El juego del calamar
| Battle Royale se hace adulta

A través de una premisa que ya hemos visto con anterioridad en otras obras de punto de partida similar, la serie surcoreana dirigida por Hwang Dong-hyuk ofrece al espectador una afilada disección de la condición humana y una cáustica sátira social.

Cuando hace más de veinte años el director japonés Kinji Fukasaku estrenó su largometraje Battle Royale (2000) poco sabía el realizador que, además de una obra de culto, también acababa de dar nacimiento a un nuevo subgénero cinematográfico, un subgénero que a falta de un nombre mejor, podemos bautizar de manera homónima al filme. Si bien todas las películas que pertenecen al subgénero Battle Royale contienen una serie de elementos comunes, es en particular la premisa consistente en un grupo de gente recluida en un espacio concreto y obligada a luchar a muerte entre ellos, la que cada director que se ha puesto a los mandos de una película de este estilo ha dado su propio giro, desde llevar estas historias al terreno del cine de terror, como en The Purge: La noche de las bestias (James DeMonaco, 2013), cinta que en su secuela, y de una forma bastante acertada, cambiaría su tono para darnos una película más cercana al cine de acción en Anarchy: La noche de las bestias (James DeMonaco, 2014) hasta adaptarlas a las papilas gustativas cinematográficas del público de masas al trasladarlas al cine adolescente en Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012), pasando entre medias por la ciencia ficción como en Gamer (Mark Neveldine, Brian Taylor, 2009) o la serie B en The Jurassic Games (Ryan Bellgardt, 2018). El último título en apuntarse a esta lista es la serie surcoreana El juego del calamar (Hwang Dong-hyuk, 2021) estrenada con un rotundo éxito a nivel mundial en el catálogo de Netflix, éxito que puede ser achacable a la forma en que, a diferencia de muchas de sus predecesoras, adapta la premisa de una forma adulta y compleja.

La serie nos cuenta la historia de Seong Gi-Hun, un chofer surcoreano que debe mucho dinero por sus problemas de juego y que vive en la pobreza con su madre habiendo fracasado como marido y como padre. Un día un hombre misterioso le da una tarjeta invitándole a un extraño juego a cambio de tener la oportunidad de ganar una gran suma de dinero. Desesperado por conseguir liquidez, Seong acepta solo para descubrir que el misterioso juego consiste en una competición entre 456 participantes a lo largo de seis pruebas, en las cuales aquellos que no las superen son asesinados. A lo largo de la serie seguimos las experiencias de un grupo de personajes que tratarán de salir con vida de los mortíferos juegos mientras conocemos las diferentes circunstancias personales que les han llevado a participar en una experiencia tan macabra.

El juego del calamar se caracteriza por dotar a su historia de unos personajes profundos y bien definidos que permiten construir momentos profundamente dramáticos.

Quizá, la primera cosa que diferencia a El juego del calamar de otras obras similares es su tono. Por un lado, puede decirse que la serie adopta los rasgos propios del cine de autor surcoreano de las últimas dos décadas, como pueden ser la mezcla de situaciones cómicas o absurdas con momentos de violencia explícita tal y como ya se ha visto en obras como Oldboy (Park Chan-wook, 2003) o el uso de una cinematografía y una dirección de arte que en ocasiones flirtea con el surrealismo. A todo ello, no obstante, ha de añadirse la decisión por parte Dong-hyuk de asegurarse de que el tono de la serie siempre pivota entre el drama y el thriller. Si bien esto no es algo nuevo en las películas del subgénero Battle Royale, si es de destacar aquí la eficacia con la que ambas cosas se consigue. En primer lugar, la serie se toma los dos primeros episodios para establecer a los personajes y familiarizar al espectador con ellos (algo relativamente infrecuente en estos casos). Si bien esto puede tener un impacto negativo en el ritmo de la primera parte de la serie, esto se compensa a nivel narrativo más adelante, cuando el tener personajes con motivaciones complejas, y en ocasiones contradictorias, así como con personalidades bien definidas le da a la trama oportunidades de aumentar la tensión dramática. Desde el anciano con un tumor cerebral o la mujer que ha escapado de Corea del Norte hasta el trabajador extranjero que necesita el dinero para mantener a su familia, la solidez narrativa con la que cada uno de los personajes está dibujado es la gran baza dramática de esta serie, que hace que cada muerte se sienta como una pequeña tragedia. Es el disponer de estos personajes complejos, escritos de manera poliédrica y que tienen la suficiente complejidad como para presentar una evolución coherente e interesante a lo largo de los episodios lo que le da a la ficción un tono maduro y serio que la diferencia de otras obras similares.

