Fantasmas de Marte
| Terror en el planeta rojo

John Carpenter firma una de sus películas más salvajes y desenfadadas con una historia cercana a las claves del wéstern y el terror que, gracias a un elenco perfectamente escogido, nos transporta a un fabuloso universo de tiroteos y tensión.

Hay muchas razones para la grandeza de los mejores directores de la historia. Algunos alcanzan ese estatus por su especial visión artística, otros por su habilidad de clavar el aterrizaje por mucho tiempo que hayan estado sin dirigir. A otros, como a John Carpenter, les ocurre todo lo contrario. Sin tener, ni necesitar, un puesto en el panteón del «art-house» y el cine más sofisticado, y con más de veinte créditos de director a las espaldas, ha logrado una enorme legión de admiradores gracias precisamente a su consistencia. No se puede describir más que como extraordinario un historial que nos ha regalado joyas inmortales del cine de género como La cosa (El enigma de otro mundo) (1982) o La noche de Halloween (1978), por decir tan solo unas pocas. Cuando uno piensa en las obras maestras de la ciencia ficción y del terror que están firmadas por Carpenter se da cuenta que no estamos ante cualquier director. Pero la verdadera genialidad del cineasta, lo que ha conseguido su estatus legendario, ha consistido en cómo ha sabido defenderse a través de las décadas y varias decenas de proyectos manteniendo el tipo y la calidad en casi cualquier momento, ofreciéndonos para la posteridad, además del conjunto selecto de clásicos ya mencionado, toda una retahíla de sólidas producciones que, si bien no están en la cúspide del género, están bastante cerca. La consistencia es algo difícil de adquirir, especialmente en las turbias y arriesgadas regiones de la ciencia ficción y el cine de serie B, y nadie la ha logrado como Carpenter. Fantasmas de Marte, una de sus producciones tardías, es la perfecta ilustración de esta consistencia.

Algo que, por cierto, podría haber estado en duda durante los años noventa, sin duda la década más débil para el director. Si Carpenter no pudo seguir la que quizás es de sus más pobres producciones, El pueblo de los malditos (1995), con nada más excitante que 2013: Rescate en L.A. (1996) o Vampiros de John Carpenter (1998), todas películas sólidas pero bastante cuestionables en muchos aspectos, bien era posible empezar a hacer sonar las alarmas de que el director estaba envejeciendo y ya no era capaz de ofrecernos nada similar a sus clásicos de género de décadas anteriores. Pero si bien Carpenter no sería capaz de volver a capturar el espíritu de sus producciones de los años ochenta, su supuesto declive tras las cámaras no podría estar más lejos de la realidad, pues antes de tomar la decisión de jubilar la gorra de director (por ahora, entendemos), nos dejó con dos geniales y emocionantes películas que, desde lugares muy distintos, nos recordaron por qué adoramos tanto al director. Es el caso de Encerrada (2010), su última película hasta la fecha pero también, y de manera muy señalada, de Fantasmas de Marte (2001), una producción que tiene todo lo que parece necesario para fracasar y que, sin embargo, acaba por demostrarnos que tiene todo lo suficiente para ser una auténtica delicia, que alcanza los lugares más delirantes y fastuosos de la acción y la ciencia ficción.

La estética industrial y brumosa de los decorados de Marte aportan a la película el sentido de un universo grande y rico de fondo.

Lo primero que tiene Fantasmas de Marte es un guion, sencillo y directo que recoge lo suficiente de otros géneros y se mantiene fiel a sus premisas. Y aunque sus claves homenajean al wéstern y otros clásicos del cine de ciencia ficción, hay en ella una estructura muy similar a otras producciones que aunaban la ciencia ficción y la acción inmediatamente posteriores a las que no podemos sino olernos que influyó en no poca medida, como Doom (2005), Doomsday: El día del juicio (2008) o incluso Resident Evil 2: Apocalipsis (2004), donde asistimos a un equipo militarizado de misión en un paraje desolado por una plaga o una invasión zombi o demoníaca. Pero a parte de la clara mano de Carpenter en la dirección, Fantasmas de Marte cuenta con un par de ventajas que las otras no: en primer lugar, con un elenco de lujo lleno no solo de caras conocidas, sino perfectamente asignadas; y en segundo una voluntad irredenta de explorar las regiones más chorras y salvajes del cine de género, con una fuerte y educada inspiración en las claves de lo paranormal y la «arqueología alternativa», que le conducen a formular una premisa que para mucha gente será directamente ridícula, pero que la hace también enormemente original.

Un wéstern en Marte, en parte una película de zombis, con toneladas de acción y tiros con la música trepidante de John Carpenter.

El film nos transporta a un futuro lejano donde la colonización y terraformación de Marte parece estar a punto de ser finalizada bajo el mandato de un gobierno dictatorial y la mano dura de su cuerpo policial; un escenario que, como hemos dicho, tiene un aroma a Salvaje Oeste de Hollywood. Un tren fantasma llega en piloto automático a una ciudad marciana. El único superviviente es una agente de este cuerpo policial, interpretada por Natasha Henstridge, quien tiene una inverosímil historia que relatar ante un comité de escépticos burócratas. Así entramos de lleno en la historia de Fantasmas de Marte, que sigue a la susodicha agente y a su equipo atravesando Marte en tren para recoger a un peligroso delincuente, Desolation Williams, interpretado nada más y nada menos que por el rapero Ice Cube. Lo que en principio parecía poco más que una tensa pero rutinaria misión acaba por transformarse en una adrenalínica persecución contra la muerte cuando descubren que una sangrienta amenaza ha desolado el poblado donde se encuentra el prisionero. Una misteriosa presencia milenaria ha sido despertada por la obra de unos incautos arqueólogos, haciendo que una especie de ectoplasma inteligente, que transporta la memoria biológica de una raza de guerreros alienígenas, tome posesión de los habitantes del poblado, transformándolos en dementes cultistas con ansia de pasar a cuchillo a todo a los invasores del Planeta Rojo.

