¡Desconectados!
| La invasión de los wi-fi-cuerpos

Simpática odisea de una pareja que desconecta del ciber-mundo para reconectarse con el yo y con su amor... en el momento más inoportuno. Retrata la crisis de la clase media tan esclavizada por las pantallas como abstraída por ella de su monotonía.

Por aquello de la ley de Murphy, bien podría ser que, cuando por fin nos dé por salir de casa sin acceso a Internet, ocurra lo peor. Esa probabilidad tan remota, que sirve de premisa para esta entretenida y simpática —aunque no desternillante— comedia, no es más que la punta del iceberg de la ansiedad que se come a todo peón de clase media o media-baja (que cada vez tiende más a baja) de cualquier empresa afincada en territorio occidental.

Aunque la trama se nos plantea en Nueva York, nos podemos reconocer en todas las actitudes y vivencias —en las reales, entiéndase— que escenifica la película, que nos planta un móvil en la mano o un portátil bajo ambas… a menos que la reemplacemos por la copa de vino en la una y en la otra, inserte su opción preferida: el cigarrillo o los aspavientos musicales al aire al son de la música que suene el el pub (que esta es una obra pre-pandemia). Y ojo, que cualquier giro de la conversación aleatoria con la cuadrilla habitual, sobre curiosidades científicas de discutible rigor científico —basada en contenidos de internet, por supuesto— puede precipitar esa mano hacia un bolsillo con un dispositivo que sentencie quién tiene la razón en tan apasionante —y ebrio— debate. Al hilo de esto mismo, in vino veritas, dicen. Alguna iluminación etílica sobre cómo estamos echando a perder nuestro tiempo y vidas en esta sociedad del trabajo y la tecnología, también se nos regala. No en vano va a ser en una fiesta de despedida de solteros conjunta en la que va a producirse la llamada a la aventura de estos héroes necesitados de desconexión. Va a ser en la verdadera interacción cara a cara con sus amistades, con el alcohol en el apogeo de su circulación en las venas, cuando va a aflorar lo miserable que se siente cada cual con la rutina que nos impone este sistema económico, que nos presiona para alcanzar el estatus que nuestros padres ya tenían a nuestra edad, tarea a todas luces inalcanzable gracias a contratos basura, viviendas obscenamente caras para el ridículo metraje cuadrado que ofrecen. La incapacidad para ahorrar por puro contraste salario-gastos, lleva cada vez a más gente a una urgencia por fundirse lo obtenido en viajes lujosos o directamente en bebérselo durante el fin de semana para olvidarse del tedioso e inevitable lunes en la oficina, con su falta de realización personal, la ejecución de trabajos que no responden en absoluto a vocación alguna. El hastío. La clase media española nunca se había visto antes tan reflejada en la realidad de sus congéneres a nivel generalizado por todo Occidente como en esta época globalizada.

También es una película ideal para tomar consciencia de que, muchas veces, lo que nos hace sentir fracasados, es la comparativa, y que muchas veces ese germen está, precisamente, en aplicaciones como Instagram, que puede ser una puñalada en muchos corazones. Y con las redes se nos nubla la vista: mira qué viaje se están arreando estos, mira qué bebé tiene ya aquella de tu misma edad, son algunos de los ejemplos que se nos van administrando a lo largo del filme. Hay detalles sutiles en la película encaminados a no autofustigarnos tanto con la sensación de fracaso en lo económico. El que dispone de una cabaña en el bosque y se puede permitir dejar el curro y arrojarse a la vida contemplativa, no ha sido más exitoso: ha tenido la suerte de heredar. Pero también encarna la fatalidad que sigue al individualismo: para sobrevivir, se requiere comunicación fluida, compromiso. Conexión.

Una pieza muy apropiada para enfrentarnos y despojarnos de tanta superficialidad. Pero también para reírnos un poco de ella y de nuestra anquilosada animalidad.

