De amor y monstruos
| O cómo quererse en el apocalipsis

La nueva película de Dylan O'Brien viene cargada de monstruos pestilentes, fabulosos personajes y mucha pasión por el cine post-apocalíptico. Divertida, optimista e ingenua en su mensaje, resulta un gran soplo de aire fresco para tiempos enrarecidos.

No sabemos si al acabar la pandemia la industria cinematográfica volverá a ser la misma. Las evidencias nos empujan a pensar precisamente lo contrario. Pero, sea lo que sea que nos depare el futuro, está claro que hemos vivido un año y medio de brutales transformaciones en la producción, distribución y consumo del cine de los grandes estudios, a medida que las grandes compañías de Hollywood han ido integrándose con el negocio de los servicios de streaming. Así hemos acabado con importantes blockbusters y grandes producciones destinadas a la gran pantalla que han terminado de una u otra manera, previo pago o de forma abierta, en distintas plataformas. Los estudios, como Disney o Warner Bros, que tienen sus propios servicios de streaming, se han lanzado a la costosa tarea de intentar elevarlos gracias a sus superproducciones. Aquellas compañías que, como Paramount, no han invertido en construir sus plataformas, han recurrido a vender sus películas directamente a los titanes independientes de Internet, fundamentalmente Amazon Prime Video y Netflix. A esta última es a la que Paramount ha vendido, por una considerable suma, De amor y monstruos (Michael Matthews, 2020), una producción que contaba con un extenso lanzamiento en cines planeado pero que ahora tiene que jugarse su popularidad en la incierta vida del streaming. Sin embargo, robar a tu película del brillo de la gran pantalla y lanzarla a las garras de Netflix, lo que para producciones como Aniquilación (Alex Garland, 2018) significó un castigo por la negación de su director a obedecer los designios del estudio, puede haberse convertido, en tiempos de pandemia, en una bendición.

Lo que parece sin embargo una historia de un estreno desafortunado, puede invertirse rápidamente a un aterrizaje oportuno, siendo la película que, por azares del destino, estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado. Podría decirse incluso que la película cae del exclusivo grupo de estrenos a los que la pandemia parece haber sentado incluso bien. No cabe duda de que, en estos días de colapso y distopía, el cine post-apocalíptico habla directamente a las formas repentinas en las que nuestra vida cotidiana ha cambiado. Pero hay en esta película más que un relato optimista para tiempos oscuros, hay algo espeluznantemente actual en nuestro protagonista Joel (interpretado por Dyal O’Brien) hablando por radio con su amor perdido Aimee (Jessica Henwick), ambos encerrados en refugios subterráneos separados, siete años sin verse. Según nos cuenta una dinámica animación al comienzo de la película, un evento catastrófico ha provocado la mutación masiva de reptiles, anfibios e insectos en gigantescos monstruos depredadores, y la población que no es directamente exterminada acaba viviendo bajo tierra. La naturalidad con la que Joel ha integrado la nueva rutina de esta peligrosa y frustrante existencia, siempre a un segundo de ser devorado por una cucaracha gigante y teniendo que convivir en la intimidad con una colonia compuesta entera de parejas sexualmente (muy) activas, parece pensada con antelación como una previsión humorística pero aguda de la vida este último año y medio.

Ariana Greenblatt y Michael Rooker interpretan a Minnow y Clyde, la insospechada pareja de supervivientes que aportan una gran cantidad de carisma y pesonalidad a la película.

Harto de su frustrante situación, Joel tiene la alocada idea de cruzar durante siete días el salvaje mundo de la superficie para reencontrarse con Aimee de una vez por todas. Aunque sus compañeros de refugio entienden que será rápidamente exterminado, ven que poco pueden hacer contra la voluntad decidida y el optimismo suicida de Joel, quien se embarca entonces en una trepidante aventura llena de peligros y sorpresas, entre los monstruos que quieren arrancarle la cabeza y los personajes entrañables en quien dependerá para salvar su vida y llegar a su destino. Hasta aquí queda claro que estamos ante una película juvenil, fundamentalmente marcada por el tono entusiasta y la violencia higiénica que son propias de producciones apropiadas y hasta cierto punto dirigidas a unas edades en concreto. Pero aunque el protagonismo de O’Bien, quien protagonizó la saga de El corredor del laberinto (2014-2018), encuadra la película en esas coordenadas un tanto simplificadas y diluidas, no debemos pensar que De amor y monstruos no tiene nada más que ofrecer. Sí, su tono es simplón e innecesariamente ingenuo y su mensaje final, sobre la confianza en uno mismo y los peligros del ideal del amor romántico, puede que no sea de gran utilidad para quien tenga más de veinte años. Pero eso no quita que su mensaje sea apropiado y esté bien hilado, como que su simplicidad y su ingenuidad sienten como un soplo de aire fresco en nuestro enrarecido ecosistema de mastodónticas franquicias y ominosos blockbusters.

De amor y monstruos es el raro ejemplo de un relato optimista y desenfadado, cargado de carisma y energía, donde unos fabulosos efectos especiales están al servicio de unos personajes enternecedores y una historia imaginativa, divertida y refrescante.