Lo que sigue no es tanto un wéstern, ni un drama de traslado de prisioneros —que Carpenter ya trató de forma magistral en Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976)—, ni un thriller científico, ni una película de invasiones alienígenas ni tampoco de zombis. Sin embargo estamos ante todo ello a la vez, hilado con gran cariño y conocimiento de causa, en un fabuloso espectáculo de acción que oscila con gran habilidad desde escenas de matanza gráfica incansable a puntos de auténtico suspense y tensión. La estructura temporal del guion, que ya hemos avanzado con el planteamiento de la película, construye poco a poco un meticuloso relato que viaja de unos personajes a otros, trasladándose adelante y atrás en el tiempo, con tanta suavidad y facilidad que logra tanto abrir el universo de la película más allá de lo que creíamos mientras evita toda transición brusca o confusa. A medida que se va revelando la naturaleza de la amenaza y empezamos a entender que la vida de todos los personajes corre el mismo peligro, la película cobra vida como un fantástico thriller de acción y nos pondrá en el ánimo indicado para agradecer las sorpresas y los giros que nos tiene guardados. El primer elemento que hace de Fantasmas de Marte una producción especial y no otra película más de serie B es la original premisa que ya hemos esbozado, que afila la sutil conexión entre la ciencia ficción y el terror lovecraftiano de los horrores desconocidos que guarda el espacio, con el mismo espíritu de la también fabulosa Horizonte final (Paul W. S. Anderson, 1997). Su apuesta por unos enemigos igual de mortales y sanguinarios que los zombis pero dotados de una peligrosa inteligencia y una rudimentaria organización nos recuerda al reciente retrato de los simios en la trilogía de Rupert Wyatt Matt Reeves o a los no-muertos de la reciente Ejército de los muertos (Zack Snyder, 2021), que en gran medida parece una versión más cara y menos inspirada que Fantasmas de Marte.

Ice Cube y Natasha Henstridge conforman un sorprenderte pero efectivo dúo de acción con todos los matices raciales y de género atravesados de su tensa relación como prisionero y policía.

Lo que tiene la película de Carpenter y no la de Snyder, y que elevan este film por encima tanto de sus contemporáneos como de películas similares y del resto de producciones de la última etapa del director es, antes que nada, un elenco que parece el resultado feliz de varias buenas ideas. Incluso la centralidad de Natasha Henstridge en el papel protagonista, una actriz apenas conocida por su rol en la irregular película de serie B Species (Especie mortal) (1995), hace suyo el personaje y carga con gran habilidad la mayoría del peso del film, al navegar por las rígidas jerarquías de su escuadrón y sobre los prisioneros en los momentos en los que estas se vienen abajo. Aparte tenemos a la legendaria estrella del blaxploitation Pam Grier, a un siempre cómico y salvaje Jason Statham en uno de sus primeros papeles en Hollywood e incluso a una Clea Duvall que los aficionados al cine de género reconocerán por su papel en la criminalmente infravalorada The Faculty (Robert Rodriguez, 1995). Pero sin duda la estrella de la película acaba por ser Ice Cube, que lejos de intentar firmar una pobre interpretación dramática de diálogo pasteloso como es el caso de Dave Bautista en Ejército de los muertos, aquí abraza sin tapujos el carácter ridículo y chorra no ya de su personaje, sino de su propia aparición en su película, protagonizando todo tipo de momentos hilarantes y legendarios de puro carisma desencadenado. Pero más allá de cualquier interpretación individual, lo que eleva de verdad el elenco de pequeñas y medianas estrellas de Fantasmas de Marte es la forma original en la que sus jerarquías y sus relaciones de poder, entre oficiales y reclutas, policías y criminales, militares y civiles, entran en tensión cuando entra en escena la muerte y, ante una situación de enorme estrés, necesitan ser remodeladas en favor del trabajo en equipo y la ayuda mutua, en una gran narrativa colectiva que nos recuerda, en sus mejores momentos, al gran clásico de la cooperación en el cine de ciencia ficción, que no es otro que Aliens: El regreso (James Cameron, 1986).

En todo caso, Fantasmas de Marte no es una película perfecta, y no es necesario esconder sus no pocas carencias, entre las que destacan algunos efectos especiales que claramente fueron más ambiciosos de lo que debían o más de una inconsistencia del guion. Pero lo importante de este largometraje, y lo que ha hecho tan grande el cine de John Carpenter en casi todo momento, es cómo una fuerte dosis de pasión por lo suyo y suficiente autoconciencia de lo ridículo que es todo finalmente nos permiten disfrutar de todo lo increíble que también es. Fantasmas de Marte puede no ser mucho más que entretenimiento ridículo puro. Las metáforas sobre el colapso ecológico y la paranoia contra el terrorismo de principios de milenio —que explica en gran parte la sucesión de películas similares que vinieron después— sin duda están disponibles, pero tampoco son necesarias. Al final ante lo que estamos no es mucho más que una producción original y chorra que es en parte un wéstern en Marte, en parte una película de zombis pero con unos enemigos más sofisticados e interesantes con una historia sin duda diferente, y toneladas de acción y tiros con la música trepidante de nuestro director-compositor favorito. Si queríamos otra cosa estábamos avisados, y ante todo no podemos negar que el film cumple con lo que promete.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



  •  
  •  
  • 1
  •  
Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 14 junio, 2021
  •  
  •  
  • 1
  •  



Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 14 junio, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?