El príncipe de las tinieblas
| Terror tras el espejo

En una cinta con luces y sombras, el maestro John Carpenter reflexiona sobre los dogmas de la religión a la vez que los contrapone con una visión puramente científica, instando al espectador a reflexionar sobre las preguntas más antiguas de la humanidad.

Lo desconocido, lo incontrolable y lo invisible. Lo que no podemos tocar, lo que no podemos entender. El miedo es la reacción humana a todo aquello que escapa a nuestro control, a nuestra comprensión. Sombras andantes, personas con movimientos que no concuerdan con los de un ser humano, demonios y monstruos que atentan contra la vida en la tierra o asesinos en serie son algunas de las posibilidades que tienen a su disposición los cineastas para hacer que pasemos un buen —o mal— rato ante la pantalla. A través de la experta mirada de uno de los más grandes directores que el género del terror y la ciencia ficción ha tenido en su historia nos llega un filme interesante, con mucho que decir, pero que dista bastante de ser una de esas obras maestras a las que nos tiene acostumbrados John Carpenter. 

Los planos perfectamente calculados son una constante a lo largo de la cinta, en este caso las velas forman los cuernos de un demonio y el contraluz aporta una sensación de oscuridad.

Con la repentina muerte de un sacerdote y el descubrimiento de una cripta secreta que alberga a un ser milenario, un cura, con la ayuda de un profesor de física y sus alumnos, intentará esclarecer de forma científica la existencia de un mal superior. El principie de las tinieblas (John Carpenter, 1987), segunda parte de la llamada Trilogía del Apocalipsis, completada por filmes del calibre de La cosa (Enigma de otro mundo) (John Carpenter, 1982) y En la boca del miedo (John Carpenter, 1994) y siempre bajo la influencia del imaginario del ínclito H. P. Lovecraft, habla de conocer lo desconocido, de sacar a la luz lo oculto y de abrir los ojos a la humanidad a la vez que critica lo por todos asumido y aporta su peculiar visión acerca de la religión y la ciencia. La mano del neoyorquino está presente en cada encuadre, en cada giro de guion y en cada nota musical que llega a oídos del espectador. Es decir, Carpenter en estado puro. Siendo esta una de las películas más criticadas y menos conocidas del autor, posee una ambientación exquisita, una banda sonora a la altura de sus mejores composiciones y unas ideas que sedimentan en todo aquel que se aventure a visionar la cinta que, ni mucho menos, están poco inspiradas. El mayor punto flaco de la producción es sin lugar a dudas el desarrollo y profundidad de los personajes, unido a unas decisiones de casting bastante cuestionables. El hecho de contar con unos protagonistas poco creíbles, con los que es difícil empatizar, devalúa el resultado final del filme, más aún si viene acompañado de unas actuaciones con poca garra como las de Jameson Parker —encargado de dar vida a Brian Marsh—, Lisa BlountCatherine Danforth en la cinta— o Donald Pleasence — responsable del personaje del cura y principal pilar de la narración—.

En términos de ambientación, ahí es donde El príncipe de las tinieblas se hace grande y expone temas realmente apasionantes. Con una sutil dicotomía entre luz y oscuridad, exterior e interior, bien y mal, materia y anti-materia; presente a lo largo de sus 110 minutos de duración, Carpenter reflexiona acerca de las dos posibles visiones de un suceso o una persona. La cara luminosa está plagada de sentimientos positivos, buenas acciones y relaciones utópicas. La cara oscura alberga todo aquello que no quiere ser visto, los miedos e inseguridades, lo que no debe ser reflejado en un espejo. Y es que en el momento de lanzar la moneda al aire, uno nunca sabe qué lado quedará expuesto y, por el contrario, que lado quedará oculto para siempre. La contraposición de dos mundos como son el Assiah —mundo de los humanos— y el Gehena —lugar de condena y reino del diablo— los cuales representan dos realidades que conviven separadas por una fina línea —representada por los espejos— consigue crear un aura de misterio e inquietud muy lograda y que aporta mucho al resultado final de la cinta. Por otro lado, Carpenter plantea una muy interesante crítica a la religión y a sus dogmas antropocentristas más básicos, aprovechando para fusionar sus dos géneros predilectos, los cuales no son otros que el terror y la ciencia ficción. Reflexionando acerca de creer ciegamente en las palabras plasmadas en un libro o en la búsqueda incesante de una verdad científicamente probada, y por lo tanto, universal, las carencias de cada disciplina se contraponen y se exponen al mundo, ya que, a ojos del cineasta, ninguna de las dos es perfecta. Ninguna de las dos está en posesión de la respuesta a las preguntas que se lleva haciendo el ser humano desde hace siglos, y ambas se necesitan la una a la otra para crear un solo ente lo suficientemente completo como para hacer frente a una amenaza superior.

Con una sutil dicotomía entre luz y oscuridad, exterior e interior, bien y mal o materia y anti-materia, Carpenter reflexiona acerca de las dos posibles visiones de un suceso o una persona.

Alejándonos de la ambientación creada y de su simbología, el trabajo del director estadounidense tras los pentagramas es digno de elogio, y es menester dedicar unas cuantas líneas al respecto. La banda sonora compuesta por John Carpenter y Alan Howarth acompaña a la acción de forma espléndida, creando la atmósfera necesaria para el terror planteado, sin llegar a excederse, y aportando así el desasosiego, tensión, o directamente horror que no logran los intérpretes con sus actuaciones. Los habituales sintetizadores del director hacen acto de presencia y protagonizan algunas melodías de lo más inspiradas que mejoran por completo la experiencia, supliendo carencias y realzando virtudes. Una banda sonora que suma, pero que no resta en ningún caso. 

Estamos ante una obra con luces y sombras, con grandes momentos, giros interesantes y un clímax potente; pero con decisiones cuestionables. No va a pasar a la historia como la cinta más emblemática del maestro del terror, pero sin lugar a dudas merece ser tratada como una película de culto con mucho que decir. Puede que no siempre, al lanzar la moneda, salga la cara que queramos. Puede que no gane la luz, puede que no gane la oscuridad. Puede que la armonía se mantenga y, por lo tanto, la moneda caiga de lado. Todas las posibilidades deben ser contempladas. Como dijo Albert Einstein: «Dios no juega a los dados, sino con una moneda». O bueno, puede que no fuese exactamente así. Es solo una posibilidad.


Artículo perteneciente a la serie: CICLO JOHN CARPENTER   



  •  
  •  
  • 2
  •  
Texto de Diego García Miño | © laCiclotimia.com | 27 junio, 2021
  •  
  •  
  • 2
  •  



Texto de Diego García Miño
© laCiclotimia.com | 27 junio, 2021

¿Quieres recibir semanalmente nuestro nuevo contenido?