El castillo ambulante
| El hombre que se comió una estrella fugaz

Siguiendo el camino estético abierto con El viaje de Chihiro, el maestro Hayao Miyazaki expone con gran gusto su particular visión de algunas de las problemáticas de la sociedad haciendo uso del bello telón habitual de los filmes de Studio Ghibli.

Cuando uno se mira a sí mismo, en muchas ocasiones, no ve lo que realmente se encuentra en su interior. La sociedad como conjunto nos inculca a cada uno de nosotros los valores por los que nos debemos guiar, asimismo como lo que «debemos pensar». La percepción que se tiene de uno mismo está distorsionada por esos cánones de belleza, comportamiento, etc. Y rara vez concuerda con lo que realmente somos. Bajo un bello telón de encantamientos, espantapájaros saltarines, fuegos parlanchines y castillos móviles se esconde una crítica a los valores más básicos de lo que es ser humano, de la dignidad y la compasión; la belleza y el amor. Hayao Miyazaki, gran renovador del anime, lo ha vuelto a hacer.

El castillo ambulante (2004) nos sitúa en un mundo de ambientación steampunk con pizcas de fantasía épica y una buena dosis de romance, siguiendo las vivencias de Sophie, una joven con graves problemas de autoestima encargada de la tienda de sombreros que su difunto padre ha dejado atrás. Tras haber conocido a un apuesto mago se suceden una serie de catastróficos acontecimientos los cuales desembocan en una maldición «de esas que no se deshacen» sobre la protagonista, pasando así a tener la apariencia de una anciana de unos 80 o 90 años. Estos hechos son el catalizador para que Sophie se embarque en un viaje al castillo ambulante de Howl.

Como es habitual en los filmes de Studio Ghibli, el mimo por el detalle en cada uno de los encuadres es palpable.

Siendo esta una premisa de lo más básica, contando con todo lo necesario para guiar una sencilla trama, el maestro nipón consigue dotar de profundidad a la aparente simplicidad del filme. En estas líneas, y para conmemorar el 15 aniversario del estreno de El castillo ambulante en nuestro país, vamos a ahondar en esos pequeños detalles que hacen de esta cinta un indispensable en el imaginario de este genio del anime.

Estamos ante el Miyazaki más extravagante, siguiendo el camino abierto con la ya mítica El viaje de Chihiro (2001), alejándose de esa faceta costumbrista a la que nos tenía acostumbrados con obras como Mi vecino Totoro (1988), en las que la inquietud del director era más retratar las rutinas y las vivencias de sus protagonistas de una forma mas sencilla y no adornar la narración con florituras de guion y una estética más recargada en cuanto a la animación se refiere. Los elementos fantásticos siempre han estado muy presentes en las obras del tokiota, y con ellos ha conseguido siempre imprimir un aura de cuento de hadas en la que puede esconder elementos más crudos y mucho menos amables.

Estamos ante el Miyazaki más extravagante, siguiendo el camino abierto con la ya mítica El viaje de Chihiro, alejándose de esa faceta costumbrista a la que nos tenía acostumbrados con obras como Mi vecino Totoro.

Los guiños, siempre presentes, son una máxima en los filmes de Studio Ghibli, y El castillo ambulante no iba a ser la excepción. Existe una clara inspiración de la clásica adaptación de Disney de La bella y la bestia (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991) en la forma de sobrellevar el romance de la narración, dándole un giro y con algunos matices extra. El discurso sobre la belleza interior y la tolerancia que tan presentes están en la cinta del conglomerado americano, sin duda, son uno de los múltiples referentes que Hayao Miyazaki ha tenido en cuenta para desarrollar la narración y los dilemas de la protagonista en el filme, ya que recordemos que no estamos ante una obra original, sino ante una libre adaptación de la novela homónima de la autora británica Diana Wynne Jones, publicada originalmente en 1986.

Como ya presentó Isao Takahata en su dramática La tumba de las luciérnagas (1988), la guerra es siempre un punto central en la crítica que el estudio nipón presenta en sus filmes. La mentalidad japonesa para con el belicismo siempre ha sido un tema delicado, debido al gran sentimiento conservador que tenía la sociedad en la época de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Estos antiguos ideales conforman uno de los mayores males de la sociedad contemporánea nipona, y por ello, tanto en el anteriormente mencionado filme de Takahata como en la obra de Miyazaki que tenemos entre manos, la fuerte crítica a los valores y actitudes de la sociedad frente al conflicto bélico y a la propia maldad de la guerra en sí misma componen un tándem presente —en mayor o menor medida— en las películas creadas por estos maestros.

Conceptos como el tiempo, la realidad y la percepción de los mismos —siendo elementos asiduos en otros autores del género como Satoshi Kon en su perturbadora Perfect Blue (1997) o en uno de los filmes más emblemáticos de Makoto Shinkai: Your Name (2016)— están tratados con especial cuidado y riguroso control a lo largo de los 119 minutos que conforman la cinta. Es realmente sencillo sufrir inconsistencias internas a la hora de tratar temas tan complejos. Múltiples son las situaciones en las que el director aprovecha para, ayudado de la absolutamente espléndida animación que Ghibli acostumbra y al sutil pero no menos importante trabajo del maestro de los pentagramas Joe Hisaishi, un asiduo en obras tan emblemáticas de Miyazaki como La princesa Mononoke (1997) o las anteriormente mencionadas Mi vecino Totoro o El viaje de Chihiro; también siendo uno de los compositores predilectos del gran Takeshi Kitano, habiendo trabajado en filmes del calibre de Sonatine (1993), Hana-Bi. Flores de fuego (1997), El verano de Kikujiro (1999) o Dolls (2002), hacer uso de unas muy inspiradas metáforas centradas en la mente como espacio físico y en la visión distorsionada que se tiene de uno mismo debido a los estigmas y cánones que la sociedad impone sobre los hombros de cada uno de nosotros, como se comentaba en las primeras líneas del texto que tienes entre manos.

No es un secreto que a día de hoy, en pleno 2021, animes que tanto están dando que hablar como Ataque a los Titanes (2013) han llegado adonde están gracias al trabajo de elevar el género que el grupo de creadores encabezado por Hayao Miyazaki ha logrado durante todos estos años. Conseguir que la opinión pública deje de tachar al anime como «dibujos para niños» y que se trate como un género más dentro del amplio abanico que abarca nuestro amado séptimo arte ha sido, y siempre será, mérito de todos los cineastas que han optado por narrar historias merecedoras de ser tratadas a la altura de las más importantes producciones cinematográficas. Y es que tenemos mucho que agradecerle a Miyazaki-san.


Artículo perteneciente a la serie: ANIME   



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Texto de Diego García Miño | © laCiclotimia.com | 3 marzo, 2021
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