Kate
| Viaje lisérgico a los infiernos

Mary Elisabeth Winstead protagoniza esta extraña y fantasmagórica tragedia de acción dirigida por Cedric Nicolas-Troyan, que entrelaza con habilidad una surrealista meditación sobre la muerte con un festival de brutalidad y violencia gráfica.

Al hablar de Kate (Cedric Nicolas-Troyan, 2021) parece imposible no hablar de a todas las cosas a las que se parece. Actores que se pasan a protagonizar películas de acción buscando un revulsivo a su carrera cuando envejecen (algo que en la industria, como no se denuncia lo suficiente, pasa mucho más rápido a las mujeres que a los hombres) es tan habitual que parece un cliché. Y si el epítome de esta vieja tendencia parece ser Keanu Reeves con John Wick: Pacto de sangre (Chad Stahelski, 2017), solo es posible imaginar que el enorme éxito de la franquicia de Reeves y Stahelski pronto generaría su retahíla de imitadores contemporáneos. El estilo de John Wick parece haber inundado el cine de acción actual, con sus escenarios semifantásticos entre la sombra y el neón y su uso de coreografías de acción mucho más cuidadas y estilizadas a la vez que brutales e inventivas, por influencia sin duda del cine de artes marciales del sudeste asiático de esta última década, pero también por obra de quien fue el coordinador y coreógrafo de la saga Matrix, el propio Stahelski. Que hayan surgido imitadoras por doquier no tiene por qué ser una mala noticia, pues parece que el tono fantástico, tanto en los universos surrealistas como en la coreografía inverosímil, es un aliado mucho más potente del cine de acción que la ambientación gris de thriller político y la insufrible shaky cam que puso de moda El caso Bourne (Doug Liman, 2002), sin que ninguna de sus imitadoras pudiera ofrecer mucho más que un mareo grandilocuente. De todos los vástagos pulp que ha inspirado John Wick, es imposible no hacer mención a dos películas, ambas producciones de Netflix de este año, con una descripción escalofriantemente similar. Se trata de, por un lado, la rimbombante Gunpowder Milkshake (Cóctel explosivo) (Navot Papushado, 2021) de Karen Gillan y la propia Kate, con Mary Elisabeth Winstead a la cabeza. Como veremos, la película de Winstead sale ganando en la comparación.

Por lo pronto es tan solo necesario reparar en sus diferencias, pues a pesar de sus similitudes de guion Kate es una película con un tono diametralmente opuesto a la desenfadada y un tanto chorra Gunpowder Milkshake (Cóctel explosivo). Sus premisas así lo indican. Kate se centra en una epónima asesina a sueldo, interpretada por Mary Elisabeth Winstead, que busca abandonar una vida entera matando a sueldo de la yakuza en Osaka. Pero sus esperanzas se frustran cuando es envenenada, y con menos de un día de vida y su cuerpo deteriorándose con rapidez, Kate se lanza a una cruzada sangrienta contrarreloj para destapar la conspiración de quienes han ordenado su muerte. Si el planteamiento recuerda a Crank: Veneno en la sangre (Mark Neveldine, Brian Taylor, 2006) en tanto que ambas son carreras contra la muerte, ahí es donde se acaban las comparaciones. En lugar de usar la premisa como excusa de todo tipo de bromas grotescas y barbaridades inventivas, Kate se compone como un viaje órfico, mientras el cuerpo menguante de nuestra protagonista se va apagando y, como un verdadero fantasma, la asesina ha de dejar las cosas cerradas antes de pasar al Otro Lado.

Kate demuestra una inusitada combinación de acción salvaje y estilo.

En esto consiste, sin lugar a duda, la enorme fuerza narrativa de Kate. Presentada como un descenso a los infiernos, la tarea trágica de una protagonista condenada a morir en menos de un día se entrelaza a la perfección con la sucesión frenética de brutales escenas de acción que muestran una gran influencia del cine de acción oriental. Todo ello asume una cualidad fantasmagórica entre las luces de neón y el k-pop a todo trapo, con una intensidad vaporosa y casi apagada, un aura brillante que contrasta y a la vez se integra en un telón de fondo de espacios grises y depresivos que muestran una gran estilización minimalista a la vez que oscura y nihilista. Una serie de elecciones estéticas que nos sumergen en un universo imaginario cercano a las claves de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y el ciberpunk que en gran parte el clásico de la ciencia ficción inauguró: el eclectismo cultural, la influencia oriental, la megaurbe oscura y nocturna como ineludible escenario existencial contemporáneo. Pero lo más sugerente de Kate es que, en lugar de despertar una cierta celebración por la heterogeneidad alucinatoria del ciberpunk clásico, al cual parecemos regresar con especial obsesión últimamente, no hay en la semifantástica ambientación de Kate ni un ápice de fascinación ni impulso por disolverse en el torbellino cultural de la megaurbe moderna. Por el contrario, la tonalidad afectiva de Kate se encuentra más cerca del reensamblaje de la estética del neón por parte del vaporwave, su visión más asfixiante y pesimista, más cercana a la depresión que a la esquizofrenia, más apropiada para nuestros tiempos que una estética nacida en los años ochenta.

