El gran cuaderno
| Agota Kristof y el cine

János Szász, cineasta curtido tanto en el mundo actoral como en la proyección de temas de dureza extrema también en la pantalla, ofrece una obra sobre la pérdida de la inocencia en la infancia ambientada en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

Aproximadamente dos años después de la muerte de la novelista autora del célebre libro Claus y Lucas (Agota Kristof, 1986), formado por esta historia y dos más —La prueba y La tercera mentira, que fueron minusvaloradas por la crítica debido a la fuerza dramática de esta primera, quedando en cierto modo eclipsadas por ella—, el director de cine húngaro János Szász, llevaba al cine una historia que ya de por sí y en su primigenia escritura (un lenguaje conciso, de frases cortas e hirientes cual navaja cortante) tenía unas raras y académicas aptitudes para ser considerada un clásico desde que fue publicada a finales de los ochenta del siglo pasado, provocando un revulsivo sobre lo que suponía un relato familiar sobre la guerra que sin duda cambiaría mentalidades y cosmovisiones.

El gran cuaderno (János Szász, 2013), que estamos casi seguros que, salvo alguna licencia por la que en ocasiones la voz en off de un narrador niño y el mismo diálogo se superponen creando cierta redundancia, gustaría a su propia autora, consigue transmitirnos sin falsos sentimentalismos la deriva de dos niños gemelos, cuyo padre les deja al tener que partir al campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial (la referencia es el año 1944) un cuaderno en el que apuntar todo lo que suceda en su ausencia, y una madre que, agotada por las circunstancias, los deja en casa de su madre, la abuela, también llamada Bruja, que los considera unos bastardos y que les dará pobre asilo a cambio de duro trabajo en condiciones ambientales de alto frío. Pensar que la película de Szász es solo una historia de opresión, simplemente, es no tener en cuenta la elección o libre albedrío de las personas, de tal forma que, en realidad y lo miremos como lo miremos, tanto Lászlo como András Gyémánt (por cierto, grandioso el departamento de casting escogido formado por Heta Mantscheff y Víktor Oszcar Nagy) tienen, aunque ciertamente estrecha, opción para actuar de manera diferente a como lo hacen. En este sentido, el realizador a quien se ha comparado con Haneke (pudiendo existir cierta manera de enfocar la mirada semejante) sabe jugar con el silencio como elemento dramático, de tal manera que acumularlo en las actitudes de los niños ya les hace entrar en un estado de lo que primero consideran dolor, y después se transforma en maldad, al borrar todo resto de empatía posible.

Lászlo y András Gyémánt.

También resulta complicado saber de qué bando o posición están, y si bien percibimos que una primera inocencia en ellos podría identificarlos con los judíos antes que con los nazis, es de hecho cuando hacen quemar la cara de una activista alemana, a pesar de haber sido generosa con ellos, cuando al poner un explosivo en la caldera de su casa, se muestra esta acción aún todavía como una inocente gamberrada, comparada con lo que nos espera o queda por ver. Toda esta recreación supone un fidelísimo modo de adaptar la obra de Kristof, en tanto que el espíritu consigue, desde los materiales comentados, hacernos llegar una película que se sale de lo establecido por todos estos motivos, y que consigue acercarnos hacia lo innecesario de según qué sufrimientos, a no ser que optemos porque estos nos cambien. Debemos asimismo decir que el material a visionar pasó en su día por el filtro del dramaturgo Tom Abrams, que depuró si cabe más de cara a la adaptación (por cierto, de una gran obra literaria de todos los tiempos, un clásico) el estilo cinematográfico por el que el resultado se torna excepcional, y también por el trabajo de planificación escénica de András Szekér. Todos estos procesos hicieron que Szász se distrajese menos de lo debido y contase con más fuentes documentales para realizar también su trabajo.

Un revulsivo sobre lo que suponía un relato familiar sobre la guerra que sin duda cambiaría mentalidades y cosmovisiones.

La fotografía de Christian Berger resulta todo un hallazgo, tanto en cuanto a trabajo con la luz (así, adivinamos que la claridad de la nieve tiene tintes negros dramáticos, y que si has de asesinar a un ser querido más vale utilizar luz de tarde-noche) como en la cercanía o lejanía de las tomas utilizadas. Ahondando aún más, es asombroso por momentos el trabajo de vestuario (János Brekl) y maquillaje (desde Ulrike Borrgmann a Atila Végh) que en momentos difíciles nos hace empatizar con los gemelos, para asistir perplejos a su dura transformación, aquella por la que hasta el núcleo que parecía más indivisible termina por deshacerse, aprendiendo además, así como después de toda guerra, el conflicto humano perdura.

A pesar de todo ello, las críticas internacionales no fueron siempre favorables al producto del que hablamos. Tal vez en 2013 y acumulando estrenos de toda clase y especie, pasó desapercibido; eso y el hecho de la consideración de cine y literatura no solo como grandes compañeras de viaje, sino más bien como amistades peligrosas que, en cualquier caso, tienden a entenderse más historiográficamente que desde el punto de vista del estudio presuroso de la actualidad mutable. En cualquier caso, hemos de añadir a favor de nuestro argumentario que János Szász ya tenía un nombre en la dirección de actores siquiera teatrales en sus adaptaciones de repertorio de obras de Chéjov como La gaviota o Tío Vania u otros montajes como Marat/Sade o Deseo bajo los olmos entre otras; si bien no conocemos la fiabilidad o importancia de estos montajes, sí que parece claro que hizo amistad con personajes como los citados del departamento de casting. Igualmente, Szász con anterioridad a la filmación que nos ocupa dirigió un documental sobre el Holocausto en el año 2000, así como algún capítulo aislado de la serie de televisión Silencio roto (Broken Silence) que le harían especializarse en la filmación de estos horrores tan cercanos en su génesis a la literatura de Joseph Conrad.




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Texto de Daniel González Irala | © laCiclotimia.com | 7 octubre, 2021
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Texto de Daniel González Irala
© laCiclotimia.com | 7 octubre, 2021

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