El nadador
| Mudar la piel

Basado en una historia del gran clásico norteamericano de las letras John Cheever, este perturbador largometraje dirigido por Frank Perry y protagonizado por Burt Lancaster habla sobre la imposibilidad de ser uno mismo y de renacer de las cenizas.

Algunos de los mejores cuentos de John Cheever, escritor norteamericano de gran riqueza léxica y metafórica que ha sido publicado y reeditado varias ocasiones en España, tienen un potencial alegórico y con tendencia a la parábola realmente destacable. El nadador, no hace mucho publicado en su integridad en la revista literaria Zenda en internet, es uno de estos relatos, siendo la adaptación de Frank Perry escrupulosamente fiel al espíritu y la letra originales. En él, lo que empieza siendo una excusa de su protagonista, para invadir intimidades ajenas y recorrer así una senda vital no del todo exenta de contratiempos, se convierte por mor de la cantidad de recuerdos que se agolpan en el interior de su mente en un obstáculo enorme para poder volver a ser quién desea o deseaba en un momento dado, resultando del todo imposible el retorno. Sobre este sentimiento frustrante, paradójico y traumático, pero no por ello menos real por literariamente descrito que esté, con maestría, trata esta bellamente fotografiada y montada película, sobre eso y la imposibilidad de ser uno mismo y/o de renacer de las cenizas. Rasgos pues como la hoy tan valorada resiliencia, quedan poco menos que en agua de borrajas en este complejo e inclasificable autor.

El filme cuenta con la premisa por parte de Ned Merrill, protagonista interpretado con destreza por Burt Lancaster, de recorrer dos colinas intercaladas por una carretera de tráfico intenso, corriendo y nadando en las piscinas privadas de sus antiguos amigos. La idea de ir describiendo un camino preciso es una labor en la que Ned se empecina, cual Sísifo transportando la piedra e ignorante de que en poco tiempo esta volverá a caer pendiente abajo, tratando de ver lo positivo en el encuentro con personajes de un pasado que definen una trayectoria inversa a la que cabe esperar. Es de esta forma como expresiones como «nadar y guardar la ropa» se hacen patentes como subterfugios en los que un espectador acostumbrado al happy end se refugia como única salida ante un trauma que nace y muere en su personalidad, tan acostumbrada al lujo (recuerda su vida por momentos, o la que fue, no solo a la de Don Draper, sino a la de Jay Gatsby) como deudora de una clase obrera que prácticamente regalaba su trabajo por conferirle un bienestar que ahora le da la espalda.

Una escena para reflexionar.

Si por algo, como decíamos, es también esta una gran película es por la fotografía de David Quaid, esplendorosa cuanto más abstracta y movida, y por la que se explica la luz que entra por el objetivo no solo como algo necesariamente positivo, sino cegador si se mira de cara hasta el punto de que impide conseguir lo que se necesita, que es mudar la piel quemada por el sol. En cierto sentido, el filme tiene también rasgos de cine de terror sobre todo en su parte final, consiguiéndolo gracias también a la música de Marvin Hamlisch. Por otro lado, el enorme también en cantidad reparto cuenta con la presencia de Janet Landgard (Julie Hooper, la antigua babysitter de sus hijas —una de las primeras en aparecer— que aún siente cierta atracción por Ned), Janice Rule (Shirley Abbott, una ex que nos hace ver cómo Ned trabajó en el cine como actor, profesión que otra vez como la de Don Draper está muy relacionada con la imagen) o Marge Champion (Peggy Forsburgh), quedando fuera del reparto su esposa y dos hijas, de quienes por supuesto se habla, y que tienen una presencia si acaso fantasmática en la trama. También y por escenas destaca la presencia de un niño rubio y triste en cuya piscina (o la de sus padres) no podrá realizar su recorrido como esperaba al no haber agua, la madre despechada de uno de sus mejores amigos ya fallecido, una pareja de abuelos nudistas que alquilan estancias en su residencia o el vendedor de un carrito barato de helados, entre otros.

Como hemos ido sugiriendo, es muy posible que antes de introducir una de las tramas principales de Mad Men, Matthew Weiner y su equipo tomasen gran cantidad de apuntes sobre esta película, su estética y los personajes que la pueblan. El hecho de que sea Hooper quien le hable de la ensoñación de París como ciudad del amor arquetípica (aunque no sabemos hasta qué punto lo era en 1968) entronca con la historia entre Megan (Jessica Paré) y Don (Jon Hamm) como la de un amor en fuga permanente, algo que el equipo no solo de guion de la serie consiguió recrear con bastantes similitudes. El nadador (Frank Perry, 1968) es además una película donde todo parece filmado con primeros planos, y donde la importancia de estos hace que cuando la cámara cierra en detalles, a veces haga perder expresividad, más que sobre todo en los ojos azul cobalto del protagonista, que hacen resaltar más que una boca hablando o moviéndose.

El trabajo de maquillaje y peluquería de Ed Callaghan, John Jiras y Clay Lambert solo es comparable al de arte, capitaneado por Stanley Capiello y Thomas Wright, en consonancia a las directrices de Roger H. Lewis en producción y Joseph Manduke. Por cierto, la escritura sobre la línea principal de Cheever fue llevada a cabo por Eleonor Perry, esposa de Frank, director igualmente de otro gran clásico del cine independiente norteamericano, Elisa (1962), que basándose en la novela de Theodore Isaac Rubin, cuenta la historia de amor entre dos jóvenes internados en una institución psiquiátrica para adolescentes, película que se llevó dos Óscar (guion adaptado y dirección) y otro premio a mejor ópera prima en el Festival de Venecia.




Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 10 noviembre, 2021



Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 10 noviembre, 2021

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