Alejándose del entretenimiento gore de otros títulos parecidos, la serie ofrece en su lugar una obra que por momentos cae en el estudio de personajes y que intenta dotar a la historia que nos cuenta de un tono más complejo y adulto.

Asimismo, esta profundidad en los personajes permitirá que el guion explore la forma en que cada uno de ellos reacciona bajo presión. En un contexto en que su vida está en juego, veremos a personas aparentemente bondadosas actuar con una total carencia de empatía o, por el contrario, individuos que de entrada nos podrían parecer mezquinos mostrando una profunda humanidad. Esto también dota a la serie de Netflix de una singular capacidad para dotar a sus personajes de una evolución que se siente orgánica y realista. Quizá sea el caso más relevante el de el personaje principal, Seong, el cual comienza la serie como un adulto cobarde, incompetente y de comportamiento infantil pero a lo largo de los episodios, las diferentes disyuntivas a las que ha de enfrentarse le convertirán en una persona totalmente diferente. De nuevo, si bien es cierto que nada de lo descrito es algo que no estuviera presente en otras producciones previas de similar premisa, la originalidad de la serie no radica tanto en lo que hace sino en la forma en que lo hace, dedicando el grueso de su narrativa no a la violencia propia de las diferentes pruebas o a las estrategias de los personajes principales para sobrevivir (si bien esto es algo que tiene su espacio en la trama) sino a las relaciones y los nexos emocionales que se forman entre los personajes. Es quizá esta profundidad psicológica con la que se explora la naturaleza humana a través de los personajes lo que eleva una serie con una premisa totalmente distópica para contar una historia adulta y que escapa de la hipersimplifcación de sus personajes y de los tópicos del subgénero.

La serie ofrece una crítica social con más matices de lo que hemos visto en otras obras con premisas similares.

A esto ha de añadirse un elemento de thriller relativamente bien conseguido que se logra tanto a través de la trama principal (y la tensión propia de saber quién y cómo se salvará y pasará a la siguiente ronda) como de ciertas subtramas, como la que sigue a un agente de policía que trata de encontrar a su hermano y descubrir el secreto que ocultan los organizadores de estos juegos. Esto, además, ayuda a darle a toda la obra una pátina de realismo que hace que la historia que se nos cuenta se sienta más inmediata, más próxima al espectador, y evidentemente más tensa. Todo esto permite que El juego del calamar supere una de los grandes problemas de las obras que tratan premisas similares, y es el de lograr tocar varias notas emocionales y dramáticas a lo largo de su trama en lugar de adolecer de un tono narrativo uniforme (y que a la larga se vuelva redundante) tal y como hemos visto en otras películas similares. Es por lo tanto la mayor virtud de esta serie el que el espectador no sepa no ya lo que va ocurrir en la escena siguiente (algo que también se logra gracias a un guion no falto de giros impredecibles) sino que incluso tampoco sepa como se va a sentir, ya que la serie es capaz de resolver un capítulo tremendamente trepidante y lleno de acción con un desenlace profundamente emocional y dramático que nos encuentre desprevenidos y que en unos minutos nos haga pasar de estar mordiéndonos las uñas a tener que evitar que se nos escapen las lágrimas.

Naturalmente, tanto Battle Royale como todas sus herederas han sido películas con una marcada carga política. La primera era una metáfora sobre el tremendo problema del acoso escolar en Japón y la forma en que las autoridades educativas niponas miraban para otro lado mientras fomentaban una cultura hipercompetitiva y tóxica y, desde entonces, todas las películas que la han seguido han usado la premisa de un grupo de personas obligadas a luchar a muerte para realizar diversos comentarios políticos, en particular críticas a la desigualdad económica y al capitalismo (lo cual no deja de ser irónico si tenemos en cuenta que el único episodio histórico que guarda similitudes con esta premisa, la Tragedia de Nazino, ocurrió en un país comunista) pero si bien esto está presente en El juego del calamar (los organizadores de estos juegos son personas profundamente adineradas que se aprovechan de las necesidades de la gente más pobre) el comentario político de la serie surcoreana va un poco más lejos. Así, vemos como estos juegos están organizados por un misterioso personaje, el front-man, una persona que se jacta de, a través de estas macabras pruebas, dar una oportunidad a estas personas de mejorar sus vidas además de competir en circunstancias de total igualdad (llegando a asesinar sin dudar a aquellos jugadores que traten de hacer trampas). En la retorcida lógica de este personaje casi se entiende que con estos juegos les hace un favor a los participantes, ya que les da la oportunidad de competir por el éxito que en el mundo real nunca tendrían la oportunidad de alcanzar. Vemos en este antagonista una crítica al peligro que suponen a los lideres paternalistas que se permiten romper los límites de la ética en nombre de ayudar a la gente más necesitada. Esto se puede apreciar incluso en la propia morfología de las pruebas, las cuales generalmente replican inocentes juegos infantiles, mostrando a la perfección el contrapunto entre lo benévolo del discurso del front-man y lo cruel de sus actos.

