Dune
| Una de cal y otra de arena

Denis Villeneuve, en una nueva adaptación de la obra de Frank Herbert, nos presenta una película que responde a sus inquietudes habituales, rememorándolas, exponiéndolas y expandiéndolas en un terreno colosal, diseñado para el disfrute del espectador.

«No me gusta la arena». Anakin Skywalker en La guerra de las galaxias. Episodio II: El ataque de los clones (George Lucas, 2002).

Hablar sobre Dune (Denis Villeneuve, 2021) resulta inabarcable. Entre novelas, primeras adaptaciones y proyectos que nunca llegaron a ver la luz del sol podríamos tirarnos horas pormenorizando detalles y recogiendo razones por las cuales «fulanito de tal» metió la pata en esto o acertó en aquello. Y también podríamos usar esos argumentos como vara de medir para juzgar la nueva película de Denis Villeneuve, aunque estos respondan a otros contextos y funciones determinadas. Sería divertido e interesante, lo reconocemos, pero en esta ocasión querríamos optar por una vía mas neutra, limpia de comparaciones —al menos con los precedentes— y que respetase el carácter acogedor de la obra de Frank Herbert, cuyas páginas invitan al lector a la inmersión más absoluta, sin prejuicios ni expectativas, a base de sugerir y plantear nuevos horizontes. Pero como decíamos, tampoco vamos a hablar de la obra original —no directamente al menos— sino mas bien de cómo su influencia, repartida a lo largo de los años de manera palpable y abundante en múltiples producciones, ha afectado a la obra de un director con una visión excepcional.

Recordemos que no es la primera vez que el cineasta canadiense hace frente al género de la ciencia ficción. De hecho, es más que probable que sus trabajos previos en La llegada (2016) o Blade Runner 2049 (2017) hayan supuesto su aval para recibir el dominio de los desiertos de Arrakis. No nos ha de extrañar, ya que su acercamiento al género, marcado por su capacidad inmersiva sin dejar de lado la introspección, ha supuesto un punto de inflexión en el mismo en los últimos años y parecía el ideal para afrontar la adaptación de una obra de características quiméricas como la de Herbert. Pero, con tanto trabajo previo tan notable, ¿supone Dune un cambio en la filmografía de Villeneuve? Por un lado, diríamos que sí. Y nos estaríamos refiriendo casi exclusivamente a las dimensiones de la producción. Dune supone la primera parte de una «bilogía» cuyo presupuesto se estima en torno a 165 millones de dólares. Teniendo en cuenta los orígenes —por otro lado, naturales— de este director que se manejaba con producciones de entre 10-50 millones, es un gran salto. La película estaba diseñada desde un principio para ser el blockbuster del año y las expectativas reclamaban un espectáculo, cualquiera, pero eso sí, de tamaño colosal. Semejante responsabilidad, sin embargo, fue recibida de buena manera por Villeneuve que pronto definió a su nueva obra algo así como «un Star Wars para adultos» y vista ahora, reconocemos lo certero de sus palabras. Porque otra cosa no, pero Dune cumple con creces las expectativas para con cualquier blockbuster de nuestros tiempos, ofreciendo escenas apoteósicas plagadas de acción vibrante y exprimiendo al máximo el carisma de un amplio reparto cuyos rostros son prácticamente sinónimo de taquilla. Un trabajo arduo, de muchas manos, en el que múltiples influencias ejercen su presión correspondiente, abriendo la amplia posibilidad de perderse a uno mismo por el camino.

Oscar Isaac y Josh Brolin interpretan al Duque Leto Atreides y Gurney Halleck respectivamente.

Pero, por otro lado, y sorprendentemente, Dune también consigue adaptarse a los intereses previos de este autor y supone una base curiosa para explorarlos. Nos referimos, por ejemplo, al tratamiento de sus ambientes y de cómo estos influyen de manera excepcional en los personajes que los habitan. Es curioso cómo plantea, aun dentro de lo descomunal, una serie de imágenes que tienden a lo minimalista, donde determinados elementos naturales —el mar, la lluvia, la arena— cobran verdadero protagonismo con tal de infundir ese espíritu orgánico y tangible que transporta al espectador casi instantáneamente a esos mundos. Se preocupa por qué podamos respirar el ambiente. Y en todo ese proceso siempre está presente el cuidado por los detalles, que el director respeta de forma casi ilógica, como si de una producción mas íntima se tratase. La dinámica del funcionamiento de determinados objetos, el diseño de la arquitectura o el mismo vestuario, a cargo de un excepcional equipo artístico, se resuelven con ingenio y gracia, remarcando su funcionalidad como el género manda y recordándonos a cada rato que esto es ficción, pero también tiene cabida la ciencia. Algo similar ocurre con el trabajo sonoro que, aun teniendo a su disposición la potente partitura de un veterano como Hans Zimmer y sus ensordecedores retumbos, es capaz de buscar huecos tanto para el silencio como para los más delicados sonidos, que en ocasiones definen más a los escenarios y personajes que las imágenes que nos los presentan.

Dune cumple con creces las expectativas para con cualquier blockbuster de nuestros tiempos, ofreciendo escenas apoteósicas plagadas de acción vibrante.

Aun con todo, se ha de tener en cuenta que en la vida nada es gratis y el que esta película suponga un «blockbuster de autor» y por ende, un galimatías, se ha conseguido en base a determinadas concesiones que, en opinión de más de uno, merman su calidad. Así, por ejemplo, el film solo abarcaría la mitad de la obra original, otorgándole un ritmo que, si bien es el suficientemente lento y calmado para introducir al espectador en su mundo, también le confiere a la película una cadencia extraña, en las que los actos quedan desproporcionados. En parte quizás se deba a su extremada fidelidad a la estructura del libro que, quizás por miedos infundados, no se resquebraja con tal de economizar, expandir o redirigir el relato original dándole mas personalidad a la película como ente independiente. Lo que también lleva a pensar en las posibilidades de reforzar una de las facetas de esta obra en detrimento de la otra, lo que obligaría a abrazar completamente el espíritu desenfrenado y excesivo del blockbuster o, por otra parte, la introspección y la profundidad del cine de autor. Aunque quizás, de hacer eso, ya no estaríamos hablando Dune. O puede que sí. Porque como decíamos, hablar sobre de esta cinta resulta inabarcable. Y aún más hablar de su verdadera esencia —indescriptible en realidad— por lo que se nos antoja complicado afirmar si esta nueva película responde o hace justicia a semejante inalcanzable. Ahora bien, podemos asegurar que en gran medida esta obra responde a las inquietudes de su autor, rememorándolas, exponiéndolas y expandiéndolas en un terreno monumental, diseñado para el disfrute del espectador. Dejando un poso de espectáculo y de nicho. De ciencia y de ficción. De cal y arena.




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Texto de Luis Glez. Rosas | © laCiclotimia.com | 18 septiembre, 2021
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Texto de Luis Glez. Rosas
© laCiclotimia.com | 18 septiembre, 2021

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