Judas y el mesías negro
| El retrato histórico que necesitábamos recordar

El dream team de productores Shaka King, Charles King y Ryan Coogler reconstruye los últimos años de la vida de Fred Hampton, una figura fascinante que la historia americana a menudo olvida, pero a la que le debe mucho más de lo que se suele contar.

No es difícil observar que ciertos tipos de personajes siempre han recibido más atención que otros a la hora de realizar una biopic. Hollywood siempre ha pecado de buscar fórmulas que apelan a una parte del público que no tiene en cuenta la realidad cultural y étnica americana. Por ello, cuando nominan a varios Óscar a un film centrado en la figura de Fred Hampton (Daniel Kaluuya), la ocasión merece ser celebrada. Más que seguir la perspectiva de este icono, presenciamos la historia desde el punto de vista de quien se ganó su confianza para luego traicionarlo, el Judas del título: William «Bill» O’Neal (LaKeith Stanfield). Un ladrón de coches sin ninguna ambición en la vida (aunque con un historial criminal más largo de lo que vemos) que un día es capturado por el FBI, del que recibe una oferta. Verá su sentencia reducida si colabora aportando información que ayude a inculpar a Hampton, que es presidente de la delegación en Chicago de los Panteras Negras. Así comienza su alianza con el agente del FBI Roy Mitchell (Jesse Plemons), contribuyendo a una operación para tumbar a los Panteras orquestada por nada menos que el director del buró J. Edgar Hoover (Martin Sheen).

Es una gozada ver a Daniel Kaluuya en el que sin duda es uno de los papeles que definirán su carrera, y que lo convierte en un potente candidato al Óscar. Su mímesis con el revolucionario es casi total. La forma en la que ha adoptado su idiolecto es exacta. Y es precisamente ahí donde puedes estar caminando sobre la cuerda floja cuando interpretas a una personalidad que encontraba en el habla sus habilidades más convincentes. Fred Hampton era un hombre del pueblo. Conectaba con la gente no solo por sus ideas, sino por cómo las transmitía. Su elocuencia y su ritmo se combinaban con la sencillez de sus términos, conservando la lengua vernácula afroamericana que todos hablaban en los barrios, en casa, en los espacios sociales, etc. Mediante este uso del lenguaje, el revolucionario transformaba la realidad social. Sus discursos eran la clave para entender no solo el mensaje de su partido, sino también qué era lo que temían las autoridades (mayoritariamente formadas por blancos) así como las tácticas sucias que utilizaron estas últimas para deformar dicho mensaje y caer en el «topicazo» de «los extremos se tocan», igualando a los Panteras con el KKK. Irónicamente, era este último el que contaba con afiliados entre la policía y los líderes políticos. Pero ese era el orden social a preservar por parte de los enemigos de los derechos civiles.

El histórico logro de unificar a Panteras, rednecks y puertorriqueños costó más de lo que cuenta la película

El magnetismo de Fred Hampton engancha a Bill O’Neal, quien se ve en la clásica situación del doble agente que tiene que probar su lealtad a ambos bandos y se mete en situaciones en las que salva el pellejo por los pelos. Atrapado entre su compromiso con el FBI  y el mensaje humanista de Hampton, Bill da bandazos entre sus obligaciones. Su conflicto interno le produce una tensión difícil de soportar que LaKeith Stanfield transmite con autenticidad, poniéndonos de los nervios cada vez que lo vemos titubear. Nos crispa con sus miradas furtivas hacia otro lado, como si instintivamente buscase una salida. No es de extrañar que el actor comentara que necesitó terapia después de grabar la peli. Quizá la mejor expresión de esta dualidad es el choque entre la convincente retórica enérgica de Hampton y la impasiva autoridad paternalista del FBI, palpable más que nunca en la escena del discurso Hampton al salir de la cárcel. Sí, el de kill a pig. Mientras escuchamos este duro mensaje, vemos el intenso duelo de miradas entre Bill y Mitchell. La forma en la que el segundo mira, con una sonrisilla de «Ya te lo dije», le pesa a nuestro Judas, más consciente que nunca de la encrucijada moral en la que se encuentra. 

Judas y el mesías negro es un tesoro cultural, además de una obra de cinematografía ejemplar.

Pero Mitchell no está por encima de la mala interpretación de la información. El mensaje de kill a pig no es literal, y resulta muy fácil para un observador externo sacarlo de contexto. Una de las claves de la película es servir en bandeja al espectador este cebo para que pique y se decepcione con Hampton. Pero como más adelante nos damos cuenta —en la escena en la que Bill ofrece explosivos C4 a Fred—, las cosas no son tan literales como parece. El contexto da sentido al mensaje, unifica porque es un mensaje de clase, y en el mismo estrato se encuentran los que fueron traicionados y desprestigiados por el sistema, incluso perteneciendo a distintos grupos étnicos: no somos tan diferentes, el sistema nos hace creer que lo somos, perpetuando conflictos entre nosotros (incluso entre unos negros y otros) impidiéndonos luchar contra el clasismo y desmantelar las estructuras sociales que nos mantienen en la pobreza. 

