El juicio de los 7 de Chicago
| De una década turbulenta a otra

Estados Unidos, 2020 | Dirección: Aaron Sorkin | Título original: The Trial of the Chicago 7 | Género: Drama | Productora: Amblin Partners, Paramount Pictures, Cross Creek Pictures, Marc Platt Productions, Reliance Entertainment, DreamWorks SKG, MadRiver Pictures, ShivHans Pictures | Guion: Aaron Sorkin | Fotografía: Phedon Papamichael | Edición: Alan Baumgarten | Música: Daniel Pemberton | Reparto: Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Mark Rylance, Frank Langella, Joseph Gordon-Levitt, Jeremy Strong, John Carroll Lynch, Alex Sharp, Yahya Abdul-Mateen II, Michael Keaton | Duración: 129 minutos | Premios Óscar: Nominada a mejor película (2021) | | Disponible en:  Netflix  

Estados Unidos, 2020 | Dirección: Aaron Sorkin | Título original: The Trial of the Chicago 7 | Género: Drama | Productora: Amblin Partners, Paramount Pictures, Cross Creek Pictures, Marc Platt Productions, Reliance Entertainment, DreamWorks SKG, MadRiver Pictures, ShivHans Pictures | Guion: Aaron Sorkin | Fotografía: Phedon Papamichael | Edición: Alan Baumgarten | Música: Daniel Pemberton | Reparto: Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Mark Rylance, Frank Langella, Joseph Gordon-Levitt, Jeremy Strong, John Carroll Lynch, Alex Sharp, Yahya Abdul-Mateen II, Michael Keaton | Duración: 129 minutos | Premios Óscar: Nominada a mejor película (2021) |

Los años sesenta dieron para muchas historias, pero pocas se han contado con tanta precisión, maestría, entretenimiento y justicia como este nuevo hito del cine de abogados. Las actas y transcripciones del juicio fueron como darle Red Bull a Aaron Sorkin.

«¡El mundo nos mira!», exclaman las multitudes con pancartas a la entrada del Tribunal Federal de Distrito en Chicago el día que comienza el juicio de los siete. En realidad, los espectadores están mirando. Y al igual que los manifestantes eran conscientes de que el público internacional estaba pendiente de la situación, los protagonistas insisten en repetir el mantra a lo largo de la película como si supieran que estamos observando cada detalle. Aaron Sorkin ha creado una cinta que no solo recrea los hechos del juicio de 1969, en el que ocho manifestantes son acusados de conspiración y de cruzar las fronteras entre estados con intención de provocar disturbios, sino que los revitaliza hasta que parecen haber sucedido hoy en día. Entre los defensores, destacan dos cuya tensión mutua es un motor de la trama. Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen) intenta cambiar el sistema oponiéndose frontalmente, atacando con irreverencia sus abusivas estructuras sociales. Tom Hayden (Eddie Redmayne) cree en cambiarlo desde dentro. El desarrollo de estos dos personajes en una colaboración llena de choques nos conduce a la moraleja de la película: el sistema se cambia de ambas maneras.

Durante la Convención Nacional Demócrata de 1968, varios movimientos aprovecharon la ocasión para dar voz a su lucha por los derechos civiles. Los Panteras Negras se reunieron para asistir al discurso de Bobby G. Seale (Yahya Abdul-Mateen II), cofundador y por aquel entonces presidente del partido. Los Yippies (Partido Internacional de la Juventud), coordinados por Abbie Hoffman y Jerry Rubin (Jeremy Strong) ocupan Lincoln Park. David Dellinger(John Carroll Lynch) y el MOBE (Comité Nacional de Movilizaciones contra la Guerra de Vietnam), junto a los líderes de Estudiantes por una Sociedad DemocráticaTom Hayden y Rennie Davies (Alex Sharp)— solicitan permiso para asentarse en Grant Park y preparar una marcha por la paz. Ese mismo año, Martin Luther King Jr. y Robert Kennedy fueron asesinados, caldeando el ambiente de las protestas. Richard J. Daley (solo mencionado en la película), alcalde de Chicago y una de las figuras más nefastas en contra de los derechos civiles en EEUU, despliega 6.000 soldados del Ejército, 12.000 agentes de policía, 6.000 soldados de la Guardia Nacional, 1.000 agentes del FBI y 1.000 del Servicio Secreto. El número total de manifestantes no supera los 10.000.

El montaje de los primeros minutos es efectivo presentando a las distintas facciones que se verán envueltas en los altercados.

Así las cosas, la película comienza con metraje real de la época (técnica que se repite varias veces) mostrando noticias sobre el aumento del reclutamiento para Vietnam y sobre el asesinato de Bobby Kennedy. Enseguida corta a los manifestantes preparándose para desplazarse a Chicago, dejando patente en sus conversaciones la naturaleza no violenta de los actos planeados. Ninguno de los líderes contactó con ningún otro antes de los altercados. A continuación, asistimos a la conversación entre John N. Mitchell (John Doman), Fiscal General de los EEUU (durante el juicio, no durante el incidente, información fundamental para un momento clave de la trama) y Richard Schultz (Joseph Gordon-Levitt), fiscal federal adjunto. Conspiran para condenar a los ocho acusados de eso mismo. La herramienta para dar esta estocada es la Ley Rap Brown que el propio Schultz reconoce que fue aprobada por élites blancas sureñas para negar derechos civiles a las personas de color. Mitchell es consciente y le deja claro su misión de lograr una sentencia desproporcionada contra líderes de los movimientos sociales que estaban revelando la fea cara de la sociedad tradicionalista de EEUU en el marco de la democracia. El fiscal general se justifica en «la América en la que crecí». Y ya sabemos a cuál se refiere: la de la segregación, la de Jim Crow, la de los linchamientos. Una señal clara del orden social que buscaba la recién llegada administración Nixon.

