Flashback
| Añicos distorsionados por recuerdos

Viajes psicotrópicos y agujeros de gusano nos zambullen en la teoría de cuerdas, destruyendo el tiempo lineal. Sin pedagogizar: MacBride confía en las capacidades del público y le anima a soltar los lastres del pasado. A salirse del algoritmo espía.

Las cajas de una mudanza inauguran una puesta en escena en que las rejillas y cuadrículas son omnipresentes. Redes que atrapan, redes de cuadrados y rectángulos, conformados por cuatro lados. Ventanas, puertas, cristales con entramados de perpendiculares, tablones de una vieja casa, ladrillos, paredes alicatadas de azulejos al fondo. Siempre se nos llama visualmente la atención sobre esas cuatro cuerdas que componen el polígono. Y además, el filme aplica la teoría de cuerdas con unos saltos en el tiempo que los hermanos Nolan, seguramente, nos metaexplicarían en un monólogo. Pero MacBride prefiere confiar en que iremos siguiendo sus pistas. Es mucho más sutil, pero sin retruécanos con los que posicionarse en un palco desde el que empequeñecernos. Sí que irá filtrando alguna frase con alguna lectura más profunda que nos oriente entre tanto salto temporal. Como el profesor que se burla del alumnos despistado, preguntándole si ya ha unido los puntos A, B, C, y D con la línea de puntos, como en los dibujos infantiles invisibles, que revelamos al trazar ese recorrido con el lápiz. Esas cuerdas. O un misterioso niño drogado que farfulla lo que, más adelante, se revelará como algo no tan incoherente.

El protagonista, Freddy, se siente atrapado desde el principio por uno de esos cubos en que se encuentra desubicado: las paredes del nuevo hogar, la madurez que le arrolla por partida doble. El instalarse a convivir con su pareja le supone un trance que está intentando asimilar. Abandonar el confortable nido materno para fundar su propia familia. Soltar a la madre. Y por su fuera poco, hay otra de esas barreras, la más infranqueable, que le separa de la que lo trajo al mundo, la que es la red de protección. La metáfora del ventanuco de cristal —nuevamente cuadriculado— en la puerta de la habitación del hospital, donde yace su madre tras algún tipo de accidente cerebral, representa el mayor abismo. Su madre, la red protectora, se encuentra al otro lado de la red que se lo lleva lejos de su cachorro. Freddy mira a su admirada leona, desorientada como aquella que es forzada a permanecer tras el cristal de seguridad de un zoo. La jaula en que ella se ve atrapada, sin acceso a sus recuerdos. Que a la vez, son los que le unían a un hijo que ya no reconoce. Los souvenirs de cerámica hechos añicos son la plasmación literal de los recuerdos destruidos. Y el sonido de ese quiebro es penetrante en el corazón, como lo es la pérdida.

Este punto de partida es un tocado y hundido para el hombre que representa la terrible crisis de los treinta, la que nos puede volver voraces rescatadores de lo que pudimos ser y no fuimos. Instalarnos en el pasado es síntoma y detonante de la enfermedad de la depresión. Lo que pudimos vivir, a quien pudimos tener a nuestro lado y dejamos escapar. ¿Fue para mejor? ¿Para peor? ¿Cómo sería nuestra vida ahora? Estos flashbacks de MacBride, riquísimos en matices psicológicos, psicotrópicos y cuánticos, retratan la angustiosa nostalgia que conlleva aferrarse al pasado que no queremos soltar y que idealizamos ahora. Porque lo idealizamos. Siempre: es un hecho. La persona que se ahoga en ese bucle negativo de la depresión, necesita llegar a la certeza de lo engañosa que puede ser nuestra red conceptual. MacBride ilustra cómo cada vez se recuerda distinto, porque otro punto que sostiene este excelente guion es que los momentos memorables, fueran maravillosos o negativos, se exaltan y deforman en nuestra cabeza cada vez que los revisamos, dejando de corresponderse cien por cien con la vivencia real que sucediera. Viéndose afectados por el preciso instante en que ocurrieron, pero también por el preciso instante en que se repasan. Y cada vez que se evocan, vuelven a ser reinterpretados por nuestras emociones. Explora cómo nuestro cerebro juega con nosotros (pudiendo llevarnos a la paranoia, a cuestionar la propia existencia, algo con lo que juega la realidad actual, tan inmersa en lo virtual). Pero también nos protege: bloqueando experiencias traumáticas, o desvelándolas luego, cuando se trabaja por desenterrarlas para enfrentarlas.

