar la semilla de la duda y la desconfianza. Aunque siendo sinceros no es el único ámbito en el que esta obra disiente. La cosa (El enigma de otro mundo) de John Carpenter rompió con los convencionalismos del género de acción de la época, alejándose de tonos ligeros más afines a la comedia y el espectáculo barato, sustituyéndolos por una perspectiva circunspecta, capaz de tomarse en serio a sí misma. Todo esto, que supuso el más que inevitable fracaso en taquilla de la cinta, paradójicamente es lo que la ha preservado en el tiempo y la ha colocado como la obra de arte y culto que es a día de hoy.

Es todavía más curioso pensar que a pesar de su mala recepción, La cosa (El enigma de otro mundo) es sin duda un producto de su época, al tener esa visión terriblemente pesimista, rozando el nihilismo más amargo en el que la paranoia es reina. Siendo este último uno de los conceptos en los que Carpenter quiso hacer más hincapié, buscando paralelismos con la epidemia de sida que empezaba a combatir el mundo por aquel entonces. Las dudas de no saber a qué se enfrenta uno, cómo se transmite la amenaza y quién está infectado eran (y desgraciadamente hoy en día son) la fuente de la angustia de millones de personas. Por lo que tratar el tema desde lo terrenal y lo científico, más que un capricho, era una obligación.

Las cosas claras

El realismo de esta obra requería, tal y como hemos explicado, de sentar unas bases de tono y enfoque excepcionales para acabar resultando creíble, sin embargo, la historia que manejaba, simple desde una perspectiva objetiva, gana y se enaltece por los pequeños detalles. Por ejemplo, Carpenter insistía en la necesidad de utilizar un plantel de actores exclusivamente masculino. Algo ni mucho menos baladí, ya que con ello conseguiría la uniformidad necesaria en este grupo de investigadores para construir una atmosfera de sospecha y desconfianza. A ojos de cualquiera, incluido de ellos mismos, todos son iguales. En intenciones claras y ocultas. En humanidad e inhumanidad. En inocencia y culpabilidad. Entre la paranoia fruto del casting ideal, Kurt Russell, mano derecha de Carpenter, interpreta a MacReady, un pobre hombre que se ve forzado a destacar en el grupo y a tomar las riendas de la situación, porque la seriedad del asunto y el caos a su alrededor así lo requieren. Algo tremendamente inusual porque Russell, acostumbrado a sus anteriores héroes caracterizados por la chulería y los chascarrillos, ahora se veía relegado a registros mucho más discretos.

No se puede pensar en esta película sin que esa argamasa de dientes, pelo y ojos donde todas las pesadillas se comprimen y se mezclan se nos pase por la cabeza para generarnos una angustiosa pero clave incertidumbre.

Pero Russell no era el único que repetía. Uno de los puntos clave de esta película fue reclutar a Rob Bottin, creador de efectos especiales y de maquillaje, que por aquel entonces era un joven fan incondicional de La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) que había visto la oportunidad de su vida al poder trabajar en La niebla (John Carpenter, 1980). Carpenter, convencido del amplio potencial de este melenudo muchacho, volvió a confiar en él para darle forma a la amenaza que se traía entre manos. Alejado de tendencias, Bottin desarrolló el concepto novedoso de prescindir de una forma concreta para el monstruo y diseñarlo en base a todas aquellas criaturas que el ser había imitado previamente. La Cosa era todo y nada al mismo tiempo. Pero esta idea solo cobró sentido gracias a su trabajo como constructor de animatrónicos y perfeccionador de maquillaje, en el que lo orgánico y lo tangible no reñían con lo inaudito. No se puede pensar en esta película sin que esa argamasa de dientes, pelo y ojos donde todas las pesadillas se comprimen y se mezclan se nos pase por la cabeza para generarnos una angustiosa pero clave incertidumbre.