Una característica principal de la serie es su estilo visual, que mezcla la violencia explícita con elementos infantiles o de aspecto aparentemente inofensivo.

Por otro lado, otro de los aspectos más brillantes del mensaje político de la serie es la forma en que esta escapa de hipersimplificaciones y maniqueismos. No es infrecuente que las películas que tratan estos temas de desigualdad social caigan con frecuencia en la aporofilia, mostrando a gentes humildes completamente bondadosas enfrentadas a unas clases altas crueles y sin empatía. El juego del calamar no cae en esta trampa y en cambio no duda en hacer lo que pocas obras similares se atreven, mostrar a unos oprimidos que pueden llegar a ser igual de crueles a sus opresores. El primer momento en que esto ocurre con cierta relevancia es en el segundo episodio, en el que los organizadores de los juegos dan la oportunidad a los jugadores de irse sin peligro pero la mayoría terminan regresando para seguir jugando y tratar de hacerse con el dinero del premio. Desde ahí, la serie irá profundizando en esto al mostrarnos como los participantes en los juegos pasan progresivamente de ser meras víctimas a convertirse en personas sin empatía e igual de crueles que sus captores. Junto con esto, no obstante, tenemos las más evidentes metáforas de crítica social, esto es, el uso por parte de una minoría adinerada de sus recursos para forzar a una gran masa de población en situación de necesidad y escasez a competir entre sí y de esta forma perpetuar su sistema de dominio. Esto se aprecia tanto en la propia premisa (los organizadores usan el dinero del premio para hacer que los participantes se vuelvan unos contra otros y compitan a muerte) como en diversos detalles a lo largo de la serie, como el momento en que se restringe la comida que se proporciona a los participantes para hacer que estos se enfrenten entre sí. En el mundo de El juego del calamar la minoría dominante basa su poder no tanto en el uso de armas o violencia como en el control de la escasez que padece la mayoría. Incluso en el contexto de los propios organizadores, se aprecia una estructura profundamente clasista y jerarquizada, en la cual los miembros del escalafón más bajo están absolutamente sometidos a sus superiores y, quizá sin saberlo, se encuentran en una situación de opresión frente a la élite minoritaria que controla el juego de forma muy similar a la de los participantes, simplemente un peldaño por encima de estos. 

Todo este contenido brilla gracias a un muy sólido continente, un estilo visual impecable que se pone al servicio de la narración en todo momento. Desde el uso de montajes paralelos que narran de manera alterna dos hechos que están ocurriendo simultáneamente hasta un estilo visual que no escapa de usar la violencia explícita, todo contribuye a fomentar este sentimiento de tensión incesante. La serie está en constante movimiento, ya sea alternando diferentes personajes y localizaciones o mostrando un mismo hecho desde el punto de vista de varios personajes, casi nunca dando tiempo al espectador para respirar, para lograr plasmar a nivel formal la sensación de inseguridad que rodea a nuestros protagonistas. Esto se complementa con el uso en determinadas escenas o localizaciones de paletas de color pastel que actúan como contrapunto de los momentos más violentos de la serie para así acentuarlos. En conclusión, la premisa que plantea El juego del calamar no es quizá el punto de partida más original habida cuenta de todas las películas que ya con anterioridad han hecho algo parecido. Donde destaca la serie surcoreana, por lo tanto, es en la ejecución, alejándose del entretenimiento gore de otros títulos parecidos para ofrecer en su lugar una obra que por momentos cae en el estudio de personajes y que intenta dotar a la historia que nos cuenta de un tono más complejo y adulto, planteando un guion que se sustenta no tanto en la violencia o en las escenas de acción como en sus momentos dramáticos, en la evolución de sus personajes y en los conflictos narrativos que plantea.




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Texto de Roberto H. Roquer | © laCiclotimia.com | 5 octubre, 2021
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Texto de Roberto H. Roquer
© laCiclotimia.com | 5 octubre, 2021

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