Están vivos
| La presencia invisible de la ideología

Con un espíritu transgresor e incisivo, la película más personal de John Carpenter proyecta una fuerte crítica hacia el irracional y absurdo funcionamiento del capitalismo que, hoy en día, todavía sigue vigente y perfeccionándose.

Sucesora directa de su época, Están vivos es una respuesta visual a bocajarro del ambiente político norteamericano de la década de los 80 que, con el tiempo, se ha vuelto inmortal. De hecho, la siguiente declaración de John Carpenter, irónica y exaltada a partes iguales, ayuda a comprender parte de sus motivaciones cuando la filmó, y cuánto comparte con nosotros en este nuevo milenio: «América está estancada. Nuestros muchachos piensan que el Sol gira alrededor de la Tierra y la mitad no sabe ni leer […] Estar contento en los Estados Unidos consiste en tener un buen coche y en ir bien maquillado, entonces todo es perfecto. La filosofía de Reagan es el capitalismo incontrolado. Reagan es una enfermedad, y los alienígenas de mi película son tan estúpidos como él». Inspirada por el relato de Ray Nelson A las ocho de la mañana (1963), y situada en Los Ángeles, la historia se centra en la vida errante de John Nada (interpretado por Roddy Piper) y su búsqueda de una oportunidad para asentarse. Justo cuando tiene la oportunidad de prosperar, y traba amistad con Frank (Keith David), todo cambia al descubrir unas misteriosas gafas que, puestas, revelan algunas verdades incómodas, y la invasión extraterrestre que se cierne sobre la Tierra.

Literalmente nada es lo que parece, incluso en la propia película: Carpenter nos presenta un híbrido entre la ciencia ficción, el terror, el cine de acción y la comedia lleno de sorpresas. Y también de giros que quedan sin explicar, efectos especiales poco cuidados —e intencionados—, incongruencias y algunas interpretaciones que hacen que, vista hoy, la manera de narrar los acontecimientos pueda ser un obstáculo considerable a la hora de valorarla en su justa medida. Por ejemplo, la elección inusual de Roddy Piper, dedicado a la lucha libre y con poca o nula experiencia interpretativa, marcó en varios sentidos —como veremos— la película. La ausencia de contrastes de Piper hace que su personaje sea en ocasiones demasiado lineal, ingenuo o superficial, aunque Carpenter lo tuvo muy claro al elegirlo: «A diferencia de la mayoría de los actores de Hollywood, Roddy tiene la vida escrita por todo su cuerpo».

Algunos años más tarde, la película tuvo una curiosa resurrección cuando el filósofo esloveno Slavoj Žižek, por aquel entonces en la cresta de la ola, elaboró el guion y las intervenciones del documental Guía ideológica para pervertidos (Sophie Fiennes, 2012). En él, precisamente, abre sus reflexiones con Están vivos de un modo directo y visceral. Para ello, parte de uno de los diálogos centrales de la película, cuando John Nada le dice a Frank: «Te doy a elegir: o te pones las gafas o empiezas a comer del cubo de la basura». Esta línea, aparentemente sencilla e incluso olvidada, le sirve a Zizek para enunciar una de sus tesis principales: «Yo como del cubo de la basura todo el tiempo. El nombre de este basurero es Ideología. La fuerza material de la ideología me impide ver lo que estoy comiendo realmente. No solo estamos esclavizados por la realidad. La tragedia de nuestro dilema en el interior de la ideología es que, cuando creemos que escapamos a nuestros sueños, en ese momento nos encontramos con la ideología».

Es un resumen casi perfecto de lo que nos encontramos en Están vivos. Por eso, si dejamos a un lado los puntos negativos, y la insistencia en el montaje y disposición propios del cine de serie B, la sátira tragicómica de John Carpenter demuestra toda su vigencia. A diferencia de las perspectivas totalitaristas propias de la estela del aclamado 1984 de George Orwell —adaptada al cine el mismo año que nos robó su título como 1984 (Michael Radford, 1984)—, la lucha de John Nada recuerda más a Un mundo feliz de Aldous Huxley (también adaptada en 1998 con el mismo título, aunque con mucho menor éxito). Esta nos sitúa de lleno en un contexto cotidiano donde la oportuna sensación de libertad propia de la democracia, y el liberalismo económico, genera al contrario una dictadura invisible. Con el placer y el estímulo de los sentidos —técnica hoy en día perfeccionada con la etiqueta exclusiva o VIP de muchos productos o servicios—, el sistema nos introduce en su rueda e inevitable final: el consumo.

Si dejamos a un lado los puntos negativos, y la insistencia en el montaje y disposición propios del cine de serie B, la sátira tragicómica de John Carpenter demuestra toda su vigencia.

Como comenta Žižek, el capitalismo está introducido donde menos nos lo esperamos: en nuestros sueños y deseos. Así, cuando John Nada comienza a descubrir los mensajes reales que hay detrás de los anuncios y productos comerciales, la misión que ha de afrontar, en clave absurda y heroica, es urgente y diáfana: salvar a la humanidad de su esclavitud. Desde este punto de vista, la interpretación de Roddy Piper del tipo duro e impasible ante su objetivo, que previamente ha sido vapuleado por la sociedad y la economía, no resulta a veces tan plana. Incluso, el propio Piper llegó a influir en algunos aspectos del guion. Por una parte, introdujo una frase que escribió en su época de luchador: «He venido a mascar chicle y patear culos, y se me está acabando el chicle», tras la que comienza la acción desenfrenada e hilarante —y que hace, como en otras partes, de contrapunto cómico—. Por otra, planeó junto a Keith David que la escena de lucha fuese real, con solo los golpes a la cara e ingle falsos. Esto impresionó tanto a Carpenter que decidió incluirla íntegra (cinco minutos totales frente a los veinte segundos planteados por el director).

En ese sentido, los objetos usados por John Nada marcan un rito de paso desde la clase baja empobrecida —la mochila como única pertenencia al inicio—, hasta el despertar con las gafas de sol y el fusil automático. Sin embargo, ¿está John Nada solo? Mucho antes que la a veces sobrevalorada V de Vendetta (James McTeigue, 2005), el guion de Carpenter es visionario en la afirmación de que la lucha solo puede ser colectiva. Ahí está, quizá, el verdadero núcleo tragicómico de Están vivos: por mucho que podamos acercarnos a la verdad, ¿qué sentido tiene si no es compartida? La incomunicación constante de John Nada con su entorno es tan parecida a la de ahora que, en algún momento, el terror es real.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



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Texto de Héctor Tarancón Royo | © laCiclotimia.com | 24 abril, 2021
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