J. Edgar es una figura sobre la que se está pidiendo mucha revisión por lo que hoy sabemos de sus métodos.

Construidas por blancos, a ellos también les afectan según el escalafón social. Por lo tanto, kill a pig no busca cometer asesinatos, sino desmantelar el sistema, del que la policía es el principal instrumento para imponer su control de las clases bajas. Por esto el FBI consideraba a Hampton peligroso: se sentía amenazado si los de abajo tomaban conciencia. Así es que los federales intentan poner a los Panteras Negras contra los Crowns (banda rival en el territorio de Chicago) con falsa propaganda, intentando que suene como si hubiera sido escrita por los primeros. Para ello, el lenguaje es su materia prima. Pero hay una gran diferencia entre el que aparece de forma natural en una comunidad, y la mera apropiación. En este último caso, vemos a los agentes blancos discutiendo cómo se dicen ciertas palabras porque para ellos esto es un juego, una burla con la que sentirse superiores. El lenguaje es la vía de acceso a una identidad cultural, pero aquí vemos lo que ocurre cuando se toma como un mero exotismo, algo nuevo traído por otros. Se usa como una parodia vacía, sin sentido, con las palabras seleccionadas para ser usadas como armas arrojadizas.

No solo es significante ser conscientes de esto para entender las manipulaciones del buró para provocar conflicto entre los grupos organizados, sino también para conocer el contexto histórico y cultural de la época. Black era una palabra que hasta entonces no era frecuente para referirse a la población afroamericana. Se les llamaba niggers en la esclavitud. Una palabra de origen latino, impuesta por los esclavistas, haciendo referencia a lo que estos consideraban inferioridad intelectual. Tras la emancipación, se popularizó el uso de las palabras negro (así en inglés) y colored, que duró hasta esta época aproximadamente. Sin embargo, estos términos provenían de fuera de la comunidad negra, así que los activistas e intelectuales por los derechos civiles, basándose en menciones anteriores de la frase black power, recuperaron no solo ese lema, sino que usaron black para referirse a su comunidad. Ahora existía una palabra de connotaciones positivas y proveniente de dentro del demográfico. Interesante relacionar esto con el título original de la cinta, que menciona al Black Messiah. La elevación de la cultura negra queda unida a la figura de Fred Hampton desde el primer momento.

Poco se cuenta en nuestras pantallas la labor social de los Panteras Negras, una de sus mayores contribuciones a las comunidades de color.

Pero no es que Hollywood haya hecho grandes esfuerzos para contar las historias de las personalidades negras que tuvieron gran relevancia en la historia americana. La narrativa que nos han vendido es la de los polis y los federales como héroes, con J. Edgar Hoover como figura emblemática, cuando fue él quien articuló la estrategia para tumbar a los Panteras, manteniendo el orden social usado para oprimirlos. En Judas y el mesías negro, los blancos conspiran contra los negros para acabar con su movimiento, mientras los acusan públicamente de ser ellos los conspiradores contra el sistema. Podemos ver otro de los grandes «tentáculos» de esta estrategia a nivel nacional en El juicio de los 7 de Chicago (Aaron Sorkin, 2020), donde el Fiscal General de los EEUU usa un ardid para encarcelar al presidente de los Panteras Negras y tumbar los derechos civiles para la nueva administración NixonAsí se blanquea la historia. Nos venden esta narrativa y nos la tragamos porque carecemos de referencias culturales que nos ofrezcan contraste. Judas y el mesías negro nos recuerda la grave falta de perspectiva, equilibrio, objetividad, hechos e historias que constituyen la compleja realidad racial de los EEUU y a qué tretas han recurrido las élites para mantener su poder.

Bill O’Neal no es una figura muy conocida en la historia americana, y menos en las interpretaciones que de ella hace Hollywood. Recibió su recompensa y tuvo que ser incluido en el programa de protección de testigos. Se le entrevistó para un documental, pero hasta Judas y el mesías negro no se había contado su historia en la gran pantalla. El FBI se atribuyó el mérito, asesinando a sangre fría a Hampton en medio de la noche y montó la justificación del homicidio. Este es el punto sobre el que pivota toda la película. Estas manipulaciones siguen presentes en nuestros medios a diario. Y por eso somos responsables de desaprender nuestras imposiciones culturales y reaprender la historia con más información, análisis y contraste.

Por estos motivos, Judas y el mesías negro es un tesoro cultural, además de una obra de cinematografía ejemplar. Shaka King ha creado un drama histórico de gran autenticidad (salvo algunos detalles por los que pasa demasiado rápido) y poblado por personajes complejos, cada uno con su conflicto interno en un guion de sorprendente complejidad política en lo que termina siendo una especie de «anti-biopic»: una película biográfica pero no abarcando una larga historia desde los comienzos de los protagonistas, sino centrada en una época clave cargada de hechos reveladores.




Texto de David Muiños García | © laCiclotimia.com | 6 abril, 2021



Texto de David Muiños García
© laCiclotimia.com | 6 abril, 2021

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