Bocas de arena
| Porque el euskal noir también merece la pena

Nerea es una inspectora de la Ertzaintza que, tras un retiro por la ansiedad que le produjo la muerte de un compañero en su último caso, vuelve al trabajo para investigar la desaparición de Josu, un hombre que guarda consigo más de lo que parece.

El género del thriller policíaco siempre ha sido un asiduo de la ficción televisiva. Comenzando por el mítico Colombo (Richard Levinson y William Link, 1968) ya en los años 60, pasando por Se ha escrito un crimen (Richard Levinson y William Link, 1984) —con la legendaria e inconfundible Angela Lansbury en el papel de Jessica Fletcher—, y hasta llegar a series más actuales como The Killing (Veena Sud, 2011), que beben más de ese nordic noir tan de moda hoy en día. Y es que la estructura de serie de televisión, aparte de conjugar a la perfección con este género por su efecto de atrape con el espectador, permite estructurar una compleja telaraña de pistas y subtramas que ayuden a desarrollar un final que puede ser completamente inesperado y truculento. Pero, más allá del proceso del whodunnit que aporta al espectador, el thriller de detectives brinda la oportunidad de reflejar una sociedad o un periodo de una manera que muy pocos otros géneros permiten. Cómo un pueblo o un grupo de personas, con sus ideales y formas de pensar, pueden reaccionar ante un suceso tan trágico como el asesinato de un conocido, sacando a relucir lo más profundo de su ser. En su época, ya Agatha Christie era toda una experta en ello, ya que sus novelas funcionaban como una mordaz sátira de la clase alta británica, tan ocupados en mirarse sus propios ombligos, y a la vez siendo capaces de lo que sea por las pasiones más pueriles. En el caso de la serie que os vamos a presentar hoy, Bocas de arena —rodada casi por completo en euskera—, Koldo Almandoz se vale de la desaparición de un hombre para contar los entresijos de un pequeño pueblo costero de Vizcaya, en el que la frialdad de las relaciones humanas nada tiene que envidiar al de las ya tan populares novelas nórdicas.

Bocas de arena (Koldo Almandoz, 2020) cuenta la historia de Nerea García —Nagore Aranburu en el papel—, una joven inspectora de la Ertzaintza, que tras varios meses de retiro debido a un incidente en su último caso, es trasladada de Bilbao a Ondarroa, un pequeño pueblo pesquero en la costa de Vizcaya, para investigar la desaparición de un hombre llamado Josu. Allí tendrá como ayudante a Alex —interpretado por Eneko Sagardoy, ganador del Goya al mejor actor revelación en el 2018 por su papel en Handia (Aitor Arregi y Jon Garaño, 2017)— un agente local del pueblo, que como otro habitante más, ayudará a Nerea a desenmascarar todos los entresijos e intereses que esconde este pueblo aparentemente tranquilo. Sin embargo, el temperamento de Nerea no le va a poner las cosas fáciles a nadie.

Nerea y Alex forman una pareja de detectives de lo más peculiar.

Pocas son las oportunidades de ver ficción de calidad en euskera, pero gracias al auge del cine vasco de los últimos años —por películas como Handia, La trinchera Infinita (Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, 2019) o Amama (Asier Altuna, 2015)—, EITB ha decidido apostar fuertemente por contenido propio en esta nueva temporada, siendo Bocas de arena una de estas apuestas. Y es que Bocas de arena es simplemente sensacional. El director Koldo Almandoz junto a la productora Marian Alvarez Pascal —dentro de la compañía Txintxua Films— han unido fuerzas para sacar adelante esta serie con tintes del nordic noir, pero con una personalidad vasca que se percibe por todos sus poros. Y es que ese carácter euskaldun no solo está marcada por el idioma, sino en la forma de ser y de actuar de los habitantes del pueblo y en la propia Inspectora Nerea Garcia.

Bocas de arena es una de las apuestas más sorprendentes y estimulantes de la ficción televisiva no solo vasca, sino a nivel nacional.

Koldo Almandoz —como ya ha demostrado en sus anteriores trabajos, como puede ser Oreina (2018), presentada en la sección Nuevos Directores de la 66º edición del Festival de San Sebastián— es un director muy esteticista, que a pesar de mostrar planos cargados de dramatismo, demuestran la implacable belleza de los paisajes vascos. La decisión de empezar y terminar cada uno de los 4 episodios de la serie con una voz en off también es toda una declaración de intenciones, y una de las buenas, porque no lo usa de una manera sobreexplicativa, sino en forma de introducción literaria a la historia que vamos a ver, añadiendo mayor misticismo. El poema que le da nombre a la serie, y que da un especial significado poético a lo narrado en ella, es una manera más de enseñarnos esa faceta tan lírica que tiene Almandoz, y que llena de belleza una historia cargada de grises. Bocas de arena es, sin duda, una de las series más cuidadas visualmente que haya emitido nunca la EITB, y esto es algo de agradecer.

Una de las cosas que mejor recoge la ficción es que, a pesar de toda esa belleza de la que acabamos de hablar, sabe profundizar en lo que es la población vasca, tan cosmopolita como diferente entre sí. La serie no tiene prejuicios al retratar una sociedad en la que no todo el mundo habla en euskera, y que entre los que hablan en euskera, no todos lo hablan de la misma manera. El euskera batua —el idioma oficial que se estudia en las escuelas, pero que a veces no recoge los detalles y las cualidades especiales de los tan diferentes dialectos vascos— solo se escucha unas pocas veces, y justamente de la boca del personaje de Nerea, la «forastera». Ese tipo de detalles hacen que la historia no se quede en la superficie, y sepa reflejar un pueblo que es posible sea identificado por cualquier vasco, cargado de realidad y, en cierta manera, humanidad.

En cuanto a las interpretaciones, el resultado es fantástico. Nagore Aranburu que nunca defrauda, pero tiende a resaltar menos de lo que debería, cuenta aquí con una oportunidad para lucirse como nunca antes, y lo aprovecha hasta el fondo. Crea un personaje que a pesar de su brillantez en el trabajo que desempeña, está cargada de inseguridades y demonios internos, al más puro estilo Sarah Lund de The Killing. Una protagonista para el recuerdo que no me importaría volver a ver dirigiendo cualquier otro caso. Eneko Sagardoy también demuestra que su Goya no es de pega, y que es una de las grandes promesas de la ficción euskalduna del futuro.

En definitiva, Bocas de arena es una de las apuestas más sorprendentes y estimulantes de la ficción televisiva no solo vasca, sino a nivel nacional, a pesar del grandísimo nivel de las series españolas de este año. Lo mejor, el tono rural y cercano con el que cuenta Koldo Almandoz una historia que a veces nos parece que está fuera de la realidad. Lo peor, que el misticismo de la historia haga que parezca que la serie no esté del todo bien rematada. Bocas de arena es una clara demostración de que, a veces, es necesario dar oportunidades a gente joven con visiones diferentes que pueden aportar una nueva forma de ver las cosas.




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Texto de Mikel Viles | © laCiclotimia.com | 26 diciembre, 2020
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Texto de Mikel Viles
© laCiclotimia.com | 26 diciembre, 2020

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