Aaron Sorkin ha creado una cinta que no solo recrea los hechos del juicio de 1969, sino que los revitaliza hasta que parecen haber sucedido hoy en día.

Siguiente escena y ya estamos en pleno juicio. Hasta ahora, todo ha girado en torno a supuestos hechos violentos sin que se hayan mostrado en ningún momento, mientras los distintos bandos justifican sus posturas. Ante un juez que pisa con el dedo gordo la delgada línea entre la incompetencia y la maldad (Frank Langella), asistimos a un despliegue de tácticas para ganarse el favor del jurado. Las declaraciones de la defensa parecen encajar en una narrativa lógica, a pesar de los desacatos. Pero las estratagemas de la acusación incluyen protestas abundantes, testimonios falsos de policías, falsificación de amenazas escritas de los Panteras hacia el jurado y dependencia en la parcialidad del juez. Fiscales y defensores crean un caleidoscopio de versiones hipotéticas que contradicen unas a otras. La información del espectador es cada vez más abundante, pero no tenemos una construcción uniforme a la que aferrarnos. Empezamos a ver imágenes desde las perspectivas de cada declaración. Momentos, conversaciones, múltiples fragmentos en los que se desdobla una misma historia. Y como por arte de magia, todos vuelven a doblarse sobre un punto en el que cada versión coincide: «¡Ocupad la colina!». El momento más violento parece ser el único en el que no hay contradicciones. 

En uno de los mejores montajes de la película, Aaron Sorkin muestra con agilidad su capacidad para abrir fuego rápido con sus diálogos precisos, de intercambios pasmosos, y los combina con la dirección para hacer coincidir varias subtramas en un punto álgido de la arquitrama, regalándonos una sensación de claridad sobre uno de los hechos más disputados del filme.

Mientras tanto, Bobby Seale lleva todo el juicio intentando defender su posición. Se le acusa de conspirar con los manifestantes, víctima de una acusación falsa para dar un palo a los Panteras Negras. Su combatividad frente al juez culmina en una horrible escena en la que Sorkin nos vuelve a despejar las dudas sobre el uso de la violencia por parte de las autoridades. Seale es devuelto a la sala maniatado y amordazado tras recibir una paliza, lo que lleva a los acusados a acordar no ponerse en pie por el juez al levantarse la sesión. Es curioso recordar que en esta película vemos a Fred Hampton asesorando informalmente a Bobby Seale. Aquí es un personaje extra, pero este año también está entre las nominadas a los Óscar la genial Judas y el mesías negro (Shaka King, 2021), que cuenta la historia de Hampton como líder de los Panteras de Chicago.

Según la trama avanza y la situación se hace cada vez más desesperada y vemos más violencia, la sala aparece más oscura, más apagada, con la geometría de su espacio más opresiva. Si bien es un uso inteligente de la cinematografía, también pone de relieve uno de los puntos flacos de la película: está excesivamente estilizada. Es una decisión curiosa porque resta autenticidad a una película con unas actuaciones magistrales basadas en personajes y hechos reales. También produce excesivo contraste con los segmentos de metraje real.

En cualquier caso, Sorkin ha logrado mantener la relevancia del drama jurídico. Donde antes había referentes como 12 hombres sin piedad (Sidney Lumet, 1957), Veredicto final (Sidney Lumet, 1982), Algunos hombres buenos (Rob Reiner, 1992) o Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), ahora podemos añadir El juicio de los 7 de Chicago (Aaron Sorkin, 2020) a la lista. Muchos de sus elementos se identifican con conflictos sociales en EEUU hoy en día en una macabra familiaridad. Los eslóganes de las pancartas, tanto a favor de los derechos civiles como por parte del victimismo blanco representan los mismos mensajes de hoy en día en choques entre antirracistas y ultraderecha. La escena de los policías quitándose las placas antes de apalear a los manifestantes frente al Hilton recuerda a los agentes armados sin identificación que capturaban a los manifestantes del movimiento BLM y los metían en vehículos negros sin matricular en el 2020. Incluso la ley Rap Brown se sigue utilizando contra ese tipo de protestas, a la que se suman nuevas leyes de exclusión de votantes. El juicio de los 7 de Chicago es una película que trae de vuelta una década turbulenta con seriedad y de la que los tiempos que corren parecen ser un oscuro reflejo.




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Texto de David Muiños García | © laCiclotimia.com | 4 abril, 2021
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Texto de David Muiños García
© laCiclotimia.com | 4 abril, 2021

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