El padre
| Y mañana, qué

La apuesta realista de Florian Zeller, mediante escenas cotidianas y sencillas, crea un mosaico emocional tragicómico de gran belleza en el que nada es lo que parece, y solo queda la disección de la responsabilidad hacia nuestros seres queridos.

Tratar el final de una vida con un mínimo de realismo no es nada fácil. Normalmente, para evitar la decadencia física o psíquica natural de la vejez, la narración aparece acompañada de un gesto heroico, un amor perdido o uno que empieza a surgir. La familia, pilar y fuente constante de discusiones, también es importante en esta ecuación, pues es vital la relación amor-odio, que puede acabar en reconciliación, que mantiene el padre/madre con sus hijos, como ocurre en El juez (David Dobkin, 2014). A través de este amor filial, su ausencia, la enfermedad o el peso del pasado, entre otras muchísimas cosas, permanece a su manera una visión dulcificada que ofrece un retrato sesgado, muy sentimental, pero poco cercano a lo que nos puede suceder en el día a día con nuestros abuelos o padres. Quizá porque, muchas veces, los libros, películas, obras teatrales, etc., se centran en la «huella» que dejamos al final, o cómo hemos superado ciertos obstáculos o penurias (dentro de un relato heroico que sigue más presente de lo que creemos). Incluso, la visión dulcificada, o humorística, no tiene por qué oponerse a priori al realismo, como demostró Paco Roca en el cómic Arrugas (2007), animado unos años más tarde con el mismo título, Arrugas (Ignacio Ferreras, 2011), sobre el alzhéimer. Tanto en la novela gráfica como en el film, se despliega el intenso antagonismo de esa enfermedad al combinar los momentos tiernos, graciosos, con otros más trágicos, desgarradores, llenos de incomprensión o alucinaciones.

En El padre (Florian Zeller, 2020), Zeller rechaza cualquier pretensión narrativa. Esa es, de hecho, la clave de su potencia y cercanía, además de diferenciarla de otras obras culturales, como las citadas anteriormente, que han tratado el paso del tiempo en general, y la demencia en sus distintos grados en particular. Por supuesto, en la aproximada hora y media que dura la película sí tenemos una historia ante nosotros, pero solo a través de fragmentos que se van combinando entre sí. Simplificándolo, la película nos «muestra», pero no nos «cuenta» una sucesión lineal de hechos, o una serie de acontecimientos que derivan en algo. En su ópera prima, Zeller apuesta por un «minimalismo laberíntico» que está muy bien medido y ejecutado, e impacta con mucha, muchísima fuerza.

Sin desvelar mucho del argumento, El padre, originalmente una obra de teatro, aspecto sobre el que volveremos luego, se centra en Anthony (interpretado por Anthony Hopkins), un hombre de ochenta años que se empeña en vivir solo y no depender de ningún tipo de cuidador, o atención especial, a pesar del esfuerzo constante de su hija Anne (Olivia Colman). Su encuentro inicial, en los primeros minutos, construye las bases de lo que vendrá, y la falta de lógica que poco a poco va inundando el metraje. Anthony, notando la preocupación de su hija, le comenta «¿cuál es el problema?», a lo que ella responde: «No sé qué hacer». Sin embargo, unos segundos después, este acuerdo tácito y empático se rompe cuando Anthony se vuelve rebelar, y añade: «¿Por qué me miras como si algo estuviera mal? Todo está bien, Anne. El mundo está girando. Siempre ha sido así, te preocupas demasiado». De hecho, más que romperse se hace añicos: hasta el final vamos a «asistir» a los sucesos desde la perspectiva del anciano padre. Así, esta forma de estructurar el guion crea un tejido confuso, lleno de malentendidos, sorpresas y giros, hasta el punto de no saber quién es quién, qué momento temporal es, o dónde estamos. Como Anthony, estaremos entre varias realidades hasta que, en momentos lúcidos, y solo muy hacia el final, podamos comprender del todo lo que hemos visto antes. Por otra parte, este planteamiento requiere una interpretación prácticamente maestra, conseguida ampliamente, sin exagerar, tanto por Anthony Hopkins como por Olivia Colman, ambos nominados a los premios Óscar 2021 (mejor actor principal y mejor actriz de reparto, junto al resto de candidaturas de la película: mejor película, mejor guion adaptado, mejor montaje y mejor diseño de producción, seis en total).