Un viaje lisérgico hacia el más allá repleto de fantasmas, demonios y espíritus de rostro amigable.

Nada de ello significa que Kate sea una película nihilista en sí, si bien es indudablemente trágica. Enfrentados a la seguridad de la muerte de nuestra protagonista desde el principio, lo que podemos creer que será una satisfactoria historia de venganza comprimida en el tiempo acaba convirtiéndose en todo un viaje psicodélico por las etapas del duelo de la confrontación con la propia muerte. La precaria alianza de Kate con Ani (interpretada por Miky Martineau), la joven hija de un jefe de la yakuza, comienza como un paso más en su senda de venganza pero finaliza como un ejercicio de aprendizaje a toda velocidad para ambas, que hacen florecer, gracias ante todo a la labor de ambas actrices, una relación de solidaridad y empatía intergeneracional que comenta si cabe más sobre la necesidad de este tipo de lazos. Con todo, Kate resulta ser una profunda meditación sobre la muerte, tanto sobre la aceptación de la seguridad de la propia muerte que nos adolece a todos, pero también la muerte que Kate hace llover sobre sus enemigos como todo un Ángel Exterminador de habilidades sobrehumanas. Ahí yace el nudo gordiano de la película, el entrelazamiento de la tragedia de la muerte inminente de Kate y las gloriosas escenas de acción que nos ofrece su frenesí asesino. Gran parte el dilema de si entramos en el viaje que nos propone supondrá en qué medida encontramos esta yuxtaposición sugerente.

Mary Elisabeth Winstead y Miku Martineau forman la extraña e improbable pareja que da vida a la película con sus contrastres y sus sorprendentes afinidades.

Una cosa que el film tiene a su favor es su extraordinario elenco, empezando por la aparición de emblemáticos actores del cine japonés como Jun Kunimura y Tadanobu Asano, a quienes las audiencias occidentales ya conocemos por su aparición en la saga de Kill Bill y el Universo Cinematográfico de Marvel respectivamente, pero a quien el carácter más independiente del film ofrece más espacio para brillar. Woody Harrelson parece que puede fallar, incluso cuando encarna quizá al personaje menos desarrollado de la película. Harrelson tiene de sobra experiencia para hacer pasar un papel que tenía el peligro de ser enteramente insustancial a una presencia sin duda amenazante y misteriosa dentro de la triangulación de aparentes amigos y posibles amenazas que rodean a la protagonista. Sin duda el descubrimiento de la película es Miku Martineau, que ofrece un esfuerzo extraordinario para una actriz sin experiencia, pero que también se beneficia de una caracterización muy fina que se evita las parodias ridículas o los intentos patosos de llamar la tención de las nuevas generaciones que en ocasiones caen este tipo de personajes. Su caracterización es por el contrario mucho más honesta y respetuosa por su audiencia joven de lo que cabría esperar, y permite al personaje ser más proactivo e independiente que lo que le ocurre a su personaje análogo en Gunpowder Milkshake (Cóctel explosivo), donde la Gillan es acompañada por una actriz mucho más joven. Es una historia que sin duda hemos visto multitud de veces: el camino del veterano héroe de acción cruzándose con el de un niño inocente al que poder rescatar de una situación comprometida, una variante alargada de lo que comúnmente se conoce como «salvar al gato»: una acción en principio innecesaria que permite a nuestro protagonista demostrarse como buena persona frente a la audiencia.

Aquí la historia es muy diferente, y no solo por la actuación y la caracterización del personaje de Miku Martineau, sino también por la propia transición compleja de Kate por su camino hacia los infiernos. En este punto, es imposible evadir el elogio de Mary Elisabeth Winstead, quien eleva la película por encima de una copia mediocre de John Wick y la convierte en todo lo que es. Winstead se enfunda en la piel de Kate y firma una enorme interpretación, desde los pequeños matices de cómo sufre su descomposición corporal por el envenenamiento hasta su brutal y desgarradora habilidad como super-antiheroína de acción, un tipo de papel que parece encajar a la perfección en este momento de su carrera y le da la oportunidad de brillar como nunca. Nada de esto era una apuesta segura, ni para Netflix ni para Winstead, que firman una película que es realmente enigmática y en ocasiones desconcertante, que no tiene sus pocas imperfecciones pero cuya multitud de ambiciosas premisas y grandes aciertos en la ambientación y en la narrativa, transforman lo que podría haber sido una desenfadada y perfectamente olvidable película de acción de streaming —como hasta cierto punto le ocurre a Gunpowder Milkshake (Cóctel explosivo)— en todo un viaje lisérgico hacia el más allá repleto de fantasmas, demonios y espíritus de rostro amigable. Si lo que se espera es lo primero, no se encontrará demasiado de valor en Kate. Si por el contrario aceptamos embarcarnos en esta extraña travesía por una Laguna Estigia entre las luces de neón y las salpicaduras de sangre, Kate es sin lugar a duda de lo más original, refrescante, salvaje y fabuloso que hemos visto en mucho tiempo.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 29 septiembre, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 29 septiembre, 2021

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