El almuerzo desnudo
| Viaje a la mente de William S. Burroughs

Cronenberg ficcionaliza la vida del famoso autor americano en una de sus películas más oníricas y enigmáticas, en la que un formidable Peter Weller se enfrenta —o provoca— a la invasión de nuestro mundo por parte de todo tipo de alucinaciones.

Si hay un libro imposible de adaptar a la gran pantalla, ese es sin duda El almuerzo desnudo de William S. Burroughs. Escrito fundamentalmente a través del trance de la heroína, el libro (pues «novela» no es un término adecuado) es un compendio fantástico de fragmentos e imágenes de la mente del escritor que si bien puede decirse que llegan a una cohesión y pertenencia finales, estas difícilmente pueden llamarse narrativas. Algunos asiduos de Burroughs han criticado que la película de David Cronenberg no es fiel a la total anarquía literaria del escritor, pero la realidad es que El almuerzo desnudo de Cronenberg no es una película sobre la obra epónima de Burroughs, es una película sobre Burroughs. Y aunque el trasunto del autor, formidablemente interpretado por Peter Weller, está ciertamente preso de su mundo onírico e incoherente, la aportación del cineasta canadiense consiste en proporcionarnos la complicada perspectiva externa a un descenso incontrolado a la locura, observando así el torbellino creativo del autor sin ser necesariamente capturados por él.

El almuerzo desnudo es, más que nada, una ficcionalización alucinada del proceso de creación de William S. Burroughs de su obra magna. Reducido a la sombría apariencia de William Lee —un sobrenombre común usado por el autor—, el escritor comienza su viaje como exterminador de plagas en Nueva York. Pronto descubre que su mujer Joan está enganchada a pincharse el insecticida que usa para trabajar y, después de probar la sustancia amarilla él mismo, Lee es contactado por un aberrante escarabajo de voz chirriante que le asegura que su mujer es la agente de una organización enemiga, y que posiblemente ni siquiera es humana. Lee por tanto debe matar a «Joan». Ocurre entonces el acontecimiento crucial de la vida de Burroughs, el acto perverso que confesó que estaba detrás de su motivación posterior para escribir: el homicidio accidental de su mujer, también llamada Joan, jugando al «Guillermo Tell» con una pistola. Pero con el contexto alucinatorio de la película, así como un sobretono de tensión sexual clave, nos dejan incapaces de determinar si Lee ha matado a Joan por accidente, como ejecución racional de una orden o fruto de la locura transitoria.

A partir de ese momento, Lee comienza una huida hacia delante en la que se sumerge, cada vez con menos tapujos, en la conspiración de los insectos y otros seres monstruosos. Saltando de una droga a otra, de una escena sin contexto a la siguiente, Lee se interna paulatinamente en la delirante «Interzona», una dimensión ficticia que invade su realidad desde alguna ciudad en el norte de ÁfricaBurroughs escribió buena parte de El almuerzo desnudo mientras vivía en la Zona Internacional de Tánger—. Entran paulatinamente en juego una serie de escalofriantes personajes, desde un comerciante de drogas alemán, una pareja de escritores exiliados y todo tipo de monstruosidades insectoides, que canalizan el flujo de conciencia de Lee hasta que captura y coexiste casi sin distinción con la textura misma del sueño en el que se interna. Esta copertenencia íntima, aunque no idéntica, de la conciencia de Lee y su entorno inmediato, permiten a Cronenberg a explorar los grandes temas de la vida de William S. Burroughs: el asesinato de Joan, las drogas, la locura, la anarquía, la homosexualidad y, sobre todo, el proceso creativo.

Porque si uno desea retirar las capas de alucinaciones de la trama, lo que queda en el fondo, como el núcleo desde el que irradian las irrealidades que se van haciendo hueco en la pantalla, es la escritura. La misión de Lee por los insectos consiste en escribir informes: primero sobre la muerte de Joan, más tarde sobre los detalles de su viaje a la Interzona. Estos seres alienígenas, deliciosas monstruosidades que aporta el genio creativo de David Cronenberg, son comúnmente máquinas de escribir, que aparecen en numerosos momentos del metraje tanto como organismos vivos, amenazantes y caprichosos como necesitados de la interacción con un humano, cargada de tintes sexuales, para la continua producción de texto, que es entendida como vital para la trama. En cierto momento de la película, sus compañeros escritores Hank y Martin —trasuntos de Jack Kerouac y Allen Ginsberg respectivamente, las otras dos figuras más reconocibles de la Generación Beat, a la que Burroughs pertenecía— encuentran a Lee tirado en una zanja, y le explican que han estado recibiendo cartas suyas con un espectacular borrador titulado El almuerzo desnudo. Y cuando Lee asegura no recordar haber escrito aquellas palabras y sospecha que los tres están siento presas de una extraña estafa, la película revela su doble cara: por un lado, como el perverso viaje de un yonqui a lo profundo de los espacios alterados de su conciencia; por el otro: el rabioso y delirante proceso de creación de una de las obras más celebradas de la literatura norteamericana.