Una historia triste, con cierta ternura, belleza y lección para una vida algo menos angustiosa.

Otro punto muy interesante, en lo semántico, es que deconstruye tanto esa fantasía del amor platónico, como las del querer salvar y el del querer ser salvado. Freddy es el caballero que suspira por salvar a la chica triste, que es una bala perdida, pero a su vez es el artista atormentado que también sueña con que una mujer lo enderece, pero a la vez lamenta no haber logrado dedicarse a su vocación. Y aquí el filme conecta con otro factor determinante hoy en día en el deterioro de la salud mental: la insoportable presión que ejerce nuestro sistema económico y sus consecuencias socio-culturales a la hora de responsabilizarnos sobre el propio fracaso. El empujarnos a abandonar las pasiones para dejarnos devorar por oficios insípidos que nos devoran el tiempo, verdadero protagonista de esta detallista obra. Retomando la alusión a las afecciones de la psique, cierta situación emocionalmente explosiva en el ámbito laboral de Freddy encuentra su eco en la excelente, empática y cuidadosa Surge (Aneil Karia, 2020). La proximidad de la muerte y el hecho de que dicha mortalidad sea la madre, el proceso de aceptación de esa idea,  nos recuerde la propia entrada en edad. Algo que eleva a la enésima potencia ese ansia de revisitar la juventud y cuestionarse el presente que no nos agrada. El esclavismo capitalista, inexpugnable, y que invade todo en nuestras vidas. Sobre todo desde que vendemos —si no regalamos— nuestros datos a las grandes corporaciones. La alusión a la invasividad del algoritmo es explícita y forma parte de todo aquello que fustiga al protagonista, atrapado en un puesto relacionado con ello. Corona todo aquello que nos corta las alas y nos lleva a añorar los años de instituto, quizá poco aprovechados para los placeres, pero siempre mejores que la tediosa rutina de la oficina y los mandatos gerifaltes.

Hablábamos de cómo la revisitación de los recuerdos nos los hace percibir cada vez distintos, sobre todo si en la ecuación opera el sentimiento de culpa. Pero también este filme tiene una altísima vinculación con los efectos exploradores que a menudo se asocian a determinadas drogas, y eso se traduce en luces de neón (que tienden al lila y el fucsia de la locura y de la femineidad, por el fantasma del antiguo amor que se persigue) y explosiones de luces, temblores de imagen, visiones dobles que plasman el cuelgue. Las puertas que abren son agujeros de gusano que aparecen explícitamente representados a la hora de unir saltos en el tiempo. Sin abusar de su uso, porque a veces le basta para conectar una imagen presente que nos lleva a una pasada. Un escritorio arrojado con furia al suelo que nos hace revivir ese otro arranque de furia con escena similar por resultado. Perfectamente podría sonar la carismática Grace Slick entonándose un White Rabbit, porque el filme responde totalmente a los esquemas de la Alicia de Lewis Carroll, el conejo y los espejos. También se recrea en la manera en que nuestro cerebro almacena la información que le resulta relevante: la que tiene un impacto emocional. Freddy va a perseguir los recuerdos, va a meterse en todos los marcos de fotos. Se va a enfrentar a todos los cuadriláteros que nos llevan al segundo y más importante elemento geométrico presente en las formas de este filme: las que constan de cuatro lados. Cuatro posibles cauces, cuatro realidades barajadas, que se desprenden de cada decisión tomada, y se van multiplicando con cada una. La teoría de cuerdas desplegada en El efecto mariposa (Eric Bress, J. Mackye Gruber, 2004) adquiere en Flashback una dimensión infinitamente más completa. Es posible que el nivel de detalle cause cierta confusión a aquel público menos versado en el hard sci-fi, pero vale la pena dedicarle más de un visionado si no se asientan todas las piezas cómodamente en el primer contacto. Se trata de una gran historia que cabe abordar en un momento en que las energías estén altas, porque es una obra mentalmente intensita. Algo exigente en cuanto a la atención, motivadora para quienes gusten de descifrar rompecabezas, filosofar, coquetear con las ciencias. Pero también va a requerir un ánimo arriba, porque no deja de ser, además, un drama. Una historia triste, con cierta ternura, belleza y lección para una vida algo menos angustiosa.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2020   



Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 19 octubre, 2021



Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 19 octubre, 2021

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