El viaje de Chihiro
| La profunda sombra del ser

Asentando los cimientos de su nueva etapa como cineasta, Hayao Miyazaki presenta una cinta cargada de sentimiento y de fuerte implicación social y existencialista que, siguiendo la odisea física y espiritual de una joven, se eleva como un poema intimista.

El silencio tiene un sonido, y es el sonido de la pérdida. A veces, todo es oscuro, todo es lúgubre, todo es triste. A veces, la imposibilidad de ver la luz al final de un tenebroso camino consume hasta el más puro de los seres. A veces, no queda otra que ceder y resignarse. A veces, sin la ayuda necesaria en el momento oportuno, todo se apaga. Silencio. Cuánto se puede aprender del silencio.

Chihiro, una joven de 11 años de edad viaja con sus padres con destino a su nueva vivienda; a su nueva vida. En un frondoso bosque con una sinuosa carretera, se encuentran con un oscuro túnel que desemboca en un parque temático abandonado, pero con un puesto con comida servida. El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001) es uno de los trabajos más redondos del autor. Pudiendo englobarla en su fase estética más fantástica y menos costumbrista, la poesía implícita es palpable. Como es habitual en este gran cineasta, ninguna escena está dejada a merced del azar y ningún diálogo es banal: cada elemento planteado forma parte de un todo que solo es visible en los últimos minutos de la cinta. Todos conocemos las maneras de Miyazaki, pero aun así nos sigue sorprendiendo. El tono de la película sorprende, y lo hace para bien. Distando bastante —aunque no del todo— de la ambientación de cuento de hadas, los derroteros por los que el autor deja caer la narración son mucho más oscuros de lo habitual. Acercándose a la sobriedad de La tumba de las luciérnagas (1988) de Isao Takahata, El viaje de Chihiro habla sobre la pérdida, la sombra de lo que somos y lo que fuimos; habla de la tristeza de la soledad, de la avaricia y de la codicia. Pero sobre todo habla de lo que es sentirse alejado del lugar del que procedes, aunque ese sentimiento no siempre sea visible.

Los espíritus malignos conocidos como Yōkai tienen su representación en la cinta de Miyazaki.

En la cultura del país del sol naciente, la naturaleza toma un lugar central. La religión Shintō —religión originaria de Japón— venera a los espíritus de la naturaleza, los conocidos como Kami, y les rinde tributo mediante santuarios dedicados en especial a cada uno de ellos. Por esto, no es descabellado pensar que en el sentir nipón haya sedimentado, se sea o no creyente de esta religión, un sentimiento de cercanía y respeto para con la naturaleza que al resto del mundo nos cuesta siquiera imaginar. Es por esto mismo que, aprovechando la ambientación más fantástica de la cinta, el director haya aprovechado la oportunidad para hacer una potente, pero subrepticia, crítica a la contaminación y a la explotación del medio ambiente. El balneario en el que transcurre la mayor parte de la acción es un lugar de descanso para aquellas deidades que lo necesiten, así como también un lugar en el que las más maltratadas puedan encontrar consuelo y evadirse del mundo tras las puertas del edificio.

Como es habitual en este gran cineasta, ninguna escena está dejada a merced del azar y ningún diálogo es banal. Cada elemento planteado forma parte de un todo que solo es visible en los últimos minutos de la cinta.

Como no existe bien sin mal, las deidades conocidas como Yōkai también tienen cabida en el imaginario que Miyazaki ha ideado para el filme. Habituales del arte ukiyo-e —disciplina artística propia de Japón muy popular entre los siglos XVII y XX que hoy en día sigue siendo sujeto de estudio debido a su gran capacidad evocadora—, estos espectros malignos gozan de una muy detallada concepción y gran protagonismo en la odisea de Chihiro. Desde los primeros minutos, la contraposición de bien y mal, de luz y oscuridad, hace acto de presencia. La inabarcable capacidad del nipón para imaginar representaciones cargadas de lírica y sutileza a partes iguales, sin perder el factor visual tan característico de Studio Ghibli, añadiendo en el caso de este filme en particular elementos que juegan y se acercan al género del terror en ciertas ocasiones, acompañados de un fondo amargo y melancólico que dista mucho de lo visto habitualmente en sus trabajos, resulta sorprendente, magnético.

Los episodios más oscuros de la historia de Japón han hecho mella en su ideología, como es comprensible: desde su derrota en la Segunda Guerra Mundial, con la caída de las dos famosas bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki; hasta acontecimientos más recientes como el colapso de la burbuja financiera e inmobiliaria en los años 80. Todos y cada uno de estos sucesos que forman ya parte de la historia se han grabado a fuego en la mentalidad del pueblo y, por supuesto, Miyazaki aprovecha para recordarlos, criticarlos, reflexionar sobre ellos y utilizarlos como, en muchas ocasiones, hilo conductor de sus narraciones y parte fundamental del núcleo de los trabajos que firma. Tanto en El castillo ambulante (Hayao Miyazaki, 2004) —cinta que comparte gran parte del imaginario con la protagonista de estas líneas, llegando a tener una estética muy similar en ocasiones—, como El viaje de Chihiro presentan estas problemáticas tan arraigadas en su cultura desde un punto de vista de corte fantástico que ayuda a digerir de manera más ligera la densidad de las ideas planteadas. La sutil melancolía que impregna la atmósfera es una constante a lo largo de los 124 minutos de duración de la película, y en ningún momento se la nota como un añadido insulso o artificial que lastre el conjunto de la narración, todo lo contrario, ayuda a potenciar las virtudes y a diferenciar a la cinta del grueso de los trabajos del estudio.

Presentando su habitual poética intimista, Hayao Miyazaki ha logrado, una vez más, sorprender a todo aquel espectador que dedique dos horas de su vida a viajar por los vastos páramos que son su imaginario. Desde espíritus del bosque, Kami y Yōkai, brujas, magos y demás criaturas pertenecientes —o no— a la cultura del país del sol naciente, nos presenta su particular forma de ver el mundo y de entender y encauzar los problemas que asolan la existencia del ser humano, siempre con ese tono casi infantil que hace de sus filmes un entretenimiento maravilloso, colorido y espectacular para los más pequeños, pero con un fondo denso y sobrio que no deja indiferentes a los más adultos. La sombra que proyecta cada ser es distinta, no hay dos iguales, y por ese mismo hecho, la salvación de la sombra propia solo la puede llevar a cabo él mismo.


Artículo perteneciente a la serie: ANIME   



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Texto de Diego García Miño | © laCiclotimia.com | 20 mayo, 2021
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