El almuerzo desnudo es ciertamente una de esas películas que puede provocarte un buen dolor de cabeza si no eres capaz de resonar con su particular vibración, pero si aceptas sus premisas sin cortapisas, serás ampliamente recompensado.

La abrupta muerte de Joan, que jugó un papel fundamental en la vida de Burroughs, funciona en la película como el acto que canaliza el viaje alucinado de Lee.

Pero se nos puede olvidar que es Cronenberg quien dirige el film y, aunque extrañamente es difícil no percibirlo como el resultado híbrido de la colaboración de dos genios creativos, el director canadiense ciertamente aporta un sinfín de sus rasgos particulares, entre los que destaca su capacidad de establecer continuidades ontológicamente aberrantes. Aquí estarán presentes sus grotescas continuidades tradicionales, entre las que destacan la de lo orgánico y lo inorgánico, lo carnal y lo mental, lo real y lo irreal; pero quizás la aportación más particular de este film en concreto sea la continuidad entre el producto de la escritura, el resultado de un acto tan metafísicamente enigmático como el de la creación, con el tejido previo y ya existente del mundo que, si bien sospechamos que fue creado en algún momento, se nos aparece como adscrito a unas leyes naturales inquebrantables y unos límites del «principio de realidad» en los que la creatividad humana no puede intervenir. De tal modo que la duda fundamental que nos plantea el film, en la medida en la que también lo deja en suspenso, es la de la agencia: ¿quién está detrás de la conspiración de la Interzona? ¿Cuál es exactamente el papel que juega Lee al interior de todo esto? ¿Es este sueño retorcido el fruto de su imaginación desatada o, lo que resulta más escalofriante, la acción dirigida de una entidad irreal o una droga inexistente pero consciente que ha secuestrado su proceso creativo, su vida mental, para infectar e invadir la realidad?

La multitud de técnicas de las que se hace uso Cronenberg para inducir este estado de indeterminación coexisten y trabajan a la par con la precisión de un reloj. Cabe mencionar las específicas manifestaciones de las monstruosidades de la carne a las que nos tiene acostumbrados, encabezadas por el escarabajo-máquina de escribir que habla por lo que parece un ano hinchado, pero seguido de cerca por el alienígena de piel arrugada y ojos vidriosos denominado «mugwump». Pero cabría explicitar otros elementos más particulares del film, como su uso saturado y alucinatorio del color que, si uno revista la película, opera desde el principio dándonos a entender que quizás ya estemos sumergidos en la locura de Lee desde el comienzo del metraje. Y ante todo es necesario apuntar a la formidable y enigmática interpretación de Peter Weller, como el viajero y a la vez el creador de este submundo ficticio, dejando entrever lo justo y necesario para inferir que está a la vez irremediablemente perdido y plenamente consciente de estar en control.

Peter Weller canaliza con enigmática precisión el papel de Lee, en la que es quizás la mejor interpretación de su carrera.

Tampoco cabe evitar mencionar que la película resulta desconcertante, casi intencionadamente en varios aspectos, mucho más que otras obras aparentemente más complejas de Cronenberg. La realidad es que, si bien El almuerzo desnudo está repleta de sugerentes detalles y técnicas que hacen funcionar armónicamente su particular alucinación, esa armonía se interrumpe y tropieza en varios momentos, alejando a esta película de la extraordinaria textura amenazadora de la psicodelia de Videodrome (1983). Y como cualquier viaje con drogas duras, el tránsito por la Interzona puede hacerse pesado y espantoso por momentos, enteramente confuso y asfixiante. El almuerzo desnudo es ciertamente una de esas películas que puede provocarte un buen dolor de cabeza si no eres capaz de resonar con su particular vibración, pero si aceptas sus premisas sin cortapisas, lo que quizás sea más difícil de hacer que en otras producciones de Cronenberg, serás ampliamente recompensado.

En definitiva, El almuerzo desnudo brilla donde otras películas del director como La mosca (1986), mucho más convencional, fracasan: en su habilidad por provocar estados de irrealidad y fragmentación narrativa absoluta en la pantalla. Pero tampoco podemos negar que corre más peligro de fracasar en el intento que obras más logradas como Videodrome. En todo caso, bueno o malo, El almuerzo desnudo es un formidable viaje a las más altas cotas de la locura de un maestro de la literatura universal, y aunque nos de en ocasiones mareo, sus recorridos y virajes bruscos por la conspiración, la alucinación, la violencia, la sexualidad perversa y el proceso creativo merecerán la pena para los asiduos psiconautas. Y como guinda final, la escena clave que concluye la película, que recrea el trauma que ha condenado a Lee a la Interzona como el acto (re)creativo de imitación de su crimen, nos plantea el mensaje final del film: que para escapar de su pecado original, Lee ha de repetirlo constantemente, seguir escribiendo, sumergirse si cabe más en su locura, huir hacia delante, seguir drogándose, seguir escribiendo…


Artículo perteneciente a la serie: CICLO DAVID CRONENBERG   



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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 10 febrero, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 10 febrero, 2021

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