El largometraje hunde su no-narrativa directamente en la propia condición humana, y extrae situaciones universales.

Y es aquí donde entra la decisiva influencia del ámbito teatral. El ritmo naturalista y pausado de los planos, desarrollados casi íntegramente en interiores, realza el componente físico de las interpretaciones. Como en una banda sonora, los silencios y pausas en las conversaciones son tan expresivos como las palabras: los personajes entrecruzan la mirada, la desvían y transmiten su estado interior con los ojos, como ocurre, especialmente, en las escenas entre Anthony y Paul (Rufus Sewell). Complementario al retrato psicológico de la mirada, también es fundamental el gesto, la manera en la que Colman, preocupada y llena de estoicismo, se apoya en la pared demostrando con su lejanía su angustia; o los modos de mover las manos de Anthony, según la tensión que siente en ese momento, y que varía desde la postura abierta hasta la rigidez del enfado violento (o cuando cierra levemente los ojos afirmando algo que no está viendo para no parecer que está loco). Sin abusar de los términos bélicos relacionados con la enfermedad (ya hemos hablado del relato heroico-ganar/superar), sí hay en las escenas una batalla corporal entre los personajes irresoluble. Y esa conocida y condenada certeza en el ámbito familiar (la vejez tiene puntos sin retorno), es lo que hace tan magistral la interpretación de Olivia Colman y Anthony Hopkins, obligados a revivir cada día el mismo papel imprevisible, ambiguo y absurdo del olvido, la falta de memoria.

Lo teatral, en ese sentido, no se acaba ahí. Toda la película transcurre en interiores, como si estuviéramos en un escenario del que Zeller nos ofrece planos medios, y otros detalles, a modo de transición y manera de jugar con el reconocimiento de tal o cual espacio y su momento temporal. Igualmente, esta orientación hacia los objetos (las habitaciones vacías, qué quedará cuando no estemos) tiene su máxima expresión en el reloj de Anthony, que acumula significados hasta el final, y nos recuerda el inexorable paso del tiempo (con esas palabras literales cuando nos hablaron del tempus fugit en el colegio). A su modo, la banda sonora también contribuye desde el inicio con los grupos de cuerda y un cantante solista creando una melodía llena de tensión. Los elementos clásicos tienen una gran presencia, y sirven también para crear una solemnidad, o intento de normalidad, que se acumula y surge tantas veces como se niega.

Volviendo a la premisa inicial, El padre no «narra», «muestra», podemos ampliar la panorámica sin miedo a descontextualizarla. Al hacerlo, se puede ver con claridad que la película habla, a su modo, de las maneras de ver, adaptarse o intentar solucionar los estragos de la vejez. El largometraje hunde su no-narrativa directamente en la propia condición humana, y extrae situaciones universales. Lo mejor es que ante ellas podemos sentir rechazo o aceptación, y aprender o ver determinadas situaciones de otra manera, eso sí, a través de la tragedia en su mayor expresión ambigua y absurda, sin consecuencias catárticas ni promesas trascendentales. Porque, en el caso de la demencia o alzhéimer, volviendo a hacer uso de los rechazados términos bélicos, ¿cuál es el «enemigo»? ¿A quién le rendiremos cuentas cuando nuestra mente falle? En este punto, el argumento de El padre se puede resumir en una simple frase, aunque llena de matices: el derecho a vivir nuestra vida siendo responsables con los demás.




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Texto de Héctor Tarancón Royo | © laCiclotimia.com | 3 abril, 2021
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Texto de Héctor Tarancón Royo
© laCiclotimia.com | 3 abril, 2021

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