Interiores
| Ingmar Bergman y el psicoanálisis

Woody Allen realizaba en 1978 esta incursión, tras llevar muchos años dedicado a la comedia, en el drama con tintes sobrios y trágicos. Una gran película capaz de contar nuestra vida en la actualidad más de lo que pudiéramos sospechar.

En 1989, tan solo once años después del estreno del filme a considerar, Woody Allen escribía para Historias de Nueva York (Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Woody Allen, 1989) la comedia de mediometraje Edipo reprimido, junto a otros dos llamados Apuntes al natural, dirigido por Martin Scorsese con un Nick Nolte en estado de gracia, y el irregular Vida sin Zoe, realizado por Francis Ford Coppola. El filme en su conjunto pudo interpretarse durante incluso sus pases televisivos como una celebración en plenos noventa de la innovación que supuso en Estados Unidos el cine de los setenta, algo que periodistas como Peter Biskind han ido constatando en sus artículos y ensayos por activa y pasiva. Tal vez por películas como Interiores (Woody Allen, 1978) en un primer momento el espectador sienta cierto desapego emocional, ya que como en el caso de algunos filmes de su idolatrado Ingmar Bergman, a quien aquí homenajea, nos muestra la cruda realidad de una familia en proceso de descomposición, una familia que si se tomasen acaso las cosas más a la ligera podría tener motivos para encontrar luz ante tanta oscuridad psicológica, que es la que cierne las personalidades de tres hermanas (Joey, Renata y la más episódica Flyn) sobre todo sobre el locus de una de ellas, Joey que si bien podría conectar con Renata, ve herido su centro el día que el padre de las tres decide separarse de su madre Eve, causándole un dolor irreparable, del que solo Joey en justa correspondencia según Renata, debe hacerse cargo.

Hablábamos de Edipo reprimido porque Joey, tal y como señala en su artículo de la revista Código Cine Ricardo Sánchez Ramos, sufre una suerte de sintomatología edípica (lo de Electra no es más que una variación del mismo concepto) que se explica a través no solo del exagerado amor de ella, sino por la sobreprotección del padre sobre la hermana menor, un amor causal basado en el capricho tóxico; Joey además es aquí convertida en títere de una Renata que a edad temprana se fue con su novio Frederick (hoy novelista de éxito, pero frustrado y alcoholizado) a Connecticut, para retomar sus carencias de cariño familiar infantil a través de unos poemas que le han dado prestigio y éxito, pero solo eso. La película es espléndida menos en virtud de lo técnico que sobre todo del trabajo de guion, cámara y montaje, a sabiendas de que Gordon Willis entiende la fotografía desde lo lúgubre de una manera casi perfecta (a la película le falta muy poco para ser de un blanco y negro forzado, utilizando sin embargo el blanco de esas paredes interiores desde esos tonos comentados), el guionista Allen es capaz, con excepción de alguna escena más peliaguda, de jugar a la contención y el silencio con el propósito de hablarnos de esa familia como si fuera la nuestra, así como la sobriedad en la moviola de Ralph Rosenblum.

Por otro lado, es importante señalar que el motivo de estas desavenencias entre hermanas, que probablemente empiecen desde una actitud de adolescencia existencial, no se dan en Flyn, la primera en independizarse —que es actriz, y durante el metraje que nos ocupa es denostada por ambas y poco respetada por Fred como intérprete que está rodando en las montañas de Colorado un filme importante—, por lo que el espectador tiende finalmente a sentir lástima por Joey y antipatía hacia una Renata interpretada por Diane Keaton, que la boicotea menos por decisión propia, sino porque terceras personas tratan de decidir por ella. Se nos muestra así una intimidad, como la protagonizada en realidad por Joey, oscura y solitaria; la composición y el estatismo de muchos de los planos recuerda igualmente a las pinturas de Edward Hopper, quien gracias también a películas como esta obtendría si cabe un mayor prestigio en el imaginario colectivo de otros creadores.

En la época más de Eric Lax que de David Evanier, se trató de hacer una tríada con esta película junto a Septiembre (Woody Allen, 1987) y Otra mujer (Woody Allen, 1988); esta falsa trilogía se concebiría más desde un concepto estilístico arbitrario o desde una consideración de Bergman como meta inalcanzable por la comedia que pudiera haber también en filmes como Hannah y sus hermanas (Woody Allen, 1986) u otras, y es que en realidad por algo se le ha considerado durante tantos años a Woody Allen como el más europeo de los cineastas norteamericanos, algo que también lo emparentaría, por ejemplo, con Federico Fellini en Alice (Woody Allen, 1990), por poner solo un ejemplo. Lo que sí parece evidente es la influencia del psicoanálisis, en la que fue la primera película dramática de su director, y como tal no hay ligereza a la hora de que, desde su punto de vista, el cineasta juzgue desde lo propio y lo ajeno a esa su protagonista Joey, y que lo haga igualmente a través de la alegre Pearl (Maureen Stapleton) o de su propio novio Mike —Sam Waterston, a quien hemos visto recientemente en la serie The Newsroom (Aaron Sorkin, 2012)—.

Extrañará igualmente al habitual espectador de Woody Allen que tras los créditos de producción habituales (Jack Rollins y Charles H. Joffe, hoy desgraciadamente desaparecidos) no suene un solo acorde del jazz habitual, al que durante más de treinta años nos tenía acostumbrados como marca de la casa; en este caso, el departamento de sonido formado por Nathan Boxer, Bernard Hajdenberg, Jack HiggensWilliam S. Scharf supo respetar esa idea de solemnidad mortecina que aún hoy transmite la película, y que no por ello va en detrimento de su calidad como filme aislado, que quizá sea algo más que un divertimento hosco, o un ejercicio de estilo como los que haría desde cierta idea existencial también en Delitos y faltas (Woody Allen, 1989) —para muchos su mejor película hasta la fecha—, Match Point (Woody Allen, 2005) o El sueño de Casandra (Woody Allen, 2007), sino un homenaje a un cineasta a reivindicar como fue el sueco Ingmar Bergman, con quién a pesar de su afinidad en ciertos temas, tampoco le unieron más que ideas artísticas y no tanto religiosas, en tanto en cuanto el judaísmo de Allen tiene poco que ver con el ateísmo del cineasta sueco.




Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 23 noviembre, 2021



Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 23 noviembre, 2021

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