Un concepto también trabajado desde el ámbito de la selección de localizaciones, que se decantó por los terrenos de Alaska y principalmente la Columbia Británica, en busca de ambientes desolados, monotonales, capaces de infundir el aislamiento y la hostilidad necesarias. Cabría además mencionar los sutiles matte paintings (técnica en la que se dibujaban parte de los escenarios en un cristal que se superponía a la lente de la cámara) tan bien integrados en el film para dar presencia a la nave espacial, donde se iniciaron todos los problemas. Especialistas a los que se les prendió fuego de verdad, explosiones controladas, perros intérpretes minuciosamente entrenados, la temperatura glaciar… son otros pormenores a los que sin duda prestaron especial atención y que, como decíamos, hacen de La cosa (El enigma de otro mundo) una vivencia más que un relato desde el punto de vista del espectador.

Una cosa lleva a la otra

Algunos recordarán que hace tan solo seis años, Quentin Tarantino presentó su octava película: Los odiosos ocho (2015). En su segundo wéstern, Tarantino, que no había tenido suerte previamente, volvió a suplicar una vez más al legendario compositor Ennio Morricone una partitura para su película. Este, ya un tanto harto de las constantes peticiones, acabó cediendo y sorprendentemente ganando su primer premio de la Academia (quizás con algo de retraso) por ese trabajo. Lo curioso de todo esto es que la película trataba de un grupo de variopintos personajes que quedaban atrapados en una cabaña en medio de una ventisca con la incertidumbre de desconocer si aquel que tenían al lado era realmente quien decía que era. Y que la partitura compuesta con algo de desgana por Morricone no era ni más ni menos que una serie de temas descartados para una película en la que había trabajado casi cuarenta años antes: La cosa (El enigma de otro mundo) de John Carpenter.

En El enigma de otro mundo el monstruo no tenía la capacidad de imitar a otros organismos y su diseño se acercaba mas al del Frankenstein clásico.

Hablar de las influencias de este film es casi inabarcable, más que nada por la bidireccionalidad del tema en sí mismo. En 2011 a Universal se le pasó por la cabeza hacer un remake de La cosa y lógicamente corrió la sangre. Algo un tanto insólito ya que la película de Carpenter era en sí misma un remake de El enigma de otro mundo (Christian Nyby, Howard Hawkes, 1951), la primera adaptación del relato de Campbell, mencionada previamente. Pero hay que ser claros. Si bien es cierto que Carpenter procuró mantener el estilo visual de esa película en lo concerniente a su lado de ciencia-ficción, su obra supone un giro de casi 180 grados con respecto a la original: se centró en la paranoia generada por la habilidad de imitación del monstruo —algo de lo que carecía el ser de la película de 1951— y además decidió sustituir su enfoque mas expositivo y clásico —basado en un tono ligero casi de aventuras con personajes y tramas arquetípicas— por uno caracterizado por lo austero y lo realista.

El remake de 2011, por otro lado, se planteó en realidad como una precuela de la cinta de Carpenter que describiría los acontecimientos previos a la llegada del perro-cosa al grupo de investigadores, centrando su trama en el campamento noruego que sufrió el primer contacto con la criatura. Sobre el papel esto era así, pero La cosa de Matthijs van Heijningen Jr. a niveles generales se limitaba a recrear con ligeros matices la estructura de La cosa de Carpenter, parándose un poco más en la espectacularidad y la acción derivada de unos efectos prácticos mezclados con un CGI puntero que paradójicamente le restaba ese toque de incertidumbre y tangibilidad que sí tenían los imperfectos animátronicos de Bottin. De un modo poético, esta nueva versión de La cosa no suponía más que una imitación bastante convincente de la previa, pero que, en los detalles, se revelaba lo ajeno de su naturaleza. No es algo que molestase al propio Carpenter. En cuanto se le informó de la idea de retomar su obra tantos años después, él mismo cedió la batuta a los jóvenes y simplemente les deseó la mayor de las suertes. Un movimiento sabio proveniente de alguien conocedor de sus propias virtudes y más aún del azar al que estas quedan expuestas. Porque aún habiendo dado mil y una razones por las que La cosa es la extraordinaria obra que ha encandilado a varias generaciones y a la que aspiran otros tantos cineastas, en ella todavía queda el resquemor de la duda y el misterio que la hace un fenómeno prácticamente inexplicable.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 20 julio, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 20 julio, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?