De todos los errores que uno quiera imputarle al film, la falta de originalidad no es uno de ellos. Y dentro del torrente interminable de secuelas y mega-producciones dopadas hasta las trancas de CGI catastrófico donde cada milímetro de metraje parece prediseñado por una supercomputadora, De amor y monstruos es el raro ejemplo de un relato optimista y desenfadado, cargado de carisma y energía, donde unos fabulosos efectos especiales están al servicio de unos personajes enternecedores y una historia imaginativa, divertida y refrescante. La originalidad del film no recae solo en su facilidad para adaptar viejos tropos del cine post-apocalíptico a nuestros días, sino también en su refinado conocimiento y evidente amor por sus referentes. La estrecha relación que Joel establece con un solitario cachorro en la superficie nos recuerda directamente a Don Johnson y su compañero canino en 2024: Apocalipsis nuclear (L. Q. Jones, 1975), una obra de culto del cine post-apocalíptico que, si bien más oscura y retorcida, resuena con los temas de De amor y monstruos: la rebeldía de la juventud, las aristas del amor adolescente y la posición del individuo solitario frente a las formas sociales emergentes después del colapso. Donde la primera encuentra totalitarismo y conflicto, la segunda muestra esperanza y reconciliación. Al final, después de su tortuoso viaje por la superficie, Joel tendrá que aceptar que la historia no tenga tanto que ver con la recuperación de su amor con Aimee, sino de la aceptación del cariño y el aprecio de los demás a través de descubrir ese mismo aprecio por sí mismo.

Las referencias del film no se quedan ahí, sin embargo, y la película muestra una gran pasión por toda la tradición post-apocalíptica, desde la saga de Mad Max (1979-2015) a la serie televisiva The Walking Dead (2010-…). De amor y monstruos parece en sí una carta de amor al género de zombis sin usar un zombi en ningún momento, atrayendo todo lo que hace grandes a las producciones del eterno género z, pero desprendiéndose de su icónica amenaza por una más refrescante y actualizada. No es de extrañar que la película haya sido comparada repetidamente con Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009), y si bien es algo más infantil y carece de su humor negro, no tiene nada que envidiar en cuanto a diversión e ingeniosidad. Si bien carece de chorros de sangre al aire o algunos momentos de violencia más adulta, la película no resulta por ello menos energética ni menos entretenida, y sus amenazadores monstruos no defraudan en ningún momento. De lo que no podemos acusar al film es de no darnos lo que promete. Al final, en De amor y monstruos hay mucho amor, y muchos monstruos. Los segundos cargan con buena parte tanto del presupuesto como de la imaginación del film, presentándonos verdaderas aberraciones, con el adecuado equilibrio entre los planos cargados de CGI y algún que otro efecto práctico que dan vida a los maravillosos monstruos, los protagonistas secretos del film, que recuerdan por momentos a las fabulosas monstruosidades de Guillermo del Toro y homenajean directamente, especialmente con uno de los bichos en cuestión, a joyas del cine de género como Temblores (Ron Underwood, 1990).

Los efectos especiales de la película, aparte de tener la calidad de una superproducción, demuestran también gran originalidad e imaginación.

Junto a las toneladas de monstruos, tenemos toneladas de amor. No tanto del amor adolescente de Joel y Aimee, sino más bien el de los gestos de solidaridad y compañerismo que irán creando pequeños lazos entre nuestro protagonista y los supervivientes que se encuentra por el camino, tanto el ya mencionado perro como la extraña pareja de supervivientes formada por Minnow y Clyde (interpretado por Michael Rooker, uno de los actores originales de The Walking Dead). Más allá del amor romántico y la idealización falsa que la adolescencia nos promete, el film nos recuerda la importancia de cultivar el afecto cotidiano, de mantener cerca a las personas que nos quieren y que nos admiran y que, si vamos a sobrevivir al colapso, será gracias al apoyo mutuo y no siguiendo ningún sueño particular de superación, que si algo tiene que mostrarnos es la necesidad de querernos a nosotros mismos antes de querer adecuadamente a los demás, o dejar que los demás nos demuestren su cariño y su aprecio. ¿Previsible? Bastante. ¿Empalagoso? Puede que también. La realidad es que el mensaje final del film llega a rozar lo ridículamente ingenuo, llegando a la conclusión verdaderamente chorra de que con un poco de buena intención y autoestima puede revertirse el Apocalipsis.

Pero la pregunta no es si es realista que a los monstruos se les derrote con amor, sino más bien si no era este soplo de optimismo y buen humor lo que necesitábamos para tiempos tan oscuros y agobiantes. La película no va a salvarle la vida a nadie, mucho menos el mundo entero, y no hay nada que reprochar a quien en esta ordalía asfixiante no tenga mucho tiempo para tanta chupinada. No pasa nada. Pero como vía de escape y pequeña dosis de esperanza y diversión, la verdad es que De amor y monstruos no podía haber llegado en un momento más apropiado, su mensaje no podía ser más certero, su ingenuidad infantil no podía resultar más necesaria. La película es simple y llanamente refrescante; nada más y nada menos. Dentro del festín interminable de CGI sin alma ni propósito de las superproducciones de superhéroes y desastre, la fotografía y los efectos del film brillan con una personalidad única y una originalidad muy necesaria. En tiempos de personajes planos y tramas melodramáticas, los héroes cotidianos de De amor y monstruos despiertan de forma casi inevitable empatía y ternura. Después de tanto blockbuster que se toma demasiado en serio resulta simple y llanamente extraordinario encontrar una película que demuestra a partes igual una profunda pasión por lo suyo y una gran habilidad para reírse de sí misma. Para estos tiempos oscuros, no parece oportuno querer exigirle mucho más.




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Texto de Pepe Tesoro | © laCiclotimia.com | 19 abril, 2021
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Texto de Pepe Tesoro
© laCiclotimia.com | 19 abril, 2021

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