El gran mérito de los diálogos es la puesta sobre la mesa de todas esas contradicciones que rebosamos hoy en día. Como por ejemplo, que somos generaciones más preocupadas por el medio ambiente, que nos podemos llegar a poner normas estrictas de qué nimiedades consumir o no, con una cierta voluntad de residuo cero pero que, en cambio, por un capricho puntual que va a requerir logística aérea —con su consiguiente consumo de combustible y emanaciones de CO2— esa conciencia ecológica puede convertirse en ignorancia selectiva, porque si hacemos como que no sabemos el coste del consumismo de gran distancia, la sensación de culpabilidad se diluye. Para redondear la sensación cómica de superficialidad y de retraimiento en la propia burbuja, todo el reparto muestra unas dotes cómicas excelentes. Si bien los personajes se dibujan con cuatro rasgos caricaturescos, son creíbles, sin necesidad de una profundización más psicológica porque, en realidad, trazan rasgos que no nos son ajenos: todos hemos conocido perfiles similares, tenemos algun amigo/a así (y si no lo tienes, eres tú, que diría el meme). Al fin y al cabo, esta es la historia de una pareja rozando la crisis del convertirse en compañeros de piso alienados por las pantallas, y un poco de refilón, la de sus problemas familiares y el gozo y liberación que supone el irse de fiesta con los amigos de toda la vida. Casi la única y verdadera euforia posible pasada la treintena y antes de sumergirse en la aventura de la maternidad/paternidad, que supondrá prácticamente un despedirse de todo aquello antes conocido.

Los ojos de Sunita Mani son la voz de la ansiedad pura, mientras que John Reynolds —con su aire a Will Ferrell— parece más tranquilo, o más bien, que nació cansado y purga su agobio reprimido con terrores nocturnos.

Como guinda para la comicidad, y aportando ritmo y agilidad a la trama, la música de vientos marchosos, en un cuatro por cuatro de estilo jazz minimalista y con su repiqueteo de charles, acaba de amalgamar la atmósfera casi permanente de gag.  El mensaje está totalmente verbalizado, sin grandes sutilezas de puesta en escena que nos hagan deducir qué se nos quiere reivindicar, pero sí se nos revelan esos extraterrestres monos pero con pinchos, como un erizo sin rostro, como el agente invasor que realmente nos debería preocupar: el wi-fi y compañía, de los que no se encuentra ya escapatoria casi ni en medio del bosque más alejado de la civilización. Mientras haya cuatro paredes construidas por un humano, estará acechando. O quizás se trate del monstruo de la ansiedad, que en cualquier momento nos puede disparar. La forma de los bichos en cuestión, que son pre-pandémicos, puede recordarnos ahora un maldito y omnipresente coronavirus, por lo de esférico y el parecido del revestimiento piloso. Y eso la hace casi mágicamente premonitoria. De hecho, se trataba de una de las propuestas de apocalipsis más originales que han pisado Sitges 2020, pero se auto excluyó del concurso en Sección Oficial por la mala jugada de estrenarse en plataforma a la vez que desembarcaban en costas catalanas, cuando un requisito para competir era ofrecer premiere en el Festival del Fantástico. Aún así, la organización tuvo a bien no retirar los pases con entradas ya vendidas o reservadas para prensa por respeto a los asistentes.

Si tomamos todo el contexto de la obra y sus constantes alusiones a la autoexplotación del ser humano de nuestro siglo, convertido en el homo laborans del que hablan muchos filósofos contemporáneos, con el foco puesto en la mera supervivencia —sobre todo desde marzo de 2020—, podemos completar el significado del bicho en cuestión con una cita de uno de esos pensadores. Byung-Chul Han, autor de, entre otros volúmenes, La sociedad paliativa, nos compara con el Simbad El Marino que se sentía a salvo en una isla que, en realidad, era el lomo de un peligroso pescado gigante. Esa actitud es la misma que, con todo lo sobreinformados que se supone que estamos, con la gran red a un solo clic, hacen patente Jack y Su, tan alejados de la naturaleza, tan urbanitas, que la ergonomía y el diseño de interiores les han llevado a ver en formas agrestes y extrañas algo suave donde aposentarse. Lo que viene siendo un puff. Están tan desconectados de su naturaleza animal, que ya no saben leer peligro en un atributo físico como tener púas. Con esto, los cineastas Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson nos vienen a decir que hemos perdido toda capacidad de reconocimiento de lo que pueda ser una rata, o un erizo o algo que deberíamos preocuparnos. Seguramente suscribirían esa alusión de Byung-Chul Han al paleontólogo Andrew H. Knoll, quien considera a nuestra especie, junto a los animales «el glaseado de la evolución (evolution’s icing). Pero la auténtica tarta consta de microbios que en todo momento amenazan con romper e incluso con reconquistar aquella frágil superficie». Y esta es una pieza muy apropiada para enfrentarnos y despojarnos de tanta superficialidad. Pero también para reírnos un poco de ella y de nuestra anquilosada animalidad.


Artículo perteneciente a la serie: SITGES FILM FESTIVAL 2020   



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Texto de María José Orellana Ríos | © laCiclotimia.com | 13 julio, 2021
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Texto de María José Orellana Ríos
© laCiclotimia.com | 13 julio, 2021

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