El último duelo
| Cuestión de verdades

Ridley Scott regresa a la épica histórica en uno de sus recurrentes blockbusters. Un largometraje que posee múltiples facetas dentro de su género y que se muestra estructurado en diversas perspectivas con el fin de narrar hechos reales de la Edad Media.

Cuando se menciona el nombre de Ridley Scott, instatáneamente se nos viene a la cabeza la figura de uno de los gigantes del cine. Es así que es motivo de celebración cada vez que una de sus cintas llega a la gran pantalla. Y de sus nuevos proyectos tenemos ración doble este año con La casa Gucci (Ridley Scott, 2021) y la película que tratamos hoy: El último duelo. Sí es cierto que aunque un hecho genere expectación bajo el sello de alguien, no siempre se refleja esto mismo en sus ganancias, pues existen multitud de factores que influyen sobre la relación de feedback entre creador y consumidor. Y este es uno de esos casos, donde el batacazo puede ser enorme. Así es, ya estrenada en otros países, lo que trae El último duelo con ella no es que sean buenas noticias, más bien se vaticinan resultados escandalosamente decepcionantes para el veterano director de ochenta y tres años y su nueva película, aspecto cuyo fin se mostrará en los datos monetarios tras el fin de semana; pero sí, todo tiene muy mala pinta. Quizá sea momento de darle una oportunidad a esta narrativa épica, ya que tenemos muy buenos recuerdos de Scott y la histórica. Sí, como bien es sabido el director inglés ya tuvo su momento de brillantez con el éxito que fue Gladiator (Ridley Scott, 2000) a principios de la década pasada. Un relato que pese a ser ficticio, proyectaba la posible realidad que se vivió en la era de la antigua Roma, los espectáculos en el Coliseo y las desgarradora historia que se escondía detrás de la figura de los gladiadores. Un favor que el cine aplicó sobre la historia mediante la especificidad de un héroe inventado —Máximo Décimo Meridio— que se enfrentaba a todo un imperio y cuya veracidad, o realidad, se basaba en posibilidades dentro de las circunstancias —no literales— de la Edad Antigua. Un ligero engaño a manos de Ridley Scott que significó una inmensa certeza para muchos y que se llevó el Óscar a mejor película. Y de una medio mentira que marcó una era, pasamos a un retrato verídico que también deja su propia huella: en este relato, adaptado de la obra literaria homónima de Eric Jager —El último duelo— en el que se nos ubica en la Francia del siglo XIV, donde Jean de Carrouges y Jacques Le Gris, dos caballeros que compartían una cercana amistad, terminaron por batirse en un duelo a muerte. El hecho que llevó a ambos hombres a esta encarnizada lucha se rodeó de pequeñas confrontaciones que estallaron en una disputa definitiva relacionada con la esposa de CarrougesMarguerite de Carrouges—. Un drama histórico que escondió múltiples facetas y perspectivas y que, más de 700 años después,  llega a nuestras pantallas como una cinta que no se deja nada en el tintero y que resulta honesta, a la par que sólida y madura.

La película comienza con la escena del desenlace. Adam Driver, como Le Gris; Matt Damon, en el papel de De Carrouges; y Jodie Comer, interpretando a Marguerite. Se acicalan en sus aposentos mientras de fondo aparecen imágenes de los asistentes al lugar del duelo. Una escena que va al detalle, que prepara a los espectadores para lo que acontece en el clímax final de la historia y que se cierra con el cruce de lanzas de ambos caballeros. Tras esta apertura llena de grandiosidad, se pasa a un fundido a negro y un texto en pantalla: «La verdad de Jean De Carrouges». Es así que Scott decide dividir la narración en tres partes, al puro estilo Gladiator donde los actos se sucedían según la posición de Máximo dentro de su historia: Máximo el Comandante, Máximo el Gladiador y Máximo el Rebelde. En este caso, son las verdades de cada uno de sus protagonistas las que hacen el orden fílmico. Y no son alegatos judiciales como tal —al estilo de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (1554)—, si no que son verdades, convicciones que llevan a cada uno de sus personajes a creer su propio punto de vista. Por ello es que tras la verdad de De Carrouges procede la verdad de Le Gris y, finalmente, la verdad de Marguerite. Un juego narrativo que si bien hace por repetir la misma historia en tres ocasiones, no se muestra reiterativo ni soporífero. Por otro lado, algo llamativo a la hora de ver la ficha técnica de la película es que tanto Matt Damon como Ben Affleck participan en la creación del guion, aunque sabemos que ambos siempre han tenido buenas manos a la hora de contarnos sucesos, como es el caso de El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), y también que junto a Nicole Holofcener se reparten cada uno de los actos. Así, vemos que Damon escribe la parte de su propio personaje —algo que realmente se nota—, seguidamente Affleck narra la verdad de Le Gris, y la perspectiva de Marguerite recae sobre Holofcener. Tres lecturas distintas de un mismo suceso, tres vistas que generan multitud de emociones y que nos alientan a quedarnos hasta los créditos: un riesgo a tomar por parte del cineasta, pues se entiende que una película dividida de esta manera y ejecutada por tantas manos puede, o ser un gran éxito, o ser una gran catástrofe. Y en este caso nos quedamos con la primera opción.

Por su lado, la dirección de fotografía acompaña a esta reinterpretación tan dividida. Es como si cada parte estuviera creada por un equipo diferente de personas. El juego de perspectivas, las luces seleccionadas según cada verdad, o cómo la cámara participa como ente sensato de cada situación, son solo hechos seleccionados del extenso trabajo de este departamento. Dariusz Wolski se encarga de releer una y otra vez el mismo suceso, pero en manos de cada guionista y, una vez que comprende el punto de vista de cada uno, se lanza a mostrar sus verdades. En el caso de De Carrouges, apreciamos una tonalidad fría y oscura, que se mueve ligeramente entre la acción y la fugacidad. Este personaje rudo y visceral se representa como algo aislado, que le queda lejos al espectador y cuya certeza se mueve por sangre y poder. Es un nómada para el relato que no para quieto, algo que denota también el montaje de Claire Simpson, que se apoya en un estilo de corte tras corte y que va avanzando en la historia con grandes saltos temporales. En el relato de Le Gris, apreciamos los tonos contrarios: el personaje de Driver es un ente pasional y calculador, algo que se nota en que toda su acción pasa de las batallas a los despachos. Las luces siguen siendo frías, el ritmo más pausado y los escenarios se cierran hacia los interiores, es decir, la cámara se mueve dentro de habitáculos y cambia completamente su ejecución. Es curioso ver este retrato de un villano, porque es incluso más cercano que el del propio «héroe», haciéndonos percibir una horrorosa verdad tan próxima. Por último, la visión de Marguerite pasa a ser un retrato puro y bondadoso: su perspectiva pasa a mostrarse extremadamente luminosa, donde los planos seleccionados tienen un nivel alto de cercanía y confidencialidad con ella. Se podría decir que la mujer es el retrato más honesto dentro de la historia y la fotografía quiere que apreciemos esta proximidad con su personaje, mostrando su verdad dentro de una afable genialidad y una personalidad intachable —aunque sí pecando un poco del recurso de «mujer en la nevera»—.

Un largometraje que cuenta su verdad dentro de muchas verdades, que hace sentir todo tipo de sensaciones y que pese a repetir lo mismo en ciento cincuenta minutos, no se hace pesado.

Las interpretaciones acompañan a este ejercicio tan enrevesado. No tanto en el caso de Damon, pero sí a la hora de mencionar a Adam Driver y Jodie Comer. Ambos intérpretes poseen una carrera actual meteórica y aquí hacen honores del porqué. Uno de los mejores villanos que hemos visto en pantalla este año, acompañado de una de las interpretaciones más puras en cada gesto de Jodie —no podemos olvidar todavía esa expresión de horror y desamparo de la actriz durante su boda—, unidos al buen hacer de Ben Affleck, cuyo personaje podría sobrar perfectamente dentro del relato, pero aun así termina por poseer un carisma peculiar que le hace ser un secundario a la altura de las exigencias. Un elenco que termina por realizar un trabajo sustancioso y que no quitaremos de las quinielas a premio, porque contando con que su labor es más que decente y que actúan en una película del más que querido Ridley Scott, nunca pueden estar de más. De este modo, este ejercicio actoral es otro motivo más para acudir a salas: una necesidad que se ha hecho imperiosa tras los escollos de la pandemia y que, si ya de por sí estaba de capa caída, ahora necesita a su público más que nunca. Nos resultó triste acudir a un pase de un viernes tarde, con un apetitoso blockbuster, en el que solo había cinco personas. Y más ahora que todas las restricciones han desaparecido y las salas son el bastión más seguro, quizá sea hora de regresar. De darle una oportunidad a Ridley Scott, a la gran labor que tras las cámaras desempeña en este largometraje y que se cerrará a finales de año con el estreno La casa Gucci. No son malos tiempos para las carteleras donde, a veces, películas honradas son difíciles de encontrar y, ciertamente, creemos que esta es una de ellas. Un largometraje que cuenta su verdad dentro de muchas verdades, que hace sentir todo tipo de sensaciones y que pese a repetir lo mismo en ciento cincuenta minutos, no se hace pesado. El último duelo es una cuestión de certezas, de aciertos y de esperanza para los cines.




Texto de Álvaro Campoy | © laCiclotimia.com | 31 octubre, 2021



Texto de Álvaro Campoy
© laCiclotimia.com | 31 octubre, 2021

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